Una de romanos: la huelga de las entrañas o la venganza de la emperatriz
La historia que la augusta Vibia Sabina y el sabotaje dinástico a Adriano. Una tragedia que el autor resume como "la tramoya del poder antonino".
En la cúspide del Imperio romano, donde las alianzas podían sellarse en el matrimonio y legitimarse en el Senado, pocas uniones resultaron tan frías, calculadas y políticamente tensas como la de Publio Elio Adriano y Vibia Sabina.
Se casaron alrededor del año 100. No fue, aparentemente, el fruto de una historia de amor, sino una alianza cuidadosamente conveniente para ambas familias. Sabina era hija de Matidia, sobrina de Trajano; Adriano, pariente y protegido del emperador. El matrimonio reforzaba las pretensiones del joven aristócrata a suceder a Trajano y vinculaba su futuro con la dinastía Ulpia.
Nada sabemos con certeza acerca de la intimidad de aquellos primeros años. Las fuentes son tardías y escasas, y la vida interior de Sabina permanece prácticamente en silencio. Pero la tradición antigua nos ha dejado una imagen de una relación difícil. La Historia Augusta cuenta que Adriano llegó a decir que, de haber sido un ciudadano particular, habría repudiado a su esposa por su carácter áspero y desagradable.
El emperador Adriano.
El emperador, sin embargo, no era un ciudadano particular y el matrimonio era también una pieza del poder. Y Sabina era mucho más que una esposa. Era una Augusta.
La emperatriz Vibia Sabiana.
Los años transcurrieron. Adriano recorrió las provincias del Imperio, fascinado por Grecia, por Egipto, por las ciudades y monumentos de un mundo que pretendía conocer hasta sus confines. Sabina lo acompañó en buena parte de sus viajes.
Pero hacia el final de la década de 120 apareció en la vida del emperador un joven bitinio llamado Antínoo. No se sabe exactamente cuándo comenzó la relación ni qué lugar ocupaba el muchacho en la vida cotidiana de Adriano. Sí es sabido que se convirtió en su favorito y que acompañó al emperador durante sus viajes.
El adolescente Antínoo.
También se conoce que, mientras Antínoo adquiría una presencia extraordinaria junto a Adriano, Sabina continuaba representando el papel institucional que Roma esperaba de una emperatriz: Augusta, esposa, matrona, madre que debía ser. Pero Sabina no tuvo hijos.
La tradición transmitida por la Historia Augusta afirma algo todavía más extraordinario: que habría procurado deliberadamente permanecer sin descendencia porque consideraba que un hijo de Adriano sería perjudicial para la humanidad.
Quizá nunca se conozca qué hubo detrás de aquella decisión, pero sí se puede imaginarlo.
Y es allí donde comienza esta historia.
Carta de Vibia Sabina a Julia Balbilla
Sabina Balbillae suae S. P. D.
(Si vales, bene est; ego valeo)
Te escribo estas líneas esperando verter en esta tinta oscura el tedio y la pesadumbre que dominan mi vida, cumpliendo mi papel en esta farsa matrimonial que me fue impuesta por mi familia y por Plotina.
Ya sabes que me casé con Adriano porque mi linaje le convenía a él, y porque para mi familia tampoco era poca cosa ser la esposa del hombre destinado a ocupar el lugar del Divino Trajano.
A mí, en realidad, me importa poco lo que este hombre haga en su lecho. Tampoco me mueve demasiado saber que está con ese muchacho. Lo que sí me importa es que me relegue, que mi dignidad de Augusta y mi antigua sangre aristocrática sean desplazadas por un joven cuya única ventaja, según parece, consiste en que para el emperador es bello y le gusta.
Podría decirte, Julia, que está enamorado.
Yo también soy bella, aunque suene pretencioso decirlo. Pero nosotros somos un matrimonio de conveniencia. Jamás me vio. Jamás me miró como mujer. ¿Entiendes?
Somos un matrimonio frío y, en ese sentido, continuaré rebelándome contra aquello que esperan de mí: que entregue hijos al emperador para asegurar su descendencia y demostrar que soy la matrona fértil que Roma necesita.
No lo lograrán conmigo.
Me prometieron a este hombre cuando todavía era una niña. Cuando finalmente celebramos nuestro matrimonio, debía compartir el lecho con él: un hombre que, según creen los mortales, irradia luz, inteligencia, erudición y templanza.
Sin embargo, yo lo conozco puertas adentro.
Y te aseguro que he maldecido a mi familia por haberme entregado a un hombre capaz de imponerse por la fuerza, especialmente conmigo, porque sabe que soy rebelde, independiente y altiva.
Nuestros encuentros en el lecho han tenido un solo propósito: darle a Roma un heredero.
Él deposita su simiente en mí creyendo que allí se encuentra la continuidad del Imperio. Pero ese acto que para Adriano parece casi una ceremonia sagrada se reduce, cuando desaparecen las vestiduras del emperador, a un ejercicio mecánico de poder.
Va por mal camino si cree que con eso puede proyectar su grandeza por los siglos de los siglos.
Cuando descubría que estaba embarazada, acudía inmediatamente a mi fiel Fausta. Ella conocía las recetas y las plantas capaces de interrumpir un embarazo.
Ya te he contado. Cada vez que ocurría, recurría a ella.
Esa fue mi huelga de mujer. Mi límite sangriento. Mi rebeldía.
Y también mi única manera de dominar sus ansias de tener un heredero.
No lo tendrá conmigo.
