1966-1986: la vida es eso que pasa entre los mundiales
Los dos partidos mundialistas entre las selecciones de Argentina e Inglaterra, metáforas futboleras de un periplo de 20 años que marcaron nuestras vidas.
Mucho antes de la "Mano de Dios", mucho antes del gol que dejó a los ingleses en el camino en el estadio Azteca, hubo una tarde aciaga en Wembley en la que Antonio Ubaldo Rattin abandonó el campo expulsado. Aquel episodio, envuelto en polémicas y resentimientos, fue el primer capítulo de una historia que el fútbol argentino tardaría veinte años en completar.
La rivalidad clásica del fútbol argentino como selección, había sido contra Brasil, contra Uruguay. El primer Mundial de fútbol tuvo como finalistas a los equipos de ambos lados del charco: Argentina y Uruguay, y fue un partido lleno de controversias, suspicacias, sospechas y teorías conspirativas por doquier que terminaron con el triunfo de los charrúas, locales, por 4-2. Luego, en 1964, en la denominada "Copa de las Naciones", Argentina le ganó con un histórico 3 a 0 al Brasil de Pelé. Clásicos. Rivales tradicionales. Jamás a nadie se le cruzó por la cabeza que un día, en un mundial de fútbol jugado en una isla británica, nacería una rivalidad más enconada y encarnizada.
Todo listo para un choque inesperadamente intenso.
Se están jugando los cuartos de final del campeonato mundial de fútbol 1966. Es el quinto campeonato que se juega en tierras europeas. El verano inglés ha ido calentándose a medida que transcurre el mes. Pero, como veremos, no se ha calentado el clima solamente. La lucha por obtener la copa del mundo, también ha subido en temperatura y violencia: uno de los astros indiscutidos de la época, Pelé, ha sido neutralizado y opacado por los golpes arteros que le han provocado serias lesiones. "O Rei" se queda rengo y Brasil afuera de la competencia.
Hasta que llega el choque para definir semifinalistas. Luego del subcampeonato de 1930, Argentina no había logrado pasar de las fases de competencia como en esa ocasión de 1966. El desastre de Suecia en 1958 y la mediocridad exhibida en Chile 1962, habían impedido avanzar más allá de la etapa de grupos. Esta vez, pasaba a cuartos de final.
23 de julio de 1966 a las 15:35
Esa tarde de verano, en el estadio de Wembley, por cuartos de final como digo, se miden el local, Inglaterra, frente a Argentina. De la mano de "Toto" Lorenzo, los jugadores de la Selección han ido a recalar en ese estadio luego de pasar sin sobresaltos la primera fase del Mundial.
Llegan, qué duda cabe, como punto, mientras los futbolistas de la rubia Albión son la banca segura y potente.
Hay algo que flota en el ambiente como una certeza difícil de demostrar, pero imposible de ignorar. Inglaterra no solo organiza el Mundial: también parece destinada a ganarlo. La eliminación de Brasil, con Pelé castigado por los golpes hasta quedar fuera de combate, alimenta las sospechas. En buena parte de la prensa y de los simples hinchas sudamericanos comienza a instalarse la sensación de que los equipos europeos recorren un camino menos complicado que el reservado para argentinos, brasileños y uruguayos.
Que ese mandato pueda ser escrito, es otra posibilidad no muy lejana, basta ver la dupla de árbitros que la FIFA ha designado para definir los cuartos de final: un inglés para arbitrar Alemania-Uruguay y un alemán para Inglaterra-Argentina. Ambos arbitrajes serán seriamente objetados, sospechados de parciales, favoreciendo una final que convenía a muchos.
Ante estos hechos, para algunos cronistas, todo apunta a que Alemania e Inglaterra se midan en la final, una bochornosa final en el mismo Wembley. En el camino, y con el solo objeto de cuidar las formas, quedarán eliminados "en la cancha" los argentinos y uruguayos, que a fin de cuentas son igualmente despreciables, solo que viven uno de cada lado del Río de la Plata.
Minuto 36 del primer tiempo. Inglaterra está jugando bien, quiere liquidar cuanto antes el pleito con Argentina y obtener el pase a la semifinal de una vez por todas. Los dirigidos del Toto aplican las tácticas del inefable DT argentino: aguantan los embates del rival y juegan al offside planificado (jugar al "achique") para dejar "pagando" a los delanteros y hasta se animan a probar al mítico Gordon Banks, el arquero inglés. En ese minuto, un hombre delgado, con una notable prominencia nasal, que ostenta un metro 90 de estatura y tiene en su brazo izquierdo la cinta de capitán del equipo argentino, se acerca al árbitro alemán Rudolf Kreitlin. Es Antonio Ubaldo Rattin, el legendario "Rata", el caudillo de Boca Jrs. devenido en capitán de la Selección argentina.
Según declaró después, se acercó al árbitro para solicitar un traductor y pedirle que fuera más ecuánime en las sanciones que estaba cobrando, la mayoría a favor de los locales, los que, por serlo, parece que los eximía de ser amonestados cuando cometían faltas.
Rattin no hablaba una papa de inglés, mucho menos de alemán y el árbitro no entendía nada de castellano, perfecta ecuación para que todo se malinterpretara, para que sucediera lo que sucedió.
Están frente a frente los dos hombres. Kreitlin no duda. El capitán argentino lo "mira de manera amenazante", por lo que "sin duda lo está insultando", aunque no entiende nada de lo que habla Rattin.
