El delito de tener más de 70 y el "Diario de la guerra del cerdo" de Bioy Casares

"La gente joven no entiende hasta qué punto la falta de futuro elimina al viejo de todas las cosas que en la vida son importantes" pensó, "pero el viejo es la vejez y no tiene otra salida que la muerte". Una oración de Bioy Casares en "El diario de la guerra del cerdo".

"Diario de la guerra del cerdo" fue la cuarta novela de Adolfo Bioy Casares, publicada en el año 1969, hace 50 años. Volvió a cobrar vigencia por estos días de confinamiento obligatorio por una pandemia de un coronavirus llamado covid-19 que se las agarra, principalmente, con los más viejos. Pero sobre todo, empezó a recircular la historia del gran autor argentino a raíz de una medida de jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, que le agregó  una cuota de horror a la situación: ninguna persona mayor de 70 puede salir de su casa sin pedirle permiso al Estado. Eso generó fuertes reacciones y el gobernante intentó morigerar una medida que, sin embargo, ya caló en una sociedad acorralada por un virus, por el miedo a lo desconocido y la incertidumbre del futuro: más aún los que tienen disminuida la cuota de porvenir.

Bioy Casares describe en su novela una semana de implacable lucha en Buenos Aires, contada día a día, con sus ansiedades, sus miedos, sus derrotas humillantes y sus victorias nunca duraderas. Su protagonista principal es Isidoro Vidal, llamado erróneamente por los demás personajes como "Don Isidro": un jubilado que un día descubre que los jóvenes han decidido comenzar a atacar, amenazar y matar a los viejos. Vidal y sus amigos, un grupo de "viejos muchachos" que se reúnen todas las noches en el café de la esquina de la casa de Isidoro, y cuatro mujeres son hábilmente retratados por Bioy Casares. Leopoldo Torre Nilsson la adaptó al cine en la película "La guerra del cerdo" en 1975.

"Diario de la guerra del cerdo, gira alrededor de las acciones de Isidoro Vidal, un hombre que se encuentra en el límite de la vejez, al punto que algunos lo encuadran como viejo y otros no. Vive en un conventillo del barrio de Palermo de Buenos Aires con su joven hijo Isidorito, a quien debió criar de chico pues su madre Violeta los abandonó a ambos. Vidal, héroe que no ignora las debilidades, enfrenta con dignidad y coraje ese misterioso compromiso que nos incumbe a todos: el de vivir", cuenta en la publicación literaria "La Tinta" Manuel Allasino.

Un fragmento:

 

"¡Al altillo, hermano, al altillo! -dijo excitadamente Faber, asomando la canosa cabeza por la puerta que Vidal había entrabierto. -¿Qué pasa? -preguntó Vidal. Interpuso el cuerpo para que el otro no viera a Nélida. -¿No oyó las descargas? Uno se creía en el cine. Usted no ha de ser de sueño liviano, don Isidro. Lo que es yo, aunque me estoy quedando sordo, cuando duermo ¡tengo un oído! Empujaba por entrar, como si maliciara algo o hubiera entrevisto a Nélida. Vidal sujetó con una mano la hoja abierta y se recostó contra la otra. Declaró: -Ni pienso ir al altillo. Faber retomó su explicación: -Como se encontraron con la puerta cerrada -ahora el encargado mete candado y llave -quisieron abrirla a balazos. Menos mal que apareció un patrullero de esos que hacen bandera para que se diga que el orden está asegurado. Pero prometieron volver, don Isidro. Si no me cree, pregunte a los otros. Todo el mundo oyó. -Le participo que me quedo en mi cuarto. Para empezar, no me considero viejo. -Está en su derecho, señor -convino Faber, pero más vale pecar de prudente. -Y después no me asustan. ¿Cómo me va a asustar la muchachada del barrio, unos pobres infelices que estoy cansado de ver desde que tengo uso de razón? Esa muchachada también me conoce y sabe perfectamente que no soy un viejo. Le doy mi palabra: ellos mismos me lo han dicho. -Los que prometieron volver no son del barrio. Son del Club del Personal Municipal. Se incautaron de los camiones de la División Perrera y recorren las arterias de la ciudad, a la caza de viejos que buscan en sus reductos domiciliarios y se los llevan de paseo, enjaulados, en mi opinión para escarnio y mofa. -¿Qué les hacen después? -preguntó Nélida. Estaba detrás de Vidal. Éste pensó: 'probablemente Faber le ve los brazos'. -Hay quienes pretenden, señorita, que los exterminan en la cámara para perros hidrófobos. Al gallego encargado, un paisano le aseguró que abren las jaulas al llegar a San Pedrito y que los abandonan después de correrlos a lonjazos en dirección del propio cementerio de Flores. Nélida ordenó a Vidal: -Cerrá la puerta. Vidal cerró y dijo: -Está loco. No voy a subir al altillo, con los viejos. -Mirá -aconsejó Nélida, yo, si fuera vos, me escondía esta noche, y me iba mañana, en la primera oportunidad. -¿Me iba, dónde? -A la calle Guatemala. Te venís conmigo, ¿no quedamos en eso? Tratá de no llamar la atención y después, que te descubran, si son brujos".