Ni tampoco con el muchacho, por supuesto. Morirá sin descendencia, eso puedo asegurártelo.
Y ese será mi triunfo: negarme a ser aquello que otros decidieron que debía ser.
Vale et me ama.
Respuesta de Julia Balbilla a la emperatriz Sabina
Balbilla Sabinae Augustae suae S. P. D.
Amiga:
Más allá del juicio moral con que la casta senatorial o la simple chusma de la Urbs quiera estigmatizarte ante los ciudadanos y ante la posteridad, entiendo tu decisión.
No sé si la llamaría una rebelión, yo la llamaría sabotaje.
En este universo de hombres poderosos que conquistan territorios con sus legiones y disponen de pueblos enteros mediante leyes, impuestos y decretos, nuestro cuerpo, el cuerpo femenino, especialmente el tuyo, tampoco te pertenece.
Eres un bien del Estado.
Seré cruda contigo, Augusta Sabina: para tu marido eres, antes que nada, la garantía de una sucesión. Tu maternidad no es una experiencia privada. Es una obligación política y religiosa.
Me cuentas de Fausta y de sus conocimientos sobre las plantas capaces de interrumpir tu embarazo. Pues bien: tu cuerpo se ha transformado en un campo de batalla.
Ríete de las legiones, de las águilas, de los votos de esos viejos del Senado. Ríete de las leyes y de los decretos.
Tu negativa a engendrar un heredero es el único territorio en el que tu autoridad permanece absoluta. Ésta es tu verdadera huelga de las entrañas.
Y tendrá consecuencias.
Porque si Adriano no tiene un hijo propio, deberá buscar otra salida para la sucesión. Tendrá que adoptar. Tendrá que elegir a otro hombre. Tendrá que construir jurídicamente aquello que no pudo obtener de tu cuerpo.
Déjalo.
Que trabaje.
Tú ya has ganado una batalla que nadie en Roma sabe que está librándose.
Vale et me ama, mea carissima Augusta.
Data Alexandriae.
El desenlace trágico y el vacío dinástico
El 24 de octubre del año 130, durante la visita de Adriano a Egipto, ocurrió el hecho que convertiría aquel extraño triángulo en una tragedia.
Antínoo cayó al Nilo. A ciencia cierta no se sabe cómo.
La versión oficial, recogida posteriormente por Casio Dion , fue que se trató de una caída accidental. Otra tradición sostuvo que el joven se sacrificó voluntariamente para salvar la vida del emperador.
Actualmente no puede discernirse cuál de las dos versiones es verdadera, sólo se sabe que el muchacho murió, y que, en ese instante, Adriano perdió algo más que a su favorito: perdió al hombre al que había convertido en la encarnación de su ideal de belleza.
El cuerpo de Antínoo fue recuperado de las aguas.
Adriano lloró, lo abrazó, intentó devolverle una vida que ya no estaba allí. Y a su lado estaba Sabina.
La emperatriz contempló la escena en silencio.
El emperador lloraba desconsoladamente sobre el cuerpo de su amante.
Ella permanecía inmóvil, como una esfinge. Quizá sintió desprecio, quizá dolor, quizá alivio.
Eso nadie podrá saberlo. En cambio sí hay conocimiento de lo que vino después.
Adriano convirtió el duelo en política, religión y memoria. Fundó Antinópolis en Egipto, levantó monumentos y multiplicó las imágenes del joven bitinio por todo el Imperio. Antínoo, muerto, adquirió una presencia que probablemente jamás había tenido en vida.
Mientras tanto, la sucesión continuaba siendo un problema. Sabina seguía sin darle un hijo.
Julia Balbilla había estado allí.
Había acompañado a la corte imperial en Egipto y dejó sus poemas grabados en los Colosos de Memnón, donde celebró también la figura de Sabina. La poetisa podía imaginar que aquella mujer silenciosa que había acompañado al emperador durante tantos años llevaba consigo un secreto.
Un secreto que quizá jamás se pueda demostrar, pero que la tradición antigua, siglos después, convirtió en sospecha.
¿Había Sabina odiado a Antínoo? ¿Había deseado su muerte? ¿Había participado de alguna manera en ella?
¿Había sido Adriano responsable de la muerte posterior de su esposa?
No hay certezas.
La historia antigua se alimentó de rumores y los siglos hicieron el resto.
Sabina murió hacia 136 o 137. Fue divinizada después de su muerte.
Adriano, mientras tanto, tuvo que resolver aquello que su matrimonio nunca había podido proporcionarle: un heredero.
Primero adoptó a Lucio Elio, que murió antes que él. Después eligió a Antonino Pío, quien, a su vez, adoptaría a Marco Aurelio y a Lucio Vero.
La sucesión imperial encontró finalmente un camino, pero no fue el camino que Adriano había querido al comienzo.
Quizá ése fue el verdadero triunfo de Sabina. No hay posibilidad de asegurar si alguna vez pronunció las palabras que hemos imaginado para ella, tampoco si vio a Antínoo con desprecio. Es de suponer que su potencial maternidad la transformó en un arma política.
Lo que sí es cierto es que fue una mujer situada en el centro de uno de los sistemas de poder más formidables de la Antigüedad, y que la tradición conservó de ella algo extraordinario: la idea de una mujer que se negó a cumplir aquello que el poder esperaba de su cuerpo.
En un mundo de emperadores, legiones, senadores y dioses, Vibia Sabina tuvo un arma que nadie podía arrebatarle.
Su propio cuerpo.