María de la O: la mujer que escondió su nombre y encontró a Mendoza

La historia de una vida soterrada por los mandatos ancestrales. Una escritora española con su existencia personal clausurada y recuperada para la literatura y la humanidad en Mendoza.

Por: Alejandro Cruz
Historiador

Hay vidas que parecen escritas por un novelista con la imaginación exacerbada. La de María de la O Lejárraga es una de ellas. Escritora, dramaturga, feminista, diputada, exiliada y, durante buena parte de su existencia, una autora sin nombre. O, mejor dicho, una autora que había consentido que su nombre desapareciera detrás del de un hombre.

Cuando llegó a Mendoza tenía 78 años (1). Había pasado por guerras, amores, desencuentros, exilios y una de las operaciones literarias más extrañas de la historia cultural española. Para entonces ya no era una mujer joven que buscaba su lugar en el mundo. Era una anciana que había perdido casi todo, pero que seguía escribiendo.

Y quizá por eso Mendoza pudo parecerle, durante unos meses, una especie de última oportunidad.

María había nacido en San Millán de la Cogolla, en La Rioja, España, en 1874. Estudió Magisterio, aprendió idiomas y comenzó a escribir en una España en la que para una mujer la literatura podía ser todavía un territorio lleno de puertas cerradas.

En 1900 se casó con Gregorio Martínez Sierra, escritor, editor y hombre de teatro (2). La sociedad literaria que construyeron fue, al principio, deliberada, y era un sistema simple: Ella escribía, él daba la cara. El nombre de Gregorio se convirtió en una marca. Bajo esa firma aparecieron obras teatrales, novelas, artículos y libretos que alcanzarían enorme popularidad. Entre ellos, Canción de cuna, una de las piezas más conocidas del teatro español de comienzos del siglo XX. También estuvo detrás de textos relacionados con Manuel de Falla, como El amor brujo y El sombrero de tres picos.

Pero mientras el nombre de Gregorio viajaba por los escenarios, el de María permanecía en la sombra. La paradoja es difícil de ignorar: aquella mujer que defendía la emancipación femenina había elegido que buena parte de su propia obra apareciera firmada por un hombre.

Revisando esta historia, no parece que todo haya sido un simple engaño. Hubo colaboración, complicidad, intereses comunes y una concepción de la creación literaria en la que María aceptó durante años que el nombre de ambos funcionara, en la práctica, como el de una sola empresa artística.

María de la O: la mujer que escondió su nombre y encontró a Mendoza

Todo marchaba sobre ruedas en ese universo tan particular del matrimonio, hasta que apareció Catalina Bárcena (3). La actriz, protagonista de la compañía teatral de los Martínez Sierra, se convirtió en amante de Gregorio. La relación terminó quebrando el matrimonio. Catalina tuvo una hija con él y María abandonó el domicilio conyugal.

Pero ni siquiera entonces terminó la historia literaria; por el contrario María siguió escribiendo y el infiel Gregorio siguió firmando.

Hay algo casi trágico en esa continuidad: el vínculo sentimental había terminado, pero el vínculo autoral persistía. Ella continuaba proporcionando palabras al marido cuyo nombre seguía apareciendo en las portadas.

En 1931, mientras España recibía alborozada la Segunda República, María ya era una activa militante feminista. Había participado en organizaciones internacionales, había defendido los derechos de las mujeres y fundaría la Asociación Femenina de Educación Cívica. En 1933 llegó a ser diputada socialista (PSOE) por Granada (4).

La mujer que no firmaba sus obras sí había decidido firmar públicamente sus ideas, pero la nefasta Guerra Civil terminó de romperlo todo y precipitó los acontecimientos. Luego de una activa militancia a favor de la República española y tras la victoria del bando sublevado de Francisco Franco, llegó el exilio. Su doloroso periplo comenzó en Francia, pasó por México y terminó en Argentina.

Mientras tanto, Gregorio permaneció en España. Cuando murió, en 1947, María quedó en una situación todavía más absurda: gran parte de la obra que había escrito o en cuya creación había participado seguía asociada legal y comercialmente al nombre de su marido.

Entonces comenzó a recuperar, poco a poco, el suyo. En 1953 publicó Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración. No era solamente una denuncia, también era el intento de explicar una vida compartida y una relación artística que había sido mucho más compleja que la historia elemental de una mujer a la que un hombre le había robado los libros.

Para cuando María de la O quiso recuperar su identidad literaria, ya frisaba los 78 años y estaba en Buenos Aires. Y si bien a esa edad una mujer como María que había conocido el éxito, la política, el teatro y el exilio estaría buscando simplemente descanso, ella continuaba creando y escribiendo.

En enero de 1953 tomó un tren y llegó a Mendoza después de unas dieciocho horas de viaje (5). Primero fue a Cacheuta. Necesitaba aliviar sus problemas reumáticos y se sometió a los baños termales. Pero mientras cuidaba su cuerpo, seguía trabajando. Hacía traducciones y escribía un libro para niños. Y en esa estadía estival, Mendoza empezó a gustarle, y no solo por las aguas termales. Le gustaban los árboles, el cielo, los jardines, el silencio. En Mendoza podía caminar, y además le gustaba, sobre todo, que la ciudad fuera más barata que Buenos Aires, dato más que favorable para su endeble situación económica.

Después se instaló en el Plaza Hotel, frente a la Plaza Independencia. Desde su habitación contemplaba los árboles y la terraza del hotel. En una carta llegó a describir aquel lugar como un palacio con su propio parque. La mujer que durante décadas había vivido detrás de un nombre ajeno ahora estaba sola en Mendoza, caminando por una ciudad que le resultaba amable, sin dejar de escribir.