El sastrecito alemán entonces le muestra a Rattin el camino de los vestuarios con el índice derecho y el ceño fruncido. Lo expulsa sin más. En julio de 1966 todavía no se habían inventado las tarjetas amarillas y rojas, eso ocurrirá a partir de México '70, como directa consecuencia de estos sucesos.
Rattín no se quiere ir hasta que no le traigan un traductor. El resto de los jugadores del seleccionado increpa al árbitro para continuar con esa esquizofrénica falta de comunicación. De pronto nadie habla inglés en todo Wembley.
Los jugadores se dirigen al DT para que éste ordene la retirada del campo de juego, como airada y extrema protesta por la parcialidad del arbitraje. Mientras tanto Rattín se sienta plácidamente sobre la alfombra roja de la Reina Isabel (que no está en el estadio), a esperar. La multitud ruge ahora: "animals, animals". Están enardecidos con la insolencia del sudaca y piden su cabeza. Le arrojan chocolate aireado (toda una novedad para el capitán), pero el "Rata" sigue allí, sentadito en la alfombra isabelina.
Finalmente, el técnico no consiente en el retiro del equipo, manda a sus jugadores a continuar el juego y a Rattín le pide que se retire, ya que la decisión del árbitro es irrevocable. Han transcurrido diez largos y eternos minutos desde que comenzó la batahola.
Es así que, acompañado por un miembro de la organización -que recién aparece- es "invitado" a retirarse de la cancha. Siguen los insultos, siguen los proyectiles, pero ahora el odio hacia Rattín llega a la exasperación: el capitán de la Selección Argentina, cuando pasa al lado del banderín del corner, que tiene la bandera británica, la toma con la mano derecha y la estruja a la vista de todos, en un gesto desafiante. Arrecian los proyectiles de todo tipo, a los que suman latas de cerveza. Wembley se une en un solo rugido: "ANIMAL!", y lo repite en una letanía incensada con odio. El insolente "animal" ahora es custodiado hasta los vestuarios por la policía. Se va de la cancha, pero no mira al piso, ha estado mirando fijamente, con desprecio y altanería, a la platea inglesa, devolviéndole los insultos con la voz y los gestos.
Acallado el despelote, el partido continúa y termina confirmando las peores sospechas de los argentinos: gol de Hurst en el segundo tiempo a los 78 minutos y Argentina eliminada. El DT inglés, Alf Ramsey, declara públicamente que los jugadores argentinos son efectivamente una manada de "animals" y ordena a sus jugadores no intercambiar camisetas con esos seres despreciables y rudimentarios. Ha nacido una rivalidad especialmente feroz entre ambos y se profundizará inevitablemente.
Sin embargo, la Selección regresa envuelta en una capa de heroísmo griego. La prensa y buena parte de la opinión pública la recibieron como a un grupo de "hidalgos campeones morales", víctimas de arbitrajes cuestionados y de un torneo que muchos consideraban favorable a los anfitriones. Eran tiempos institucionales borrascosos. A la selección nacional la despidió al partir el Dr. Arturo Illia, presidente constitucional; la recibió en triunfo el Gral. Onganía, el mentor de la "Revolución Argentina", presidente de facto y nuevo dictador. Porque de pronto el fútbol deja de ser solamente fútbol y pasa a dialogar con la historia argentina.
Que veinte años no es nada...
Esta vez no es Wembley, es el estadio Azteca de México, país anfitrión y organizador, por segunda vez, del Mundial de fútbol. También en cuartos de final, otra vez el choque entre Argentina e Inglaterra. El silbatazo que da por iniciado el partido se produce a las 15, hora argentina, del domingo 22 de junio de 1986.
Argentina recuerda 1966, Inglaterra también y hay un plus nefasto, pues en medio de esos veinte años, hubo también una guerra entre ambos países. Una vez más el fútbol deja de serlo exclusivamente para dar paso a la historia y a la sensibilidad a flor de piel.
El capitán argentino ahora es el Diego. Diego Armando Maradona. Será SU mundial, su consagración y lo demostrará cabalmente ese domingo inolvidable.
Dos capitanes, dos manos
En las manos de aquellos dos míticos capitanes de la Selección argentina de fútbol, se depositó para siempre el odio y el desprecio de la parcialidad inglesa: uno manoseando un banderín de córner con su mano derecha, el otro pegándole con un puño, lleno de picardía, a una pelota sobre la salida del arquero Shilton, enviándola a la red y clavando el parcial 1-0 sobre los rivales.
"La Mano de Dios" comenzó el barrido de los ingleses. A los 55 minutos, el genio de Villa Fiorito frotó la lámpara y legó a la posteridad una de las más bellas exhibiciones de habilidad, talento y arte del fútbol mundial: "El Gol del siglo".
La historia de este enconadísimo duelo nació con un hombre obligado a bajarse del mundo en el templo de Wembley. La moneda cambió de cara a ceca dos décadas después, con otro hombre tocando el cielo con las manos en el altar del Azteca. Entre la alfombra real que Rattín pisó con rebeldía en 1966 y el Diego en andas en el pináculo de su gloria, en 1986, Argentina e Inglaterra transformaron la pelota en un campo de batalla geopolítico. Un drama perfecto que empezó en el barro del despojo y terminó flotando en los hombros de la eternidad.