Mendoza Mineral, Ceniza y Plata

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Mendoza está pasando de hablar de lo que podría haber debajo de la tierra a tener que decidir qué hace con esa información. Tres mujeres, tres copas vacías y una certeza incómoda: el mapa que se está dibujando en Mendoza ya no tiene vuelta atrás.

El blend de las cosas

Plata pintaba una montaña que no se parecía a ninguna montaña de Mendoza.

Había empezado con un gris casi mineral, después había agregado un amarillo que no estaba en la cordillera y, sobre la parte más oscura del cuadro, una pincelada naranja que parecía incendiar la piedra desde adentro. Ceniza la observaba desde el otro lado del estudio sin preguntarle qué estaba haciendo porque había aprendido que cuando Plata pintaba no convenía interrumpirla: las explicaciones llegaban después, si llegaban. Gemma, en cambio, se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas y tenía delante tres copas vacías, aunque no había vino en ninguna de ellas. Las había pedido solamente para pensar. Era una de sus costumbres más extrañas: necesitaba recipientes para imaginar mezclas que todavía no existían.

-Una provincia también puede ser un blend, dijo de pronto.

Plata levantó el pincel.

-No empieces.

-No empecé, estoy mirando.

Gemma tenía esa forma de mirar que había aprendido durante los años en que había trabajado con personas, equipos, empresas, familias, parejas y hasta con políticos que llegaban convencidos de que tenían un problema de comunicación cuando en realidad tenían un problema entre ellos. Había descubierto que casi nunca una persona era solamente una cosa. El más duro podía tener una zona frágil, el más brillante podía cargar una inseguridad enorme, el amable podía esconder una ambición feroz. Por eso había terminado llamando a su método blends humanos: no porque quisiera mezclar personas, sino porque había entendido que nadie venía en estado puro.

-Mendoza tampoco, dijo Ceniza.

Plata volvió al cuadro.

Afuera había empezado a caer una lluvia fina, casi tímida, de esas que parecen no tener suficiente fuerza para mojar una provincia acostumbrada al desierto.

Sobre la mesa había quedado abierto un cuaderno con recortes, anotaciones y nombres. Uspallata, Malargüe, San Rafael, San Martín, Palmira. El cobre aparecía en una página, el sol en otra. Más adelante, una represa, después una vieja estación de tren, más abajo, una fábrica, una finca, un camino pleno de pistachos, ajos verdes y muchos olivos.

Plata miró todo aquello y sintió que le ocurría algo parecido a lo que le pasaba cuando terminaba una pintura y se alejaba unos pasos del lienzo. De cerca solamente veía manchas, una pincelada azul demasiado fuerte, una sombra que no terminaba de convencerla, una línea que había quedado más gruesa de lo previsto. Pero cuando se alejaba, aparecía otra cosa: Una figura, un paisaje, a veces incluso una historia que ella no había sabido que estaba pintando.

Se acercó al cuadro.

- ¿Sabés qué me molesta?, dijo.

Gemma sonrió.

- Que te salió lindo.

-No, que siempre pintamos Mendoza como si ya estuviera terminada.

Ceniza se acercó.

Plata señaló la montaña.

-La cordillera está, el agua está, el sol, el petróleo, el cobre, las ciudades, las fábricas. Hasta las vías abandonadas siguen ah, lo que no sabemos pintar todavía es lo que puede pasar entre una cosa y otra.

Gemma tomó una de las copas vacías y la puso frente a la ventana.

-Eso es un blend.

Plata la miró.

-No todo se mezcla.

-Claro que no, un buen blend no borra sus componentes, los obliga a convivir.

Ceniza se quedó callada.

Habían hablado durante meses de minerales, de exploración, de energía, de agua, de caminos, de las discusiones interminables alrededor de una montaña.

Habían aprendido palabras nuevas y habían vuelto a escuchar otras que parecían antiguas. Pero aquella noche ninguna de las tres tenía ganas de discutir sobre minería, quizás porque afuera estaba ocurriendo algo que todavía no tenía nombre y porque, por primera vez, podían verlo sin necesidad de defenderlo.

