El sonido de la bicicleta de Javier
La novela vínica Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los pueden encontrar en Memo y Mendoza Post.
Alicia cuando volvió de la ex estación de Palmira no vino íntegra. Llegó partida en mil pedazos, en miles de rostros que ya no están y con una orfandad que empezaba a mendigar, aunque sea, unas lavandas. Al dirigirse a la casa de su madre Bonarda, con su propio ritmo tomó fuerzas para ver qué hacía con la ropa, las cartas de los inmigrantes y toda la nostalgia que ya le producía el futuro. Lo que era innegable es que Alicia, su hijo, sus sobrinas las trillizas y sus respectivas familiar iban a continuar con el linaje de tantas coplas siesteras, de tantas anécdotas de aire y noche, de la vida retórica de su madre. Reconstruir un pasado celular, histórico, cultural.
Cuando llegó al cuarto de su madre, abrió primero uno de los cajones de su mesa de luz y encontró a simple vista un cassette, lo que le produjo mucha curiosidad porque puso en duda si su madre usaría una videograbadora. Fue en busca de su walkman y se acostó sobre la cama, desde donde se veían las montañas y las viñas heladas, como ella. Puso el cassette y la voz de su madre, inconfundible, empezaba diciendo que su nieto Beltrán y su nieta Valentina le habían ayudado a grabar ese cassette.
Muy sorprendida Alicia, lo primero que escucho: Familia querida los amo y esté donde esté siempre los amaré, dichosos los ojos que los verán envejecer para entender el disfrute del pan casero en el desayuno, los actos supremos. Por lo tanto, quiero que no se olviden de nuestro vecino de la calle Las Heras en San Martín, el joven Javier Rubio, el nieto de mi amiga Aurora.
Alicia se incorporó lentamente. Javier Rubio. El nombre le resultaba familiar. Claro que lo había escuchado alguna vez en las conversaciones de su madre, como tantos nombres que aparecían en la mesa familiar, en los almuerzos largos, en las tardes de invierno, cuando Bonarda comenzaba a recordar personas como quien abre cajones invisibles. La cinta siguió girando.
-Javier era joven cuando empezó. Y cuando digo joven quiero decir verdaderamente joven. De esos jóvenes que no tienen más que sus manos, una bicicleta y una voluntad que parece no saber de cansancio. Alicia sonrió, ya conocía ese tono, era el tono de Bonarda cuando alguien la conmovía.
-Yo lo veía pasar por la calle con su bicicleta. Vendía bolsas de plástico. Las cortaba él mismo, una por una. No tenía grandes máquinas, ni grandes galpones, ni grandes capitales. Tenía una bicicleta y un empuje de emprendedor inigualable. Y a veces, familia querida, una necesidad bien llevada se transforma en una empresa.
Alicia detuvo el cassette, retrocedió unos segundos, volvió a escuchar. "Una necesidad bien llevada se transforma en una empresa". Le pareció una frase demasiado bonita para dejarla perder. Sacó un cuaderno de la mesa de luz y la anotó. Después volvió a poner play.
-Javier no tenía vergüenza de empezar de joven. Eso es algo que siempre admiré. Hay personas que quieren comenzar por arriba y se olvidan de mirar dónde están paradas. Él comenzó desde abajo. Pedaleaba, ofrecía sus bolsas, volvía a su casa, las cortaba, las preparaba y al día siguiente otra vez a la calle.
La voz hizo una pausa, se escuchó el ruido de una silla. Probablemente Beltrán o Valentina, los nietos que la habían ayudado con la grabación, se habían movido cerca de ella.
Bonarda continuó:
-Después empezaron a pasar cosas. Una persona le compraba, después otra. Alguien lo recomendaba. Un almacén, un comercio, otro comercio. Y Javier, que ya había aprendido que el trabajo no siempre hace ruido, siguió trabajando.
-Y un día, sin darse cuenta, aquel muchacho que pedaleaba con bolsas cortadas a mano había construido algo mucho más grande que aquello con lo que había empezado. Construyó un imperio. Pero yo nunca le dije imperio por el dinero. Se lo decía por otra cosa. Porque para mí un imperio verdadero es poder mirar hacia atrás y reconocer al muchacho que fuiste.
Afuera, el frío había cubierto de blanco las viñas. Pensó entonces que quizás eso era lo que su madre había querido dejarles: no una lista de nombres, sino una manera de mirar. Recordar a quienes trabajaron, a quienes llegaron con una valija, a quienes plantaron una vid, levantaron una industria, abrieron un comercio o simplemente salieron cada mañana a buscarse la vida. La historia de la Zona Este también estaba hecha de ellos.
Alicia sintió que algo se le cerraba en la garganta, apagó el walkman, guardó el cassette en el cajón. No sabía todavía qué haría con todas aquellas grabaciones, cartas y fotografías. Pero sí sabía algo: no permitiría que los nombres desaparecieran. Porque Bonarda había muerto, pero su voz todavía estaba allí. Y mientras hubiera alguien dispuesto a escucharla, aquella historia no terminaría.
Quizás por eso Alicia volvía una y otra vez a pasar por el corazón (recordar)
Las viñas seguían heladas, pero debajo de la tierra las raíces continuaban trabajando en silencio, como había trabajado Bonarda, Javier. Como habían trabajado todos aquellos que alguna vez entendieron que construir futuro también era una forma de dejar memoria. Alicia sonrió.
Afuera comenzaba a caer la tarde sobre San Martín.
Y por un instante creyó escuchar, muy lejos, el sonido de una bicicleta.