Capítulo LXI

El patio patriótico de las hermanas

La novela de Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.

 Otoño con sabor a esa historia, a esta patria, el aire olía a humo de parrales que se van guardando para pasar el invierno y las heladas temerosas. En San Martín, Junín, Rivadavia, La Paz y Santa Rosa ya empezaban a colgar banderitas celestes y blancas entre los árboles de las plazas, mientras las escuelas ensayaban el Pericón y las radios repetían, como todos los años, las mismas canciones patrias que parecían no envejecer nunca. Y también se preparaban los desfiles patrios.

Pero ese 25 de mayo sería distinto para Bonarda y Malarda.

Después de tantos años de encuentros y desencuentros, vendimias, pérdidas, amores y sobremesas infinitas, finalmente presentarían juntas el libro que venían escribiendo desde hacía décadas. Un libro de recetas. Aunque en realidad era mucho más que eso.

Porque entre las páginas no sólo estaban el locro, la carbonada o los pastelitos fritos. Estaban las trillizas corrigiendo cantidades con lápiz rojo. Doña Florencia, enseñando cómo se amasa sin apuro. Beltrán diciendo que el vino también cocina y los Gerónimos insistiendo con que toda receta necesita memoria además de ingredientes.

El patio elegido para la presentación fue el de la vieja finca familiar. El mismo donde alguna vez discutieron, lloraron, brindaron y volvieron a encontrarse como hermanas. Colgaron escarapelas tejidas por Malarda entre los olivos y sobre una mesa larguísima pusieron fuentes enormes con comidas regionales.

El aroma podía sentirse desde la calle. Locro espeso con zapallo. Empanadas cortadas a cuchillo. Pastelitos brillando de almíbar. Carbonada servida dentro de zapallos ahuecados. Tortitas raspadas todavía tibias.

La gente empezó a llegar temprano. Vecinos, músicos, docentes, enólogos, chicos de escuelas, turistas que andaban por el este y hasta periodistas que querían entrevistar a "las hermanas del libro patrio", como ya empezaban a llamarlas. Malarda estaba nerviosa. Mucho más de lo que admitía. Se acomodaba el poncho a cada rato y revisaba obsesivamente que las servilletas estuvieran derechas.

Parece un casamiento, dijo Bonarda riéndose.

Peor. En un casamiento por lo menos la gente baila y no te corrige la receta del locro.

Bonarda largó una carcajada tan fuerte que varios se dieron vuelta a mirarla.

Caía la tarde rápidamente, encendieron braseros en distintos rincones del patio y unos fogones que alimentaban con ramas de laurel y romero más azúcar, porque tienen aceites que ayudan a mantener las fogatas La luz anaranjada hacía parecer que todo flotaba un poco: las botellas, las mesas, las voces, los recuerdos.

Entonces Bonarda tomó el primer ejemplar del libro.

"La patria te invita a cocinar" con un prólogo exquisito del escritor sanmartiniano, Marcelo Calabria:

Hay libros que enseñan recetas. Y hay otros, como La patria te invita a cocinar, que además enseñan a recordar. Entre estas páginas no sólo viven el locro, la carbonada, los pastelitos o las tortitas raspadas. Vive también la memoria de los patios del Este mendocino, las sobremesas interminables, las abuelas corrigiendo una masa con apenas mirarla y las familias que hicieron de la cocina una forma de encuentro.

Bonarda y Malarda entendieron algo fundamental: los pueblos no conservan únicamente su historia en los archivos o en los monumentos. También la guardan en los sabores, en las ollas compartidas y en esas recetas que pasan de mano en mano como un legado silencioso.

Este libro tiene el valor de lo simple y lo verdadero. Recupera nuestras tradiciones sin nostalgia exagerada, con humanidad, ternura y ese aroma tan nuestro a pan casero, vino y leña encendida en invierno. Porque cocinar también es contar quiénes fuimos. Y quizás, mientras revolvemos lentamente una olla de locro, también descubrimos quiénes seguimos siendo.

