Bonarda y Malarda: El corazón no siempre espera

 Y aquella noche, en San Martín, la familia entera aprendió que hay secretos que pueden esperar un día, un mes o una generación, pero hay corazones que solo piden una cosa: otra oportunidad. Todos los capítulos los pueden encontrar los domingos en Memo y Mendoza Post.

La mochila seguía sobre la mesa y parecía esperar. No tenía la ansiedad de los objetos humanos, no conocía la impaciencia ni el miedo, pero había algo en aquella espera que incomodaba a Alicia, como un presentimiento aterrador, sintió que de golpe todo estallaba. Bautista estaba frente a ella y por un instante los dos quedaron suspendidos en ese territorio extraño donde una familia se encuentra con aquello que alguien decidió dejar antes de irse. Bonarda había muerto, pero no se había llevado todo. Había dejado casetes, fotografías, nombres, recuerdos, historias y ahora aquella mochila que su nieto había cargado durante tantos viajes, sin imaginar que algún día sería él quien tendría que transportar una parte de la memoria de su abuela. Alicia extendió la mano hacia el cuero y la retiró casi inmediatamente. No alcanzó a tocar el cierre. En ese mismo instante sonó el teléfono.

Fue una llamada breve, de esas que no necesitan demasiadas palabras para destruir la tranquilidad de una casa. Aldo, su esposo, había sufrido un infarto. De manera repentina se desplomó en El Alado mientras preparaba una boda de destino con su equipo de trabajo, muy cerca de las parrillas que chirriaban con el vacío a punto. Aldo era un gran catador de carnes, también hacía horas un chivito a las llamas lo estaba custodiando desde la mañana temprano, porque los novios que venían de Brasil querían una boda diferente, una boda en un lugar rural, con gastronomía de la zona y que los invitados, casi todos brasileros, vieran cómo se hacían las empanadas caseras, cómo se prendía el horno de barro y las parrillas para las carnes rojas. Las ensaladas eran un rococó de productos cultivados ahí mismo. Por supuesto que el catering estaba a cargo de los herederos de la empresa de Silvia Bodiglio. Muy feliz estaba Aldo porque era la primera vez que presenciaba en su lugar en el mundo, un evento así.

Primero fue el dolor, después la confusión, luego esa velocidad que adquiere el mundo cuando la muerte parece acercarse demasiado. Lo llevaron al nuevo Hospital Perrupato de San Martín y Alicia sintió que las piernas dejaban de pertenecerle. Hasta hacía unos segundos estaba frente a la mochila de su madre, tratando de descubrir qué secreto había quedado escondido entre aquellas paredes de cuero, y ahora solo podía pensar en Aldo, en su marido, en el hombre que había compartido con ella los años buenos, los años difíciles, los silencios, los felices, su hijo, las pérdidas, los proyectos y esa forma casi invisible de quererse que tienen quienes llevan demasiado tiempo caminando juntos.

Beltrán cerró la mochila. No hubo necesidad de decidirlo. Algunas cosas se suspenden solas cuando la vida golpea con suficiente fuerza. La mochila dejó de ser una pregunta y se convirtió nuevamente en espera. Quedó sobre la mesa, exactamente donde estaba, con sus cordilleras dibujadas sobre el cuero y el rostro apenas esfumado de Bonarda mirando hacia ninguna parte.

Alicia salió de la casa con Bautista detrás y durante el trayecto hacia el hospital no consiguió ordenar un solo pensamiento. La muerte de Bonarda todavía estaba demasiado cerca y ahora aparecía otro miedo, mucho más concreto, mucho más físico, porque Aldo no era un recuerdo, Aldo estaba luchando en ese mismo momento por quedarse. Las calles de San Martín pasaban detrás de los vidrios como si alguien hubiera acelerado la película de su vida. Las palmeras, las acequias, las fachadas conocidas, las viñas, los árboles, todo aquello que tantas veces había mirado con la tranquilidad de quien cree que mañana volverá a estar allí, adquiría de pronto una fragilidad desconocida.

Al llegar al Hospital Perrupato, el mundo se redujo a un pasillo, unas puertas, una camilla y un reloj. El resto desapareció. Ya no existían las historias de Bonarda, ni los casetes, ni Javier Rubio, ni las fotografías, ni los nombres que esperaban ser rescatados, ni siquiera aquella mochila que durante tantos minutos había parecido contener el futuro. Existía Aldo.

