Quién fue Carlos II, el rey amorfo por el poder

El autor bucea en los pliegos de los diagnósticos médicos de la Europa imperial del 1600 y descubre al monarca "hechizado".

Alejandro Cruz
Historiador

 Quien nació para ser el hombre más poderoso de la Tierra, hoy es un guiñapo, un repugnante muestrario de despojos, hundido en sus miserias.

Sin embargo, esa piltrafa agonizante es el Rey y Señor de media Europa y América. Su nombre es Carlos II de España, su mote: el hechizado. Un pobre hombre que llevó su destino como una gigantesca roca sobre su espalda.

En el lecho donde está postrado desde hace al menos dos semanas, sueña que es libre, que sus numerosos achaques lo abandonan. Sueña que es feliz, que ese sentimiento por fin se instala en su alma. Sueña que la vida pudo ser mejor para él, que debería haber sido un hombre galante, expansivo, lleno de vida como lo fue su padre, el Rey Felipe IV.

El día anterior tuvo numerosas deyecciones diarreicas. Es tal su debilidad, que no puede ser levantado ni higienizado, siendo condenado a yacer en sus excrementos y los humores que despide su maltrecho cuerpo, abominable condena que también sufrió su bisabuelo Felipe II.

En ese lecho que huele mal, que huele a muerte, bajo la almohada, el yacente guarda un fetiche muy preciado, algo que posee desde sus años de niño: un diente. No es una pieza dentaria suya, es un diente de San Isidro Labrador, que un diligente servidor de la Corona extrajo a la momia del santo incorrupto y lo trajo a su Señor para que curara de sus innumerables enfermedades. En ocasiones pasadas, han llevado hasta su cama al cuerpo entero el santo para su cura, sin resultados.

Para la infertilidad, la impotencia, el retraso del desarrollo y los problemas digestivos, hubieran hecho falta innumerables y variadas reliquias de santas y santos. Ante tantas patologías padecidas desde el momento mismo del nacimiento, a su posteridad no le cabe otra certeza de que, desgraciadamente está hechizado, endemoniado. Por eso, regularmente, es sometido a exorcismos que practican diligentes franciscanos y dominicos, tanto como las purgas y sangrías a los que su humanidad sufriente es sometida cruelmente. Pero nada de eso cambia su enfermiza existencia.

Lo que en el siglo XVII se atribuyó al demonio, hoy la genética lo explica como la consecuencia extrema de generaciones de matrimonios entre parientes cercanos. Carlos II no estaba hechizado. Era el último eslabón de una dinastía que había llevado la endogamia hasta un límite biológicamente devastador.

Cuando leí e investigué esta vida marcada por el infortunio, no pude evitar asociar esos últimos y tristes momentos del desventurado Carlos con el final de "El caso del Sr. Valdemar", surgido de la imaginación febril de Poe. Pues tal parece una ficción propia de un cuento gótico o de leyendas pretéritas y tenebrosas.

Ha nacido un heredero al trono más poderoso de la tierra

El 6 de noviembre de 1661, la Gazeta de Madrid da la buena nueva del nacimiento del príncipe heredero del rey Felipe IV y Mariana de Austria, refiriéndose al recién nacido y futuro monarca como "un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes". Sin embargo, en el Real Alcázar de Madrid, antigua residencia de los monarcas españoles, donde tuvo lugar el nacimiento del egregio niño, luego de ser expuesto el príncipe a los representantes y diplomáticos presentes allí, el enviado del rey francés Luis XIV, Jacques Sanguin informaba a su señor: "El príncipe parece extremadamente débil, ambas mejillas tienen una erupción de tipo herpético, la cabeza está cubierta de costras y debajo de la oreja derecha se ha formado un tipo de drenaje supurante", escribió Sanguin. "Hemos oído hablar de esto a través de otros canales, ya que el gorro que el niño usa generalmente evita ver esta área".

