La estatua violada de Rosas o Juana Sosa, la edecanita del Restaurador
El columnista se adentra en la historial neomedieval de la Argentina que está por parir una nación. Una historia mínima contada por una mujer granítica que se hizo estatua para seguir respirando.
"Estatuas" es una ficción histórica que escribí, que se inspira en la figura de Juanita Sosa ("la Edecanita"), personaje real del período rosista, y en la lectura de La amante del Restaurador de María Esther de Miguel y Mujeres de Rosas de María Sáenz Quesada.
(Don Juan Manuel sentía una atracción "violenta" por esa jovencita de nombre Juana)
Estatuas (en el hospicio)
Soy la estatua de una mujer violada. Me pongo contra la pared, pego mi mejilla derecha bien fuerte contra el frío muro; cruzo mis manos atrás de la espalda, como maniatadas. Estoy tan tiesa que me duele el cuerpo. Mejor así. Le da más credibilidad a mi estatua. Estoy sufriendo, me está doliendo. Tengo espasmos dolorosos ¿se notan mis espasmos? Si quiero que mi estatua sea creíble, los espasmos y meneos de mi cintura deben notarse bien. Creo que lo logro. He sido una estatua violada muchas veces, es una de las mejores estatuas que me sale. Ahora estoy segura que se nota que soy lo que quiero representar: una mujer violada, aunque no se vea el macho que me está desvirgando...
Yo sí lo veo. Es un hombre rubio, alto, corpulento, con una mirada celeste que fulmina y atemoriza. Él me tiene así. Solo que no pueden verlo. Pero el está sobre mí en la estatua ¿lo pueden ver? Yo sí. Y empuja, me dice cosas atroces, empuja, me toma de los pelos, empuja, me inmoviliza, empuja, no ceja en su ímpetu por doblegarme.
Juanita Sosa crea estatuas con el cincel de su delirio en la cantera de su propio cuerpo. Construye su identidad mediante aquellas. Sobrevive en ese universo sórdido con sus estatuas que la fijan en una postura, en un dolor. Ha quedado atrapada en los laberintos de la demencia.
-¿Quién es esta pobrecita? -pregunta con tono afligido la Sra. Delfina Lavalle de Lavalle a la enfermera que la acompaña. Ha llegado esa tarde a realizar su ronda de rutina en el hospicio, como presidenta de la Sociedad de Beneficencia.
-Es la loca de las estatuas. Juanita Sosa. Puede estar horas tiesa, como si fuera de piedra, en las posturas más raras.
-¡Dios mío! ¿Tiene familia?
-Es hija del coronel Hilario Sosa.
-¿Del mazorquero? ¡Santísima Virgen! -la Sra. Delfina se lleva la mano enguantada a la boca y luego se santigua a la velocidad del rayo.
-Pero no le tenga tanta lástima, señora, esa supo vivir muy bien en Palermo. Le decían la Edecanita.
-¿La Edecanita?
-La misma. Amiga de Manuelita... y vaya uno a saber de quién más.
-Entiendo... con razón terminó aquí.
-Ciertamente, doña Delfina, ciertamente.
Ambas dieron media vuelta y salieron de la lúgubre celda, dejando a Juanita tiesa contra la pared, con los ojos fijos en la nada.
Retrato de Juana Sosa.
Estatua de la nada
Ahora soy la estatua de la nada. Es la más fácil. La estatua de la nada soy yo siempre. Tiene una particularidad: es una estatua semi rígida, es viviente, porque camino por este ruinoso cuarto, me detengo, sigo caminando, me paro, me quedo tiesa, sigo caminando, me detengo, camino, dejo de caminar, quieta, camino, quieta, camino... giro sobre mí, doy vueltas y vueltas hasta marearme y me detengo, ahí me hago estatua, pero mientras camino y doy vueltas también lo soy. Esa es la estatua de la nada, caminar, no caminar, girar, no girar. A veces me caigo del mareo; es mejor, quedo dura en el piso helado y mojado...aterida de frío. Entonces es cuando se despierta mi creatividad. En el piso, estática, me convierto en la estatua del miedo. Levanto mis manos y se quedan quietas, rígidas. No cambio de postura hasta que me duelen los brazos. Cuando siento que se me caen a pedazos, me levanto. Entonces me muerdo la muñeca tan fuerte que sangro. Las estatuas no dejan de aparecer. Cuando sangro soy la estatua de la hemofilia. La misma hemofilia que dicen me contagió mi santa madrecita. Ahora soy estatua de hemofilia porque me sangro. Me quedo quieta para que las gotitas de sangre caigan sonoras al piso. Cuando caen tienen un eco espantoso. La sangre es fea, pero en el mármol de mi cuerpo se ve bonita.
En la noche es el problema. Me obligan a dormir y no puedo hacer estatuas. Entonces grito. Lanzo gritos ensordecedores que hacen crepitar las paredes de esta ruindad que es mi celda. Grito, grito mucho, hasta que me duele la garganta. Entonces viene la monjita a pegarme. Me da unas palizas tan feroces que me duermo... sé que después reza por mí. Le escuché decir que me voy a ir al infierno porque fui muy puta. No sé. Al principio me obligaron, después me gustó ¿está mal? No sé.
Solo sé que cuando no hago estatuas en la noche, vienen en tropel los fantasmas a torturarme. Viene Don Juan Manuel con la picha en la mano, para someterme. Es un bruto; viene Manuelita a decirme con su gracia habitual que me extraña, vienen muertos, degollados, torturados, vienen curas, vienen monjas, vienen niñas de sociedad, todos me hablan a la vez y me ponen nerviosa. En la mañana me acuerdo y entonces hago la estatua de la confusión: me pongo con las piernas abiertas y me agarro de los pelos. Así me quedo. Pero entonces me siento bien, soy la estatua que quiero ser. Amén.
Juanita Sosa falleció demente en un hospicio de Buenos Aires. No tenía aún cincuenta años. Nadie reclamó su cuerpo. Dicen que el único que la recordó fue Juan Manuel de Rosas. Se ha dicho que, durante su exilio en Southampton, el Restaurador siguió preguntando por el destino de la Edecanita. Si fue amor, costumbre o simple nostalgia, ya nadie puede responderlo.
Fuente bibliográfica
- Sobre la pasión violenta que sentía Rosas por Juanita Sosa: Sáenz Quesada, María. Mujeres de Rosas. Buenos Aires: Planeta, 1991. (Colección Mujeres argentinas, dir. Félix Luna), pp.203-204