Allasino, al analisarla, escribió: "La novela no es amable con la vejez, a la que presenta como el lugar de lo repugnante, de lo desvaído y de la muerte. A los personajes 'viejos', incluido Vidal, les cuesta reconocerse como tales y muestran su odio y rechazo con todo lo relacionado a la vejez. A su vez, Bioy Casares, describe a los jóvenes como violentos y descerebrados que realizan sus actos sin saber qué motivos los mueve. A pesar de la narrativa dura y sombría, en medio de las desgarradas aventuras de esta guerra siempre está presente el amor".

Otro fragmento:

"Había supuesto una vez afuera, rumbo a la calle Guatemala, sentiría una gran exaltación. En su impaciencia, había confundido ese momento con otro, más lejano en el tiempo, mucho más deseable: el de su reunión con Nélida. Ni bien cruzó el portón del hospital comprendió que tal encuentro, aunque posible, no era seguro y notó que estaba triste. Quizá para ahorrarse un desengaño, anticipadamente se deprimía. Por Salguero dobló hacia Las Heras. ¿Por qué atar a Nélida a un animal moribundo? Ninguno de los dos ganaría nada: a ella la esperaba una desilusión, que él podía prever, pero no evitar. Rey y Dante lo habían asqueado de la vejez. Le pareció que su afecto por esos amigos ya no era el mismo. Tampoco ellos eran los mismos. 'Todo se vuelve relativo con el tiempo. Más que nada, las personas'. Recordaba, en imágenes vívidas, que propendían a la desaparición un estrado de justicia en que un fiscal, borracho de cólera, lo acusaba de estar viejo. El recuerdo, que provenía de su corto sueño después de la trasfusión, ahora lo entristecía. No había quedado como nuevo, sino bastante débil, y creía que para que esa tristeza no encontraría remedio en el jugo de frutas aconsejado por el doctor. La vejez era una pena sin salida, que no permitía deseos ni ambiciones ¿De dónde sacar ilusión para hacer planes, ya que una vez logrados no estará uno para gozarlos o estará a medias? ¿Para qué seguir caminando hacia la calle Guatemala? Más le valía volver a su casa. Por desgracia Nélida lo buscaría y le pediría una explicación. 'La gente joven no entiende hasta qué punto la falta de futuro elimina al viejo de todas las cosas que en la vida son importantes' pensó, 'pero el viejo es la vejez y no tiene otra salida que la muerte'. La intuición de su total desesperanza imprevisiblemente lo alentó. Apuró el paso, para llegar pronto a casa de Nélida, para llegar antes de que esa convicción, como el recuerdo del sueño, se disolviera; precisamente, porque la quería tanto, la convencería de que el amor por un viejo como él era ilusorio. Oyó una explicación, quizá una bomba que había estallado quién sabe dónde, por ahí cerca. Después retumbaron otras dos. Hacia el Retiro, en rápida expansión desde abajo, el cielo se volvía colorado".


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