Según fueron transcurriendo los años de la vida miserable de ese recién nacido, la versión más ajustada a la realidad fue la que informó el enviado francés. Se le adjudica a éste haberlo calificado de "asustar de feo", aunque tal afirmación no se halla en todas las traducciones del informe. Sin embargo, lo haya escrito o no, para ser justos, el tema de la fealdad del futuro rey de España fue una caricaturización permanente por parte de cortesanos, que transmitían sus impresiones maliciosas a los dibujantes de pasquines y folletines. El futuro Carlos II tuvo buenos retratistas como Juan Carreño de Miranda, en donde puede verse al rey adolescente tal cual era, con sus imperfecciones de origen, pero no exageradas.

Sin perjuicio de ello, el hecho de que catorce nodrizas oficiales y dieciséis de repuesto, no fueron suficientes para fortalecer al príncipe, que desde su mismo nacimiento mostró signos de una debilidad extrema y un retraso de crecimiento físico y mental, abonan la observación del diplomático francés sobre la fragilidad física y psíquica del heredero al trono.

El retoño tardío de Felipe IV fue el último eslabón de una cadena de matrimonios endogámicos de la casa real de Austria-Hamburgo. El malogrado príncipe era el tataranieto del poderoso Carlos I de España y V de Alemania. Descendía directamente de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Había heredado el Imperio más vasto del mundo, que abarcaba media Europa y medio continente americano, que era proporcionalmente a su vastedad territorial, el peor administrado y fiscalizado por la Corona. En el culmen de su extensión y de dominio, España se debatía entre desgracias tales como la hambruna generalizada, la falta de recursos y una economía mal administrada; es decir, no solo fue el último eslabón de la cadena endogámica de los Austrias, sino también el último representante de un imperio decadente.

Con apenas tres años y medio de edad, a la muerte de su padre, fue coronado Rey de España. Hasta su mayoría de edad, en 1675, el gobierno lo ejerció la regente, Mariana de Austria quien, a su vez, delegó el ejercicio del poder en validos que eran los depositarios de las decisiones políticas y de todo tipo en el reino.

Carlos II tuvo que enfrentarse a sus propias enfermedades e incapacidades y también a las ambiciosas pretensiones de Luis XIV, el "Rey Sol" francés, que fue ganando territorios en Europa por la fuerza de la guerra a la enclenque España. El Rey tenía problemas con sus intestinos (enterocolitis crónica por mala alimentación y deficiente masticación a causa de su marcado prognatismo en la mandíbula) y además debía lidiar con las luchas intestinas de su madre y su tío Juan de Austria. Una suma de desgracias que fue derrotando al Imperio y a su soberano en forma paralela, como una culminación de malas políticas y matrimonios endogámicos que venían de dos siglos antes.

Qué enfermedad padecía el "Hechizado"

La religiosidad fanática y la superchería muchas veces van de la mano. España no fue la excepción. Ante las calamitosas afecciones de su rey, optaron por hacer intervenir a la magia negra y al demonio, endilgándole el mote de "hechizado" con el que lo conoce su posteridad.

Cuando se produjo aquel informe de Sanguin a Luis XIV, emergió la primera señal preocupante. Pero a pesar de la alarma, de todas formas, Carlos II tuvo que pasar por los hitos obligatorios de la realeza de entonces; y así pasaron dos matrimonios infructuosos con María Luisa de Orleans (de la que estuvo realmente enamorado y cuya muerte lo sumió en la depresión) y Mariana de Neoburgo, matrimonios arreglados que no hicieron más que confirmar la esterilidad del rey, hecho que entonces sí sumió en una profunda preocupación al reino.

Carlos II murió en esa atmósfera de cuento gótico que detallé al principio, a los 38 años de edad, el 1 de noviembre de 1700. Desde entonces no ha habido una sola explicación que sea concluyente sobre las causas de sus múltiples dolencias.

