La hermana que esperaba

La novela de Bonarda y Malarda, los pueden encontrar todos los domingos en Memo y Mendoza Post.

 Bonarda entró en un espacio donde el tiempo dejó de obedecer. Siempre interpretó el mundo a través de los signos: el agua, la tierra, el vino, la memoria.

Bonarda creyó haber dormido apenas unos minutos. No recordaba haber cerrado los ojos, pero tampoco el instante en que volvió a abrirlos. La habitación conservaba el mismo orden paciente de todas las mañanas: la silla con el chal prolijamente doblado, el bastón apoyado contra la pared, la taza de té sobre la mesa de luz. Sin embargo, algo había cambiado de lugar. No era un objeto. Era el silencio.

El silencio ya no pertenecía a la casa. Parecía venir de mucho más lejos, como si hubiera descendido desde la cordillera durante la noche y se hubiera instalado entre las paredes con la delicadeza de quien no desea despertar a nadie.

Se incorporó sin esfuerzo. Le sorprendió no sentir el peso de las rodillas ni el crujido de los huesos que desde hacía años anunciaban cada movimiento. Caminó descalza hasta la ventana. Afuera el parral permanecía inmóvil, no porque faltara viento, era otra clase de quietud. Las hojas parecían haber decidido no moverse todavía.

Abrió la puerta de la habitación. La casa estaba vacía. No encontró a Malarda preparando el desayuno ni el perfume del pan tostado que todas las mañanas parecía convencer al tiempo de demorarse un rato más. Tampoco escuchó el viejo reloj del comedor. Durante décadas había marcado las horas con una obstinación casi humana. Ahora seguía colgado en la pared, pero las agujas descansaban en cualquier sitio, como si hubieran perdido interés por continuar.

Bonarda sonrió. Le resultó curioso comprobar que los relojes también podían cansarse. Cruzó el comedor, acomodó distraídamente una silla que estaba apenas corrida y salió al patio.

La mañana tenía un aspecto conocido y, al mismo tiempo, imposible. Las gallinas caminaban muy despacio, demasiado despacio. Una de ellas permanecía detenida con una pata suspendida en el aire, sin terminar el paso. Miró la acequia por simple costumbre. El agua corría, pero sin hacer ruido y reflejando otros árboles que no estaban allí. Desde chica había aprendido que el agua siempre decía algo -anunciaba una helada, una creciente, una buena cosecha-, pero aquella parecía no tener nada para contar. Se acercó y hundió apenas la punta de los dedos: el agua estaba tibia. Nunca, en casi un siglo de vida, había conocido una acequia tibia.

Entonces habló, como si Malarda pudiera escucharla desde cualquier rincón de la finca.

-No me hagás esto... No me dejes sola, qué mala Malarda, dejarme sola.

Su propia voz quedó suspendida en el aire, permaneció allí, temblando apenas, como una hoja que se niega a caer. Bonarda levantó la vista. Por primera vez desde que despertó sintió que algo escapaba a todo lo que había aprendido sobre la tierra, el agua y el tiempo.

Pensó que su hermana habría salido al patio, pero no le dio importancia. Siguió caminando. Pasó junto al horno de barro, después por la higuera y se acercó a la huerta. En cada lugar esperaba encontrar a Malarda ocupada en alguna tarea inútil, de esas que sólo servían para justificar el paso de las horas. No estaba. Entonces comenzó a llamarla, pero sin apuro, como quien sabe que la otra va a aparecer en cualquier momento.

Mientras avanzaba recordó, sin saber por qué, un invierno de juventud: las dos se habían perdido entre los parrales jugando a esconderse y había sido ella la primera en asustarse. Lloró hasta que sintió la mano de Malarda buscándole los dedos; desde aquel día había descubierto que una mano conocida podía ser más tranquilizadora que cualquier palabra.

La memoria llegó con una claridad inesperada. Bonarda se detuvo. Pensó que era extraño recordar con tanta precisión algo ocurrido casi un siglo atrás y, en cambio, no poder recordar qué había soñado la noche anterior. Se sentó junto al viejo aljibe. No esperaba a nadie. Esperaba, simplemente. Después de toda una vida, comprendió que era posible extrañar a una persona antes de perderla.

Fue entonces cuando sintió, muy despacio, que alguien le tomaba la mano. No volvió la cabeza, no tuvo necesidad. Nadie, salvo Malarda, entrelazaba los dedos de esa manera. Bonarda cerró los ojos sin llorar. Sólo apretó aquella mano invisible con la misma confianza con la que una niña se aferra a su hermana para cruzar una acequia crecida.

Recién entonces tuvo miedo, no de estar sola, sino de tener que seguir caminando sin esa mano. No todos los caminos se cruzan al mismo tiempo; hay quienes deben quedarse un poco más para apagar el fuego, cerrar una ventana, acomodar una silla, regar una planta o terminar una conversación que la vida dejó inconclusa.

-Te demoraste bastante, riéndose apenas

-Alguien tenía que cerrar la puerta.

Malarda asintió.

-Lo sabía.

Siguieron caminando. Bonarda recién entonces se volvió, y la vio. No era joven. No era vieja. Era Malarda. Simplemente Malarda. Con el delantal de todos los días, una hebra de cabello escapándose detrás de la oreja y esa expresión mitad ternura, mitad paciencia, con la que la había esperado durante toda la vida.

Ninguna habló. Las palabras empezaban a ser innecesarias. Frente a ellas el camino se perdía entre los álamos. No había apuro. Tampoco destino. Sólo la certeza de que, después de toda una vida buscándose una a la otra, volvían a caminar al mismo paso.

Bonarda comprendió, sin necesidad de pensarlo, que algunas personas no regresan para llevarnos a otro lugar, regresan para que dejemos de sentirnos solas.

La hermana que esperaba

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