Mendoza Mineral, Ceniza y Plata: Cuando el deseo también espía

La traición no consigue apagar el deseo entre Ceniza y Santiago, pero una fotografía tomada en Palmira cambia las reglas del juego. Detrás de la trama minera aparece una red de intereses mucho más poderosa y un misterioso observador que llevaba tiempo siguiendo los movimientos de Santiago.

¿Traición mata deseo?, a veces aviva el fuego de las pasiones. Ceniza podía desconfiar de Santiago, podía odiar sus silencios, reconstruir una a una sus mentiras y preguntarse cuánto de aquel hombre había sido verdadero, pero había algo contra lo que todavía no encontraba defensa: lo seguía deseando. Y eso era lo que más le dolía. Porque el cuerpo no entiende de pruebas, ni de estrategias, ni de espionaje. El cuerpo recuerda la piel, una mirada, una voz pronunciando su nombre, la cercanía de alguien que ahora debería convertirse en enemigo. Quizás por eso la traición era tan peligrosa: porque no siempre consigue apagar el fuego; a veces le quita la inocencia y lo vuelve más profundo, más oscuro, más inevitable. Intensamente insoportable.

Ceniza podía reconstruir cada mentira de Santiago, podía mirar hacia atrás y descubrir señales que antes no había querido ver, pero no podía borrar lo que había sentido. Y quizás esa era la verdadera herida: saber que el hombre que había logrado despertar algo tan profundo en ella también podía haber estado representando un papel. El deseo no sabe de papeles.

Ceniza había logrado olvidarse de Santiago durante unas horas, mientras intentaba volver a ordenar sus pensamientos, Santiago ya estaba lejos. No había hecho una escena, no había buscado una explicación ni había dejado detrás de sí ninguna de esas despedidas que necesitan de demasiadas palabras para justificar lo que ya está roto. Había tomado un avión desde Santiago de Chile después de cruzar la cordillera y llevaba consigo un bolso pequeño, una computadora y un teléfono que parecía común, pero que había sido comprado para otra identidad. El hombre que caminaba por el aeropuerto no se parecía demasiado al Santiago que Ceniza había conocido. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque había vuelto a ponerse encima una versión de sí mismo que utilizaba antes de llegar a Mendoza. Durante meses había conseguido vivir entre dos hombres: el que tenía una misión y el que se había enamorado. Ahora uno de ellos comenzaba a incomodar al otro.

En el avión no durmió. Miró por la ventanilla durante buena parte del viaje, aunque debajo de las nubes ya no podía distinguirse la cordillera. Pensó en Mendoza, en Uspallata, en Palmira, en aquella vieja estación que parecía haber quedado detenida en un tiempo que nadie se había ocupado de cerrar.

Pensó también en Ceniza y en algo que le resultaba mucho más peligroso que haber sido descubierto: la posibilidad de que ella hubiera visto en él algo que él mismo había intentado no mirar. Durante años había aprendido a desconfiar de las personas que hacían demasiadas preguntas, pero Ceniza no había sido así.

Ella no preguntaba para descubrir secretos; preguntaba porque necesitaba comprender. Y quizás por eso había conseguido llegar más lejos que cualquier interrogatorio.

Cuando aterrizó, encendió el teléfono solamente unos segundos. Tenía un mensaje. No llevaba nombre, solamente una hora y una dirección. Santiago lo leyó y volvió a apagarlo. No necesitaba preguntar quién lo esperaba. En ese mundo los nombres eran innecesarios. Bastaban las instrucciones. Había aprendido hacía mucho tiempo que el verdadero poder no necesita presentarse; alcanza con que alguien conozca el lugar al que debe ir y la hora en que debe llegar.

La reunión fue en una habitación pequeña de un hotel donde nadie habría imaginado que podía discutirse el futuro de una parte de Sudamérica. No había hombres con trajes negros ni valijas abiertas sobre la mesa. Había café, una computadora, dos mapas y una mujer que Santiago había visto solamente tres veces en su vida. Ella no le preguntó por Ceniza. Tampoco por Mendoza. Fue directamente al asunto. Sobre la mesa extendió un mapa de la cordillera y señaló con el dedo varios puntos que parecían no tener relación entre sí: Uspallata, Palmira, algunos pasos cordilleranos, puertos del Pacífico, líneas ferroviarias que ya no funcionaban y otras que todavía eran solamente proyectos. Santiago permaneció en silencio. La mujer le dijo que durante años todos habían estado mirando las minas, cuando lo verdaderamente importante no estaba debajo de la montaña sino alrededor de ella. Los minerales eran solamente una parte de la historia. El verdadero negocio estaba en decidir por dónde iban a salir, quién iba a transportarlos, quién financiaría las rutas, quién controlaría los puertos y, sobre todo, quién tendría la capacidad de anticiparse a los demás.