La tapa tenía una ilustración sencilla: dos mujeres cocinando frente a una acequia, rodeadas de viñas y olivos con sus 95 trucos ingeniosos (la edad de las gemelas) para no llorar con las cebollas, el punto justo de los merengues, el secreto de las harinas, las hierbas, los huevos, conservas. Un libro con linaje propio y de sus ancestros que mantuvieron sus recetas a través de ellas. Aunque la que cocinaba de verdad era la pobre Doña Florencia que también estaba viejita.

Este libro empezó sin que nos diéramos cuenta, dijo Bonarda. Primero fueron papelitos sueltos. Después cuadernos. Después servilletas manchadas de tuco. Y un día descubrimos que estábamos guardando la historia del este... pero cocinada. Porque cocinar nunca había sido solamente cocinar en la familia de las hermanas. Era otra cosa. Una forma antigua de cuidar el mundo cuando el mundo se rompía un poco. Doña Florencia lo sabía. Por eso amasaba despacio cuando alguien estaba triste y hacía sopa casera cuando las noticias venían feas. En aquella casa, el ruido de una cuchara de madera contra la olla significaba refugio. El aroma del pan anunciaba que todavía había esperanza. Y el vino compartido en la mesa era casi una manera de pedir perdón sin decirlo.

Bonarda decía que las mejores cocineras no eran las que seguían recetas exactas, sino las que sabían escuchar el ánimo de una cocina. Porque las masas se ponen nerviosas cuando hay gritos. El merengue fracasa con la tristeza. Y el locro, como las familias, necesita horas lentas para encontrar su verdadero sabor.

Malarda, en cambio, sostenía que cocinar era el arte más parecido a la patria. Un acto colectivo. Imperfecto. Mezclado. Nada nace solo dentro de una olla: alguien sembró el maíz, otro cuidó las gallinas, otro amasó el pan, otro encendió el fuego. Tal vez por eso desconfiaba de las comidas demasiado elegantes. "La comida más linda es la que deja a alguien con ganas de quedarse un rato más", repetía mientras acomodaba las fuentes sobre la mesa larga del patio.

La gente quedó en silencio. Incluso los chicos. La bisnieta Valentina entonces leyó una de las recetas favoritas de su bisabuela y su tía abuela:

"Pastelitos fritos para días patrios o corazones rotos".

Y todos se rieron. Porque así eran ellas. Nunca demasiado solemnes. El libro tenía anotaciones personales al costado de cada receta: "Revolver lento cuando llueve." "No cocinar enojada." "El locro mejora si hay mucha gente." "La carbonada necesita vino y paciencia." "Las tortitas raspadas no se hacen rápido. Igual que las familias."

Bonarda amaneció temprano aquella mañana. Había soñado con escarapelas flotando sobre los parrales y con una bandera enorme extendida entre los álamos de la finca. Mientras calentaba agua para el café, escuchó a lo lejos los ensayos de la banda municipal en la plaza. Las trompetas desafinaban un poco todavía, pero la emoción corregía cualquier imperfección.

Malarda, en cambio, había pasado la noche tejiendo cintas celestes y blancas con lanas suaves que había teñido ella misma. Decía que las escarapelas compradas eran demasiado perfectas y que la patria jamás había nacido perfecta. Las hacía una por una, con pequeñas irregularidades que parecían humanas.

La patria debe parecerse más a un abrazo que a un uniforme, dijo mientras cortaba un hilo con los dientes, que durante tantos años había sentido que no pertenecía del todo a ningún sitio, comenzó a experimentar una sensación nueva: el extraño alivio de sentirse parte. Como si la patria pudiera empezar justamente ahí. En ser esperada por alguien.

La noche terminó convirtiéndose en una fiesta improvisada. Alguien sacó una guitarra. Después apareció un bandoneón. Después comenzaron las cuecas. Y mientras el humo del locro subía hacia el cielo frío de mayo, Bonarda miró a Malarda sirviendo carbonada entre risas y pensó algo que no dijo en voz alta: Hermana hemos plantado árboles, hemos tenidos hijas e hijos y ahora nos faltaba este libro, quizá la patria no era una fecha. Sino esto. Un patio lleno. Las recetas salvadas del olvido. Y dos hermanas que finalmente habían aprendido a quererse y cuidarse como nunca, porque sólo se permitían vivir el día a día.

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