Una foto, Erico y mi viejo
El fútbol enciende un sentimiento colectivo que se desgrana en la memoria de cada hincha. Esta es la historia de un fanático del rojo de Avellaneda. Una persona que por esa cosas de la vida fue el padre del autor.
Nobleza obliga: debo declarar que no soy hincha de Independiente de Avellaneda, del mítico Rojo. Sin embargo, es una institución a la que guardo respeto y hasta cierta simpatía. No solamente por el prestigio de muchos de sus jugadores, por su historia copera y por aquella fama de Rey de Copas que durante décadas acompañó al club, sino por una razón mucho más sencilla y mucho más poderosa: mi Viejo era hincha fanático de los Diablos Rojos.
Y cuando digo fanático, no exagero.
Mi viejo no solo era particularmente fanático de Independiente. Era fanático del fútbol en general. El fútbol era para él una especie de enfermedad, pero una enfermedad curiosa, porque en lugar de quitarle fuerzas se las devolvía. Le infundía vitalidad, lo sacaba de sus preocupaciones cotidianas, lo hacía discutir, indignarse, entusiasmarse y, sobre todo, recordar.
Se recuperaba de la vida diaria con el fútbol. Durante muchos años lo hizo desde la tribuna. Con el tiempo, también desde una privilegiada silla familiar frente al televisor. Allí volvía a ser muchacho. Se desgañitaba con los partidos, insultaba al árbitro, discutía las decisiones del técnico, celebraba los goles y, si la ocasión lo permitía, comenzaba a recordar.
Porque mi Viejo tenía una memoria futbolística prodigiosa, y yo, que no heredé su pasión con esa intensidad, heredé en cambio sus historias y su memoria.
Hace algunos años, navegando por las procelosas aguas de Internet -ese territorio donde uno entra buscando una cosa y termina encontrando cualquier otra- me topé nuevamente con una fotografía que había visto de chico en una revista que mi padre compraba religiosamente: El Gráfico.
La fotografía mostraba a Arsenio Erico.
La había visto cientos de veces sin saber todavía que algunas imágenes quedan alojadas en la memoria de una manera extraña. Uno cree haberlas olvidado y, de pronto, muchos años después, reaparecen completas, cargadas de una emoción que ya no pertenece solamente a la fotografía sino también a quien la contempló alguna vez junto a nosotros.
Esta vez la encontré digitalizada en el sitio de El Gráfico. La magia de la fotografía digital había rescatado aquella vieja imagen del papel y me la devolvía muchos años después.
Y entonces apareció mi Viejo, aunque no en la fotografía, naturalmente.
Pero estaba allí.
En la imagen, Arsenio Erico, el mítico delantero paraguayo que llegó a la Argentina en 1934, aparece elevándose sobre los defensores y el arquero del equipo contrario. La pelota parece esperarlo en el aire. El cuerpo del delantero se estira con una naturalidad casi imposible y durante una fracción de segundo queda suspendido sobre todos los demás.

Era el fútbol de otra época.
Una pelota de tiento, los pesados botines, las camisetas de aquellos años, los alambrados y las tribunas que todavía conservaban algo de potrero. Y en el centro de todo aquello, Erico.
Sus contemporáneos decían que era de goma, que tenía resortes escondidos entre las medias. Eduardo Galeano lo recordó también de esa manera. Sus saltos parecían desafiar las leyes de la gravedad.
Pero quizá lo más extraordinario de aquella fotografía no era el salto, sino lo que yo podía imaginar detrás de ella.
Porque mientras miraba a Erico elevándose para cabecear, imaginé a mi padre muchos años antes, cuando todavía era Carlitos, un pibe provinciano que había llegado a Buenos Aires para estudiar y que, probablemente, miraba aquel fútbol con el asombro de quien descubre un mundo nuevo.
Mi Viejo había sido un alumno sobresaliente en la escuela primaria. En aquellos tiempos, cuando cursar estudios secundarios no era una posibilidad al alcance de todos, tuvo la oportunidad de continuar estudiando gracias a una beca que ganó a fuerza de excelentes notas.

La beca lo llevó al Colegio Carmen Arriola de Marín, un internado religioso de San Isidro.
Y ahí aparece otro aspecto de esta historia que con los años fui comprendiendo mejor. Porque para un adolescente acostumbrado a su familia, a sus pagos y a su mundo conocido, irse a un internado debió significar también una forma de extrañamiento. La distancia familiar tuvo que pesar. Pero había una compensación: el fútbol.
El único día libre era el domingo. Por la mañana recorría la ciudad y por la tarde iba a la cancha. Y así, entre paseos y partidos, aquel chico que había llegado desde la provincia fue convirtiéndose en testigo directo de una de las épocas que él mismo consideraría durante toda su vida como la edad de oro del fútbol argentino.
Nunca se cansó de decirlo. Y cuando discutía con alguien acerca de los grandes jugadores que había visto, tenía una frase que funcionaba como una suerte de certificado de autenticidad: "A ese yo lo vi jugar por puntos, en un campeonato oficial, no en amistosos".
Era su manera de cerrar cualquier discusión.
Porque él no hablaba de jugadores que había conocido por los relatos de otros. Él los había visto. Habían estado delante de sus ojos.
