Ni el Covid pudo matar la historia de Kiss y la porrista en el pueblo Cadillac

Una foto hizo eterno un momento de plena felicidad en un poblado estadounidense. Un episodio humano proyectado en el tiempo de dos personas unidas en un instante mágico de rock y un cierre pandémico sin un acorde.

Por: Alejandro Cruz
Historiador

 En la foto, los dos sacan la lengua. Él es Gene Simmons, bajista de KISS, maquillado como el Demonio, uno de los personajes más reconocibles de la historia del rock. Ella tiene 16 años, es porrista de Cadillac High School y se ha pintado el rostro con el mismo diseño kabuki de su ídolo. Se llama Milissa Jo Codden. Durante años, muchas publicaciones la nombraron como Melissa, pero su nombre correcto era Milissa. Milissa Jo Codden, más tarde Milissa Jo Codden-Holmes.

La imagen fue tomada el jueves 9 de octubre de 1975, en el gimnasio de una escuela secundaria de Cadillac, Michigan. Podría ser solo eso: una fotografía fechada, ubicada, clasificada. Una rareza simpática en el archivo interminable de KISS. Una estrella de rock junto a una fan adolescente. Dos rostros pintados. Dos lenguas afuera. Una foto nada más.

Pero algunas fotografías se resisten a quedarse quietas, nos llaman, nos piden ir más allá del instante capturado por la insistencia del fotógrafo, que gatilló una y otra vez para lograr la imagen que estaba buscando o, quizá también, la imagen que se dejó encontrar.

Uno puede mirarlas apenas unos segundos, pasar de largo y conformarse con el dato. Quiénes aparecen, dónde fue, cuándo ocurrió. Sin embargo, si se insiste un poco, si se raspa la superficie, si alguien tiene la paciencia de buscar el nombre de la persona que quedó al costado de la celebridad, la imagen empieza a devolver algo más: una vida, una época, una comunidad, una forma de alegría, una muerte, una memoria.

La historia de esa foto empieza como empiezan las mejores historias improbables: con una situación que parece inventada, de "biógrafo" como gustaba decir mi Tía Victoria.

En octubre de 1975, KISS viajó a Cadillac, una pequeña localidad de Michigan, para participar del "homecoming" de Cadillac High School. Cuatro músicos neoyorquinos, maquillados, ruidosos, teatrales, vestidos como criaturas salidas de una historieta nocturna, llegaron a una comunidad escolar conservadora, ordenada, orgullosa de sus rituales. A simple vista, nada parecía más lejano que esos dos mundos: Nueva York y Cadillac; el rock de maquillaje y fuego contra el gimnasio de una secundaria; la lengua kilométrica de Gene Simmons frente a porristas, profesores, padres, vecinos y autoridades locales.

Y, sin embargo, como si de una producción de Disney se tratara, durante dos días, esos mundos se encontraron, pues KISS no solo fue a tocar. Participó de una celebración comunitaria. Hubo recibimientos, actos escolares, entusiasmo adolescente, presencia de autoridades, un concierto en el gimnasio y una despedida tan desmesurada como perfecta: la banda partiendo en helicóptero desde el campo de juego. Cadillac High School dejó de ser, por un rato, una secundaria de pueblo y se convirtió en el centro de una pequeña mitología norteamericana.

Para los estudiantes, aquello debió sentirse como una licencia poética de la realidad. La banda favorita no llegaba a una ciudad cercana, no aparecía en una pantalla, no quedaba lejos detrás de una valla. KISS estaba allí, en el cole, en el mismo gimnasio donde transcurría la vida diaria. El sueño adolescente había entrado por la puerta principal.

Head Cheerleader, esa figura luminosa que en el imaginario escolar norteamericano reúne simpatía, gracia y popularidad.

Milissa Jo Codden estaba en el lugar exacto, en la edad exacta, en el día exacto. No era solamente una porrista del colegio. Era fan de KISS y, especialmente, de Gene Simmons. Cuando supo que la banda tocaría allí, se pintó el rostro como él y formó parte del recibimiento. Después corrió a sacarse fotos con su ídolo. En una de esas imágenes quedó eternizada: ella y Simmons posando juntos, ambos maquillados, ambos sacando la lengua, ambos jugando por un segundo a pertenecer al mismo mundo.