Durante décadas se propusieron numerosas hipótesis, desde el hermafroditismo verdadero XX, el síndrome X frágil, la acidosis tubular renal distal o una deficiencia de la hormona pituitaria. La tesis más sostenida de las últimas décadas es la del padecimiento del síndrome de Klinefelter. El síndrome de Klinefelter es una afección genética que ocurre exclusivamente en varones cuando nacen con una copia adicional del cromosoma X (configuración 47,XXY). Afecta principalmente el desarrollo físico, hormonal y la fertilidad, provocando bajos niveles de testosterona e infertilidad. Sin embargo, ha surgido en el año 2019, nueva teoría que apunta a discernir sobre las verdaderas causas de las numerosas fallas orgánicas de Carlos II, fruto de la práctica sostenida y terminal de la endogamia.

Inmediatamente antes de la última teoría aludida, en 2008, el Dr. Jaime Cerda de la Universidad Católica de Chile, arrimó su opinión sobre el caso del malogrado Austria menor, publicando un artículo en donde expuso que la verdadera causa de las enfermedades del Rey era una "enterocolitis crónica, consecutiva a la generalización de un proceso tuberculoso". Pero el 21 de mayo de 2019, un grupo de investigadores rumanos e italianos ofrecieron una teoría novedosa acerca de Carlos II y sus padecimientos físicos y mentales. Esta teoría se centra en una presunta hidrocefalia del monarca: "Sugerimos que los síntomas y signos de Carlos, tales como la macrocefalia, crecimiento tardío y desarrollo mental, así como los frecuentes episodios de vómitos y crisis epilépticas que sufrió en su infancia estaban relacionados con la hidrocefalia". Continúan: "tenía un exceso de líquido cefalorraquídeo en la cocorota se sustenta, en primer lugar, sobre aquel herpes documentado por Sanguin. Creemos que esa infección herpética no debería ser ignorada, mucho más dado que estas pueden causar hidrocefalia". Revista "European Neurology", número del 21 de mayo de 2019. El segundo pilar donde se sustenta la teoría, se basa en la necropsia practicada al Rey de España: ""No tenía ni una sola gota de sangre en el cuerpo, su corazón tenía el tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos. Los intestinos putrefactos y gangrenados. Tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua", o mejor dicho, "fluido cerebro-espinal, como en la hidrocefalia". Esta es la última teoría sobre el caso que apasionó a neurólogos, endocrinólogos, psiquiatras, psicólogos, gastroenterólogos y demás especialidades relacionadas con las múltiples afecciones de un pobre hombre que no vivió, sino que padeció la vida en forma miserable.

Aquel 1 de noviembre de 1700, cuando la muerte lo arrancó de aquel lecho hediondo, que lo sumergía en su propia inmundicia, Carlos debe haber sentido una liberación absoluta y definitiva de ese cuerpo que lo hizo sufrir 38 largos años; de esos inventados "hechizos" de brujas y demonios que solo hicieron que tuviera que humillarse ante frailes ululantes espantando diablos de su pobre humanidad, hasta la ingesta de horribles pócimas que solo lograban descomponerlo más.

Se fue y cerró la hegemonía de los "Austria-Habsburgo", para dar paso a la dinastía borbónica con Felipe V, de quien desciende el actual Rey de España. Con Carlos II murió una práctica que solo apuntó a una planificación genética para mantenerse en el poder hasta agotarse en esa persona vulnerable, en el último y desgraciado vástago que sufrió las consecuencias de esa práctica nada higiénica que transcurrió desde la fragua del Imperio español.

Quién fue Carlos II, el rey amorfo por el poder

No estaba hechizado, no era un monstruo, era un hombre padeciendo un imperio gigantesco, decadente y una familia ambiciosa que legó para él no solo el poder sino la desgracia y la enfermedad. Carlos II no fue el fracaso de un hombre. Fue el fracaso de una dinastía.

Historiador y actor mendocino
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