Y entre aquellos jugadores, tres nombres ocupaban un lugar especial en su memoria: Vicente de la Mata, Antonio Sastre y Arsenio Erico.
Para mi Viejo, aquel terceto había sido insuperable, incluso cuando las generaciones posteriores produjeron otras grandes figuras con la camiseta roja.
De la Mata, Sastre y Erico.
Tres nombres que yo aprendí primero de boca de mi padre y después fui encontrando en libros, fotografías, revistas y archivos. Pero ninguna de esas fuentes consiguió reemplazar su relato, porque mi padre no hablaba solamente de fútbol, hablaba de lo que había sentido viendo jugar a aquellos hombres.
De Erico, particularmente, aseguraba que era de otro planeta, aunque solo fuera de otro país.
Y entonces aparecían las imágenes que yo ya conocía por sus palabras: los saltos increíbles, las palomitas, las definiciones acrobáticas y esa jugada que él recordaba como la del escorpión, cuando el delantero se lanzaba de cabeza buscando el centro y conseguía golpear la pelota con los dos tacos juntos.
No eran inventos, no eran trucos fotográficos, mi Viejo los había visto. Y eso era suficiente.
Con el tiempo, el fútbol cambió. También cambió mi padre.
Y quizás cambiamos todos.
El fútbol que él había conocido de pibe pertenecía a un tiempo en el que los jugadores todavía podían parecer héroes cercanos, hombres capaces de construir una relación casi íntima con la camiseta y con el público. Después llegó otro fútbol, cada vez más profesionalizado, más veloz, más poderoso económicamente.
El juego se convirtió en negocio, el negocio, en industria, y ésta, muchas veces, terminó devorando aquello que mi Viejo había amado originalmente: el juego.
Por eso puedo comprender ahora sus broncas con el fútbol que vio después.
No era solamente nostalgia.
Era la comparación permanente entre aquello que había conocido siendo joven y aquello que contemplaba convertido ya en un hombre mayor.
Él había visto a Erico.
Había visto a Sastre.
Había visto a De la Mata.
Había estado en las tribunas cuando esos hombres eran todavía jugadores y no estampitas de la historia. Y después tuvo que acostumbrarse a un fútbol diferente, pero esa es otra historia.
Yo prefiero quedarme con la fotografía.
Con aquella imagen de Erico elevándose por encima de todos.
Porque ahora sé que en esa fotografía no está solamente el delantero paraguayo. También anda rondando el espíritu de mi Viejo.
Entonces, cuando miro la imagen, puedo imaginarlo adolescente, detrás del alambrado, boquiabierto, siguiendo con los ojos aquella pelota que se acerca y aquel hombre que parece despegarse del suelo.
Puedo imaginar el grito, la sorpresa. Puedo imaginarlo regresando después a aquel colegio de San Isidro, con las manos en los bolsillos, esperando el tranvía y tratando inútilmente de sacarse de la cabeza la imagen que acababa de ver.
Y quizá ahí esté la razón por la que aquella fotografía me conmueve tanto, porque una fotografía puede detener un instante, pero no puede detener la vida.
El muchacho que vio jugar a Erico siguió creciendo. Terminó sus estudios, formó una familia, trabajó, tuvo alegrías, preocupaciones, enfermedades, pérdidas. Dejó de ser joven, se convirtió en abuelo. Y durante todos esos años conservó intacta aquella imagen de los domingos, hasta el día en que se fue para siempre.
Yo, mientras tanto, crecí escuchando sus relatos, y un día, muchos años después, encontré en Internet aquella vieja fotografía de El Gráfico.
La miré y reconocí a Erico. Pero detrás de Erico reconocí a mi Viejo.
Quizás por eso ahora puedo entender algo que antes no entendía del todo: que algunas pasiones no se heredan como se hereda un apellido. Se heredan de otra manera.
A través de una historia, de una frase repetida, de una fotografía.
A través de la voz de un padre que alguna vez fue un pibe lleno de ilusiones y que, mientras nosotros crecíamos, siguió llevando dentro de sí a aquel chico boquiabierto frente a una cancha de fútbol.
Me quedo con esa imagen.
Erico elevándose hacia el cielo.
Mi Viejo gritando como loco el gol del Rojo.
Y después, satisfecho, alejándose de la cancha con las manos en los bolsillos, esperando el tranvía que lo llevaría de regreso al colegio.
Quizás todavía no lo sabía, pero acababa de guardar en la memoria una imagen que lo acompañaría durante toda la vida.
Y muchos años después, sin que él pudiera saberlo, esa misma imagen terminaría llegando hasta mí.
Eso es lo que encontré aquella noche en Internet, no solamente una vieja fotografía: encontré a mi Viejo.
Y por un instante, detrás de Erico, pude volver a verlo feliz.
Fuentes digitales:
Debut de Arsenio Erico- https://www.elgrafico.com.ar/articulo/las-cronicas-de-el-grafico/33020/1934-el-dia-que-debuto-erico
Colegio Carmen Arriola de Marin- https://www.marin.edu.ar/webcentenario/historia.html
Vicente de la Mata- https://www.afa.com.ar/es/posts/de-la-mat
De la Mata- Sastre- Erico- https://www.elgrafico.com.ar/articulo/%C2%A1habla-memoria%21/5761/de-la-mata-mil-gambetas-y-un-golazo