Amar a nuestra selección sin vientos bélicos
Argentina siempre ha sido un país con una profunda fe en el fútbol, ??donde este ocupa un lugar central en la vida de muchos argentinos cada semana. El fútbol en nuestro país es una cuestión de fe, amor, sufrimiento y muchísimos debates.
Amar a nuestro equipo, nuestra camiseta, nuestro país es un sentimiento visceral, que lo abarca todo, un vínculo de lealtad, dedicación y apoyo incondicional que va mucho más allá de la mera afición deportiva. Muchas obras literarias y reflexiones nos cuentan esto, la pasión por los colores nuestros nos produce una verdadera montaña rusa emocional. Desde la tensión que antecede al saque inicial (la infame sensación de nerviosismo) hasta la euforia de la victoria, pasando por las lágrimas y la decepción tras la derrota, este sentimiento se basa en una profunda identificación con la suerte del equipo.
Los matices del amor por la camiseta producen el vínculo con un equipo que se compara a menudo con una relación romántica, ya que requiere presencia, confianza y la capacidad de compartir alegrías y tristezas. Para muchos, especialmente en un contexto cultural donde expresar emociones puede ser más difícil, el estadio se convierte en un lugar seguro donde pueden celebrar su masculinidad, pero también permitirse llorar y mostrar su vulnerabilidad.
Si queremos profundizar en esto tenemos que considerar el respeto y deportividad que, si bien el amor por los colores de un equipo es unificador, también puede generar rivalidades intensas. Muchos aficionados encuentran un equilibrio saludable al celebrar los éxitos de su equipo sin la necesidad de burlarse de sus oponentes en momentos difíciles, reconociendo el peso emocional que el deporte tiene para todos los participantes.
Actualmente la Copa Mundial Masculina, para muchos países, es un evento fundamental desde una perspectiva deportiva y social, mientras que para otros es meramente anecdótico.
Argentina siempre ha sido un país con una profunda fe en el fútbol, ??donde este ocupa un lugar central en la vida de muchos argentinos cada semana. El fútbol en nuestro país es una cuestión de fe, amor, sufrimiento y muchísimos debates.
Tenemos que darnos cuentas y aprender a observar esta competición con otros ojos, sin desviar nuestra atención hacia asuntos ajenos al deporte. Porque la Copa del Mundo es un torneo donde compiten diversas selecciones nacionales, representando a sus respectivos países, y muy a menudo se habla de los partidos de forma casi bélica: el campo de batalla, el ataque, la defensa, el combate cuerpo a cuerpo. Pero es un deporte, y el deporte está diseñado para unir a las personas, para crear lazos entre naciones, incluir y también vivir un momento de celebración juntos. Así que desterremos los vientos bélicos que nos atormentan hoy y vivamos este final torneo en paz, sobre todo porque presenta muchas novedades. En primer lugar, hemos pasado de 32 a 48 países, por lo que hemos podido descubrir nuevas naciones que debutan y que estamos conociendo, como Curazao y Uzbekistán. Es una oportunidad para aprender sobre nuevos países, costumbres e identidades. Otra gran novedad es que muchos jugadores representan a un país distinto al suyo. Porque vivimos en un mundo globalizado, y el sentido de pertenencia ya no está ligado a un grupo demográfico, sino que es producto de la migración, la integración y la identidad. En una era donde el discurso institucional gira en torno a fronteras y naciones, este Mundial demuestra que se puede nacer en un país y amarlo, y vivir en otro, amándolo y respetándolo por igual. Porque la identidad nacional es una construcción colectiva, y como nos ha enseñado la historia de la reunificación posterior a las dos grandes guerras mundiales, un país puede "construirse" aunque sus raíces sean diferentes, aunque sus experiencias históricas y políticas no sean las mismas. Estamos frente a equipos llenos de jugadores que son hijos de emigrantes o que juegan para el país de origen de sus padres. Este mensaje es muy importante porque el concepto de nación, tal como se concibió hace doscientos años, está obsoleto. El mundo está formado por personas que se desplazan, que se enamoran sin importar sus pasaportes, y los niños nacen con uno, dos o tres países en la sangre. Esto se debe a que, como dijo una vez mi madre: no es difícil tener dos lugares a los que llamar "hogar", solo se necesita un corazón más grande.
A pesar de esto, estoy convencido de que este deporte es algo hermoso y una experiencia de vida recomendable a todos. Hay que jugar y amar al fútbol para comprender de verdad cómo un simple campo de juego con dos porterías y un balón normal puede generar emociones y sensaciones realmente intensas.
Consideremos que, el fútbol no es solo perseguir un balón, pero si conseguimos golpear ese balón a la perfección, sentiremos que nuestra propia vida viaja lejos y se desliza hacia la portería conduciéndonos a la victoria.