Santiago se acercó al mapa. Reconoció algunos lugares inmediatamente. Otros estaban marcados con pequeñas cruces rojas que no comprendía. La mujer le explicó que GreenOre no era el origen de la operación, sino una pieza. Una pieza importante, pero una pieza al fin. Había fondos de inversión detrás de empresas que parecían competir entre sí y había empresas que, en realidad, compartían los mismos intereses, aunque sus nombres nunca aparecieran juntos. La operación llevaba más tiempo del que ellos habían imaginado y alguien había estado siguiendo las investigaciones de Argentina D'Oro mucho antes de que Ceniza supiera siquiera que existían. Entonces Santiago entendió algo que lo dejó inmóvil: no había llegado a Mendoza para descubrir el secreto de Argentina D'Oro, había llegado porque alguien temía que ese secreto pudiera ser descubierto por otros.

La mujer sacó entonces una fotografía y la dejó sobre la mesa. Era una imagen tomada en Palmira. Santiago la reconoció inmediatamente. Ceniza aparecía de espaldas y él estaba unos metros más adelante. Al fondo, casi perdido entre los rieles, aparecía un hombre que ninguno de los dos había advertido en ese momento. Santiago tomó la fotografía y la observó durante varios segundos. La mujer le dijo que no sabían quién era, pero sí sabían que había aparecido en otras imágenes. En Uspallata. En Malargüe. Incluso en una de las actividades donde Plata había hablado de arte y minería. Santiago sintió entonces algo que no había sentido durante mucho tiempo: miedo, no por él, por Ceniza.

Porque si alguien más estaba observándolos, la historia dejaba de ser una cuestión de espionaje empresarial y se convertía en algo mucho más peligroso.

La mujer le pidió que regresara a Mendoza. Santiago negó con la cabeza.

-No puedo.

- ¿Por qué?

Él volvió a mirar la fotografía.

Porque por primera vez la respuesta no tenía nada que ver con la misión.

-Porque ahora ella sabe demasiado.

La mujer lo observó durante unos segundos. Después guardó lentamente la fotografía.

-No, Santiago. Ella todavía no sabe nada. El problema es que vos empezaste a saber demasiado.

Afuera comenzaba a amanecer. Santiago se acercó a la ventana y miró cómo la ciudad despertaba detrás de los edificios en Santiago de Chile. Por un instante pensó en Ceniza, en sus ojos, en aquella manera que tenía de quedarse en silencio cuando algo realmente le importaba. Pensó en lo fácil que había sido entrar en su vida y en lo difícil que sería salir de ella sin dejar una marca. Después volvió a mirar el mapa. Las líneas parecían converger todas en el mismo lugar.

Mendoza, la cordillera, el antiguo ferrocarril, el corredor hacia el Pacífico. Y entonces comprendió que quizás Argentina D'Oro nunca había estado buscando solamente un mineral. Quizás había descubierto algo mucho más incómodo: que debajo de una montaña puede esconderse una riqueza, pero alrededor de ella siempre aparece alguien dispuesto a decidir quién tendrá derecho a explotarla.

Santiago salió del hotel cuando ya había amanecido. Caminó varias cuadras sin saber exactamente hacia dónde iba. Por primera vez en muchos años no tenía una instrucción que obedecer. Tenía solamente una certeza: debía volver a Mendoza, aunque ya no sabía de qué lado de la historia estaba.

Y mientras él cruzaba nuevamente la cordillera, Ceniza, en algún lugar del otro lado, todavía miraba aquella fotografía de Palmira sin comprender por qué la presencia de un desconocido al fondo de la imagen le producía una sensación tan extraña. Había pasado demasiado tiempo buscando las señales de Santiago que quizás había dejado de mirar las otras. Amplió la fotografía una vez más. El hombre seguía allí, casi escondido entre los rieles oxidados. No miraba a Ceniza. No miraba a Mica, no miraba a Plata, miraba a Santiago, eso lo cambiaba todo.

Mendoza Mineral, Ceniza y Plata: Cuando el deseo también espía
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