La provincia estaba cambiando de textura. En el sur, la exploración había empezado a devolver muestras, perforaciones, indicios. En Uspallata, el cobre había dejado de ser solamente una palabra encerrada en expedientes y había entrado en una nueva etapa de proyecto. Y mientras tanto, en distintos puntos de Mendoza, el sol comenzaba a ocupar superficies enteras con paneles, los ríos seguían siendo pensados como generadores de energía y las obras de infraestructura volvían a aparecer en conversaciones que durante años habían parecido imposibles.

Pero Gemma no quería hablar de megavatios.

- ¿Saben cuál es el problema de los blends?, preguntó.

Plata dejó el pincel sobre una servilleta.

-Que después nadie sabe qué puso cada uno.

-Exactamente.

-Entonces no es un buen blend.

Gemma sonrió.

-Depende, hay mezclas en las que reconocer cada componente es justamente lo menos importante.

Ceniza se acercó a la ventana. Desde allí no podía verse la cordillera, pero sabía que estaba detrás de la noche. Siempre había algo detrás de la noche en Mendoza. Pensó entonces que quizá había cometido un error durante mucho tiempo, había mirado la montaña buscando respuestas. Plata había mirado los caminos. Gemma había mirado a las personas.

Y ninguna había mirado suficientemente la mezcla. No la mezcla de minerales. La otra. La mezcla de oficios, de conocimientos, de generaciones, de industrias, de pueblos, de agricultores, de ingenieros, de artistas, de obreros, de geólogos, de comerciantes, de mujeres que habían llegado tarde a una actividad que durante demasiado tiempo había parecido escrita en masculino.

Plata volvió al cuadro.

Tomó un color verde y lo llevó hacia la montaña.

Ceniza la observó con sorpresa.

-¿Verde?

-Sí.

-Nunca pintás la cordillera de verde.

-Hoy sí.

Gemma se levantó del suelo y se acercó.

-¿Y qué significa?

Plata apoyó el pincel en el borde de la paleta.

-Nada todavía.

Y quizás esa fue la respuesta más honesta de toda la noche. Porque no todo tenía que significar algo inmediatamente. A veces una provincia también necesitaba atravesar el momento incómodo de no saber todavía qué iba a ser.

Gemma tomó las tres copas y las puso juntas sobre la mesa. Después sacó de su bolso una pequeña botella de vidrio que llevaba siempre consigo. No tenía etiqueta.

- ¿Qué es eso?, preguntó Ceniza.

- Un experimento.

Vertió apenas unas gotas en cada copa. Una tenía un líquido rojizo, otra, uno casi dorado, la tercera era oscura.

Plata se inclinó para mirar.

- ¿Vas a mezclar vino ahora?

-No.

Gemma tomó las tres copas y las alineó.

-Personas.

Ceniza soltó una carcajada.

-Estás loca.

-Probablemente, pero miren. Señaló la primera copa, esto es lo que ya conocemos. La segunda es lo que está llegando y la tercera, y esto es lo que todavía no sabemos qué va a hacer cuando se encuentre con las otras dos.

Plata la miró unos segundos y después volvió la vista hacia su cuadro.

-¿Y si queda horrible?

Gemma levantó la copa.

-Entonces aprendemos.

Ceniza volvió a mirar la ventana.

Las luces de la ciudad parecían pequeñas manchas sobre una tela negra.

Pensó en Malargüe, en Uspallata, en Palmira, en San Rafael. Pensó en el cobre enterrado durante millones de años, en el sol cayendo sobre los paneles, en el agua bajando por los ríos, en los hombres y mujeres que esperaban trabajo, en los que desconfiaban, en los que querían participar, en los que todavía no habían encontrado su lugar en aquella conversación.

Entonces entendió algo que no estaba escrito en ningún informe. Una provincia no se transforma cuando descubre un recurso, se transforma cuando aprende a relacionar sus recursos con sus personas. Plata tomó nuevamente el pincel, esta vez no pintó una montaña, pintó una pequeña luz en medio de ella.

Gemma la miró.

-Eso sí es nuevo.

Plata sonrió.

-No chicas, eso ya estaba.

Y siguió pintando.

Mendoza Mineral, Ceniza y Plata
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