Regresó a Buenos Aires en marzo, pero Mendoza había quedado dentro de ella. Al año siguiente volvió.

En su segunda visita ocurrió algo todavía más interesante. María no llegó solamente para descansar, también arribó a Mendoza buscando teatro. Entró en contacto con un músico que, por las descripciones que dejó en sus cartas, los investigadores han identificado como Julio Perceval, compositor y organista vinculado a la Universidad Nacional de Cuyo (6).

Le mostró sus obras e intentó convencerlo de poner música a Para casarse hay que ser viuda, también conocida como El amor vuela. Quería convertirla en una comedia lírica.

Perceval propuso trasladar la acción a comienzos del siglo XX. María se resistió. Cambiar la época, explicaba, significaba modificar también la psicología y el lenguaje de los personajes. Desechado ese proyecto, intentaron trabajar sobre Tragedia de la perra vida, que tampoco funcionó.

María de la O: la mujer que escondió su nombre y encontró a Mendoza

Sin embargo hay algo revelador en esos proyectos fallidos y es el hecho de que a los 79 años, una escritora exiliada que durante décadas había visto su nombre desplazado por el de su marido seguía intentando encontrar músicos, escenarios y lectores para sus palabras.

Mendoza no le devolvió el éxito pero sí algo parecido a una habitación propia. En abril de 1954 terminó aquí El fin del carnaval. No es una suposición, el manuscrito mecanografiado lleva una indicación precisa: "Mendoza, abril, 1954".

El texto sería publicado posteriormente en la revista Maribel. Durante años María había escrito para que otro nombre apareciera en las portadas. Ahora, en una habitación de hotel de Mendoza, una máquina de escribir dejaba constancia de que aquellas páginas habían sido hechas allí por ella.

También soñaba con otra novela. La imaginaba bajo el título de La bella y la fiera. Decía tenerla completamente pensada. Pero necesitaba trabajar para vivir y no encontraba el tiempo para escribirla. Quizá esa novela perdida sea una de las mejores metáforas de su existencia: una obra entera viviendo dentro de una mujer que ya no tenía tiempo suficiente para sacarla de allí.

Mientras tanto, Canción de cuna llegaba a los escenarios mendocinos. María supo que el Teatro Experimental de la UNCuyo representaba su obra (7) y dejó constancia de que le gustaba mucho más aquella versión que la que se hacía en Buenos Aires.

Teniendo en cuenta esas afirmaciones y experiencias, Mendoza, entonces, no era solamente paisaje, árboles y baños termales, Mendoza era teatro, música, escritura y gente querible.

María hizo amistades aquí. Entre ellas, una mujer austríaca que había perdido familiares durante el Holocausto y con quien mantuvo correspondencia después de abandonar la provincia. Años más tarde seguía recordando también a una familia mendocina, los Fernández Nespral, a cuyos padres agradecía "atenciones de todas clases".

Y entonces ocurrió una de esas casualidades que parecen inventadas.

En mayo de 1954 María decidió regresar a Buenos Aires. Podía haberlo hecho en avión, pero finalmente eligió el tren El Cóndor. Después supo que el avión que quizá habría tomado se había estrellado y que sus pasajeros habían muerto (8).

En una carta contó el episodio y escribió que Dios la había protegido. Y uno está tentado de convertir aquella coincidencia en una leyenda. Veamos: una mujer de 79 años que había sobrevivido a la guerra, al exilio, a la pérdida del amor, al olvido de su propio nombre y a décadas de anonimato, abandona Mendoza en tren mientras un avión cae en algún lugar del país. El azar, que tantas veces había decidido por ella, acababa de dejarla seguir viviendo.

La legendaria María de la O quiso volver a Mendoza, pero no lo hizo. Las comunicaciones ferroviarias, el cansancio del viaje y las dificultades de la distancia terminaron por disuadirla. Murió en Buenos Aires en 1974, a los 99 años.

La muerte la sorprendió apenas unos pocos meses antes de cumplir los 100 años. Casi un siglo de historia española.

Y una buena parte de ese siglo transcurrió con una paradoja a cuestas: una mujer que había luchado para que otras tuvieran voz, había permitido que la suya quedara escondida.

Pero quizá sea injusto terminar su historia hablando solamente del nombre que perdió. Porque María de la O Lejárraga recuperó su nombre, tarde, demasiado tarde quizá, pero lo recuperó, y antes de morir dejó detrás una obra inmensa, una autobiografía, cartas y manuscritos que permiten reconstruir aquello que durante años estuvo oculto.

Uno de esos papeles tiene una inscripción sencilla: "Mendoza, abril, 1954". En esa línea caben una escritora, un exilio, una ciudad, un hotel, una máquina de escribir y una mujer que, después de haber pasado media vida escribiendo para que otro llevara su nombre, volvió a dejar constancia de dónde estaba.

Estaba en Mendoza y estaba escribiendo.

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Fuentes: 

Citas 1, 5, 7 y 8: La visita a Mendoza: Lizarraga Vizcarra, I., & Aguilera Sastre, J. (2025). María de la O Lejárraga y su exilio argentino. Boletín de Literatura Comparada, 50(1), 86-110. doi.org.

Cita 6, Archivo Julio Perceval

Citas 2, 3 y 4: 150 Aniversario del nacimiento de María Lejárraga

Historiador y actor mendocino
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