Los médicos se lo llevaron rápidamente y Alicia quedó parada frente a una puerta que se cerró con una suavidad casi insoportable. Bautista permaneció a su lado. Por primera vez desde que había llegado a San Martín sintió que su madre no era la mujer fuerte que había conocido toda su vida. Era una mujer asustada. Una mujer que acababa de perder a su madre y que ahora podía perder a su compañero. Una mujer que había pasado demasiadas veces por la frontera entre quedarse y despedirse.

Las horas comenzaron a caer lentamente.

El hospital tenía su propio lenguaje: pasos apurados, puertas que se abrían, enfermeros que cruzaban los pasillos, teléfonos que sonaban, familiares que miraban sin mirar, vasos de café que se enfriaban entre las manos. Allí nadie preguntaba por el pasado de nadie. Todos eran simplemente alguien esperando que otra persona siguiera viva.

Alicia pensó en Bonarda.

Pensó que quizás su madre había sabido siempre algo que los demás tardaban demasiado en comprender: que la vida no avisa cuándo va a cambiar de dirección. Que un nacimiento puede ocurrir en medio de una tormenta y que una muerte puede llegar después de una vida entera de sol. Que las familias se separan, se encuentran, se vuelven a perder y vuelven a buscarse. Que una mochila puede esperar años, pero un corazón no siempre.

Entonces recordó las últimas palabras que habían quedado flotando sobre aquella mesa, aquello que todavía no habían abierto, aquello que Bonarda había pedido que Bautista llevara hasta Alicia.

Y comprendió algo que hasta ese momento no había podido comprender. Tal vez la mochila no tenía que abrirse todavía. Tal vez Bonarda había dejado algo allí que solamente podía ser entendido cuando ellos estuvieran preparados para recibirlo. Y ese momento, definitivamente, no era ese. No mientras Aldo estuviera detrás de una puerta luchando por regresar.

Pasó una hora.

Después otra.

Bautista caminaba unos pasos y volvía. Alicia permanecía sentada. Miraba sus manos. Las mismas manos que habían acomodado la ropa de su madre después de su muerte, las mismas que habían sostenido fotografías, cartas y casetes, las mismas que tantas veces habían preparado una mesa familiar, ahora estaban quietas sobre sus piernas. Hasta que finalmente apareció un médico.

No traía una sonrisa, pero tampoco traía esa expresión definitiva que Alicia temía encontrar. Aldo había sufrido un infarto y estaba grave. Había sido atendido a tiempo. Seguía con vida. Necesitaba permanecer internado, controlado, vigilado. Las próximas horas serían importantes. Alicia cerró los ojos, no lloró inmediatamente. Primero respiró, después lloró.

Y en ese llanto no estaba solamente el miedo por Aldo. Estaba Bonarda, su tía Malarda, estaba su abuela Elena, estaba Pedro, su abuelo. Estaban todos los que habían partido, estaban las generaciones anteriores, estaban las fotografías, los vinos, las cartas, las voces grabadas en casetes, estaban los nombres que todavía no habían terminado de contar su historia. Estaba toda una familia intentando sostenerse sobre un mismo hilo.

Bautista la abrazó. Y en ese abrazo comprendió que la mochila podía esperar. La historia también. Porque aquella noche había aparecido una nueva urgencia, una que no estaba escrita en ningún papel de Bonarda: salvar a Aldo.

Cuando regresaron a la casa, ya entrada la madrugada, la mochila seguía sobre la mesa. Nadie la había tocado. Bautista se acercó, la miró y pasó lentamente una mano sobre el cuero. Las cordilleras talladas parecían diferentes bajo la luz tenue. Alicia se quedó detrás de él, en silencio.

No la abrieron.

No todavía.

La cerraron más fuerte, como si dentro de ella hubiera quedado también una promesa. Aldo seguía vivo. Grave, sí. Pero vivo.

Y mientras existiera ese pequeño territorio entre la vida y la muerte, mientras el corazón de Aldo continuara golpeando detrás de una puerta del Hospital Perrupato, la familia tenía algo más importante que descubrir un secreto. Tenía que esperar. A veces el destino no permite abrir una mochila porque primero exige abrir los brazos.

Y aquella noche, en San Martín, la familia entera aprendió que hay secretos que pueden esperar un día, un mes o una generación, pero hay corazones que solo piden una cosa: otra oportunidad.

Bonarda y Malarda: El corazón no siempre espera
Bonarda y Malarda: El corazón no siempre espera

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