Esa mañana luminosa del otoño boreal, mientras afuera las alfombras amarillas de hojas yertas cubrían los jardines del colegio, Milissa tocó el cielo con sus manos adolescentes.

La frase puede sonar exagerada, pero creo que es apropiada, modestamente. Hay momentos de la juventud que, vistos desde afuera, parecen pequeños; vistos desde adentro, son absolutos. A los 16 años, una foto con el ídolo no es una foto: es una consagración íntima. Es la prueba de que algo imposible ocurrió. Es el documento de una felicidad que tal vez no pueda repetirse nunca con la misma intensidad.

Años después, Milissa recordaría aquel encuentro con una naturalidad encantadora. Lo que más llama la atención no es solamente la foto, sino el modo en que ella hablaba de Gene Simmons. Decía que le había resultado interesante porque él parecía interesado en lo que ella tenía para decir. Y agregaba, con una claridad muy simple, que cuando una tiene 16 años no mucha gente se detiene a escucharla.

Y ese detalle no es menor, porque la historia podría quedar reducida a la mirada exterior: el rockero famoso, la chica fanática, la lengua, el maquillaje, la extravagancia. Pero en el recuerdo de Milissa había algo más personal. No hablaba solamente de haber conocido a una estrella. Hablaba de haberse sentido escuchada. En medio del ruido, del maquillaje y del espectáculo, ella conservó la memoria de una conversación.

También conservó, con humor, una de las anécdotas más repetidas de aquella visita. Según el relato que luego se volvió parte del folklore de Cadillac, cuando KISS estaba por retirarse en helicóptero, Gene Simmons se acercó a Milissa. Ella pensó que iba a darle un abrazo de despedida. En cambio, él la levantó y bromeó -o quizá no del todo- con llevársela con la banda. La escena, vista desde hoy, puede admitir lecturas incómodas: Simmons era un adulto famoso; Milissa, una estudiante de 16 años. Pero en la memoria local sobrevivió de otro modo. Sobrevivió como comedia, como disparate, como remate perfecto de una jornada imposible.

Y hay un dato decisivo: quien contaba esa historia una y otra vez era la propia Milissa. Cada vez que Cadillac recordaba la visita de KISS, ella volvía sobre aquella escena con naturalidad y buen humor. Gene levantándola en brazos. El helicóptero esperando. Y su padre, policía, apareciendo para poner fin inmediato a cualquier fantasía neoyorquina. El padre de Milissa no necesitó grandes discursos. Le bastó intervenir como solo puede hacerlo un padre con uniforme y autoridad suficiente para devolver a su hija al suelo.

La escena es casi cinematográfica. Y quizá por eso permaneció.

Milissa no fue solamente la chica fotografiada junto a Gene Simmons. También fue, durante décadas, una de las narradoras de aquel día. No quedó atrapada pasivamente en la foto: administró el recuerdo, lo contó, lo compartió, lo convirtió en anécdota comunitaria. Esa diferencia es importante. La imagen la hizo visible; su propia voz la mantuvo viva.

Después, vino la vida

Gene Simmons siguió siendo Gene Simmons: el Demonio, la lengua, el bajo, el maquillaje, el personaje, el empresario, el sobreviviente de todas las etapas de KISS, incluso de los años menos luminosos de la banda. Milissa, en cambio, regresó a la escala cotidiana. Se graduó en 1977, se casó, formó una familia, tuvo dos hijos varones, trabajó, habitó una comunidad. Su vida no quedó iluminada por reflectores, sino por una luz más doméstica y, tal vez por eso mismo, más verdadera.

Durante mucho tiempo, para muchos, fue apenas "la chica de la foto con Gene Simmons". Pero los obituarios, esos documentos humildes y tremendos, permiten ver otra cosa. Allí donde familiares, amigos y conocidos dejan mensajes de despedida, Milissa aparece no como una curiosidad rockera, sino como una mujer concreta. Alguien querida, recordada por su carácter, por su alegría, por su forma de estar cerca de los demás. Una presencia real en la vida de otros.

