No te dejes engañar Bonarda
Novela: Bonarda y Malarda, Todos los capítulos de la novela lo pueden encontrar los domingos en Memo.
«No te dejes engañar, Bonarda», pareció escuchar en el crujido de las maderas. Pero ya no sabía si la voz venía de afuera o del eco rezagado de su propia sangre.
Los años ya eran muy arrugados en Bonarda, encorvada su espalda, también le habían ido inclinando la memoria hacia lugares extraños, como si los recuerdos pesaran distinto según la estación del año. En otoño recordaba con nitidez el perfume de las higueras de su infancia, el sonido del tren entrando a Palmira, las manos de su madre Elena amasando sopaipillas. En cambio, cuando intentaba recordar el rostro de Malarda, todo se volvía agua. No era olvido. Era algo más inquietante. Podía cerrar los ojos y escuchar perfectamente su risa. Incluso recordaba el modo en que levantaba apenas el hombro izquierdo cuando estaba por llevarle la contra. Recordaba discusiones enteras, caminatas infinitas entre los parrales, silencios compartidos frente a los canales de riego. Pero, cada vez que intentaba dibujar su cara en la memoria, aparecía una neblina blanca, como esas mañanas de invierno en que la acequia desaparece bajo el vapor del agua.
Una tarde decidió abrir el viejo baúl donde conservaba las fotografías familiares. Las fue acomodando sobre la mesa. Ahí estaba su padre, su madre. Los festejos de la cosecha. El tren. Los primeros turistas. Los niños jugando bajo los olivos. La construcción del barrio Las Bonardas, a su esposo Pedro. Buscó durante horas una imagen donde aparecieran las dos. Encontró una, al menos eso creyó. La acercó a la ventana, una muchacha sonreía. La otra figura apenas era una sombra apoyada sobre el borde de la imagen. Bonarda entrecerró los ojos. Juraría que era Malarda. Pero también podía ser una rama movida por el viento. O una mancha del papel envejecido. Volvió a guardar la fotografía. Esa noche no durmió.
Los días siguientes comenzaron a suceder pequeñas cosas que nadie más parecía advertir. Ponía dos platos sobre la mesa. Después de unos minutos descubría que había uno solo. Preparaba dos tazas de té. Cuando regresaba con la tetera, encontraba una. Pensó que la vista empezaba a fallarle. Después culpó al cansancio. Más tarde dejó de buscar explicaciones.
Lo único que la inquietaba era que jamás recordaba el momento exacto en que desaparecía aquello que ella estaba segura de haber visto. Una mañana la visitó a Doña Raquel, esa vecina incondicional y que a pesar de sus 99 años como Bonarda, todavía podía manejarse sola, aunque llegó acompañada por su nieta. Era una de las pocas personas que todavía conocía las historias antiguas del este. Bonarda esperó el momento justo.
Raquel... ¿vos conociste a mi hermana? La anciana permaneció largo rato en silencio. Miró el patio. Después los rosales. Recién entonces respondió.
¿Cuál de todas las historias querés que te conteste?
Bonarda sintió un escalofrío.
La verdadera.
Raquel sonrió con una tristeza antigua.
A esta altura ya nadie sabe cuál fue la verdadera.
Aquella respuesta comenzó a perseguirla. Durante semanas preguntó aquí y allá. Cada respuesta abría una duda nueva. Un viejo ferroviario juraba haberlas visto viajar juntas. Una costurera aseguraba haber confeccionado vestidos para las dos. Pero el hijo de la costurera insistía en que su madre siempre hablaba de Bonarda en singular. En los diarios de la casa encontró una crónica de los festejos de la vendimia. El periodista describía a Bonarda bailando sola. Sin embargo, al margen de la página alguien había escrito con lápiz:
"Esa noche Malarda llevaba un vestido verde." No había firma.
Bonarda comenzó a desconfiar incluso de su propia letra. A partir de entonces dejó de nombrar a Malarda delante de los demás. No porque hubiera dejado de creer en ella. Sino porque empezó a temer algo mucho más terrible. Que los recuerdos pudieran gastarse igual que las piedras del río. Y que las personas, cuando nadie las recordaba de la misma manera, terminaran convirtiéndose lentamente en una leyenda. Bonarda ya no sabía si estaba perdiendo una hermana, o estaba asistiendo, impotente, al momento exacto en que una leyenda comenzaba a olvidar su propio origen. Esa noche, antes de apagar la lámpara, dejó una taza de té sobre la mesa de luz, como había hecho durante toda su vida.
A la mañana siguiente la taza seguía allí. Llena. Intacta. Fría. Bonarda la sostuvo entre las manos durante un largo rato. Después la vació lentamente sobre la tierra del jardín. Sin decir una palabra.
Era la primera vez que no esperaba que alguien volviera a beber de ella.