Los obituarios no tienen el brillo de una fotografía famosa ni la espectacularidad de un documental. Pero suelen decir más. En los pésames aparece la comunidad hablando de una de las suyas. Allí Milissa ya no es una adolescente congelada en 1975, sino una mujer atravesada por el tiempo, por los vínculos, por el trabajo, por la familia, por las pequeñas lealtades que forman una existencia.

Ni el Covid pudo matar la historia de Kiss y la porrista en el pueblo Cadillac

 Milissa Jo Codden, fan de Kiss, murió en 2021.

Hay, incluso, algo involuntariamente conmovedor en los rastros digitales que quedan después de una muerte. Alguna página profesional todavía la cuenta como si estuviera viva. Le atribuye 67 años en 2026. La web, tan veloz para olvidar, a veces tarda en aceptar que alguien ya no está. Ese error, frío y automático, produce una extraña ternura: como si en algún rincón desactualizado de internet Milissa siguiera cumpliendo años.

Milissa Jo Codden-Holmes murió el 17 de febrero de 2021. Tenía 61 años. La pandemia volvió a cruzar su nombre con el de Gene Simmons de una manera impensada. Simmons contrajo covid en 2021, a los 72 años, y logró recuperarse. Milissa también enfermó. Ella no pudo vencerlo. Hay allí una ironía dolorosa: Milissa había trabajado durante años en espacios ligados al cuidado y la atención de la salud -Cadillac Family Pharmacy y Munson Healthcare- y terminó perdiendo la vida durante la crisis sanitaria global que puso a esos trabajadores en la desprotección.

La vida es cruda y sus finales son arbitrarios; no hace falta buscarle explicaciones poéticas. Pero cuesta no volver a aquella foto de 1975 y mirar a la adolescente que saca la lengua junto a su ídolo sabiendo lo que ella todavía no sabe. Cuesta no pensar en esa distancia entre el instante luminoso y el final oscuro. Entre el gimnasio de Cadillac y una pandemia mundial. Entre la chica que tocó el cielo con sus manos de 16 años y la mujer despedida por quienes la amaban en 2021.

La primera vez que escribí sobre esta historia fue durante la pandemia, cuando el covid todavía no era recuerdo sino amenaza diaria. Tal vez por eso la foto me impresionó tanto. No hablaba solamente de KISS, ni de Gene Simmons, ni de una rareza escolar ocurrida en Michigan. Hablaba de algo más frágil: de la manera en que una vida puede quedar detenida para siempre en una imagen feliz, mientras el tiempo sigue haciendo su trabajo en silencio.

Ahora vuelvo a esa foto y veo más que antes. Veo a Gene Simmons, sí. Veo el maquillaje, la lengua, el personaje. Veo también a KISS entrando en una secundaria de pueblo como si la realidad hubiera decidido volverse absurda por dos días. Pero sobre todo veo a Milissa Jo Codden. Veo a una chica de 16 años que se pintó como su ídolo, que se sintió escuchada, que contó durante décadas una anécdota disparatada con humor, que creció, trabajó, amó, fue madre, fue vecina, fue parte de una comunidad, fue llorada (incluso por Paul Stanley y Gene Simmons).

Vuelvo entonces al principio. Dos lenguas afuera. Dos rostros pintados. Una adolescente feliz y un músico camino a la leyenda. No hay tragedia en esa imagen. No hay pandemia. No hay despedida. Solo un instante perfecto en el gimnasio de una escuela secundaria de Michigan.

Una foto con fecha, lugar y nombres, una foto nada más y, sin embargo, una vida entera mirando desde allí.

Fuentes documentales y digitales:

 Obituario de Milissa Jo Codden-HolmesDocumental sobre la visita de KISS a Cadillac, Michigan el 9 y 10 de octubre de 1975Nota de pésame de Paul Stanley y Gene SimmonsRecordatorio de sus vecinos y compañeros de colegio

Historiador y actor mendocino