Verlaine, Rimbaud y el eco rebelde en el rock argentino

Una carta y un encuentro. El furor de dos varones seducidos mutuamente por la poesía que irradiaban en escritos ardientes y fugaces. Una tragedia los separó, pero la historia tormentosa de la pareja no pasó desapercibida e influyó en el movimiento del rock crecido en los barrios argentinos.

Alejandro Cruz
Historiador

Yo te he amado

como Rimbaud amó a Verlaine,

como un torbellino de histeria.

En el cielo a veces, tantas otras en infiernos,

en la piel nueva, en la carroña,

en el beso, en la pústula.

Te he amado con locura

y te fuiste sin dar batalla:

cobarde, fané, ceniza

en el hedor de la moralina,

pus de cosas normales.

Alejandro Cruz (2021)

Hay historias de amor que construyen y otras, más devastadoras, que devoran. La que unió a los poetas franceses Arthur Rimbaud (1854-1891) y Paul Verlaine (1844-1896) entre 1871 y 1873 pertenece, sin duda, a estas últimas. Fue un huracán de pasión, violencia, adicciones y genio desbordado que no solo hizo pedazos la frágil estabilidad de sus vidas cotidianas, sino que terminó por redefinir la forma en que el mundo entiende la belleza y el dolor. Detrás del mito romántico de los «poetas malditos» hay una crónica visceral de dos hombres profundamente desiguales que se buscaron, se destruyeron y, en ese mismo proceso, rozaron la inmortalidad.

Todo comenzó con una carta. En el septiembre parisino de 1871, Rimbaud -un adolescente de apenas diecisiete años, llegado del campo- le envió sus primeros manuscritos a Verlaine, un autor ya consagrado de veintisiete. Fascinado por una madurez expresiva sorprendente, Verlaine le respondió con una invitación que sellaría el destino de ambos: "Ven, querida gran alma, se te espera, se te llama".

La irrupción de Rimbaud en París fue una bomba de tiempo. El muchacho poseía el rostro de un ángel y el temperamento de un demonio: era arrogante, provocador y sentía un desprecio absoluto por las convenciones sociales. Verlaine, por su parte, llevaba una vida burguesa en apariencia apacible, recién casado y a la espera de un hijo, pero atormentado por sus propios vacíos y una incipiente dependencia del alcohol. La atracción fue inmediata, feroz y mutua.

  Arthur Rimbaud.  

  Arthur Rimbaud.  

Pronto lo abandonaron todo para huir juntos  a la vida en común en Inglaterra y posterior partida a Bruselas. En las buhardillas miserables de los barrios de Soho y Camden, transcurrieron una existencia muy poco idílica; por el contrario, se convirtió en un bucle de absenta, discusiones a los gritos en tabernas de mala muerte y una tóxica dinámica de dominación. Rimbaud ejercía un control psicológico brutal sobre su compañero; lo provocaba, se burlaba de sus dudas y no dudaba en llegar a las manos en medio de la embriaguez. Verlaine, atrapado entre la culpa y el deseo, pasaba del llanto a la devoción ciega, suplicando el perdón de su familia un día y jurándole amor eterno al joven enigmático al siguiente. En sus propios escritos, Rimbaud dejaría retratada esa disparidad llamando a Verlaine, con mezcla de piedad y desdén, la "virgen loca".

El desenlace sobrevino en julio de 1873, en un cuarto de hotel en Bruselas. Tras semanas de reproches, abandonos y amenazas de suicidio, Rimbaud le anunció secamente que se marchaba a París para siempre. Verlaine, enajenado por el alcohol y deshecho por el terror a la soledad, sacó un revólver y disparó a quemarropa. Una de las balas le atravesó la muñeca a Rimbaud. El ataque con revólver de Verlaine a Rimbaud no solo motivó la intervención policial para juzgar la agresión física, sino que derivó en la condena por la "conducta inmoral" de la pareja. Verlaine, luego de haber sido sometido a una humillante revisión médica forense (para ratificar que ambos eran homosexuales con roles indistintos), terminó cumpliendo dos años de prisión y el capítulo definitivo de su vida juntos quedó cerrado con sangre y tribunales.

Paul Verlaine.  

Paul Verlaine.  

Sin embargo, lo fascinante de esta tormenta es cómo dos temperamentos tan opuestos tradujeron su conflicto en formas de ver el mundo. Sus obras no eran más que el espejo transparente de sus almas en pugna. Rimbaud escribía como vivía: con furia, a contrarreloj y sin pedir permiso. Para él, el poeta debía ser un explorador dispuesto a experimentar el exceso, la locura y el sufrimiento para arrancarle algún secreto a la realidad. Su poesía es un fuego que quema, lleno de visiones explosivas y una rebeldía rabiosa que buscaba, lisa y llanamente, "cambiar la vida". Cumplido ese fuego sagrado antes de los veinte años, abandonó las letras para siempre y se marchó al norte de África a comerciar, sin volver a tocar un cuaderno.

Verlaine era la cara opuesta. Su sensibilidad era frágil, llena de dudas y brumas. Mientras Rimbaud miraba hacia el futuro con la violencia de un rayo, Verlaine miraba hacia adentro con la melancolía de quien contempla la lluvia tras el cristal. Su escritura es íntima, suave y profundamente musical; no pretendía sacudir al lector ni destruir el mundo, sino encontrar un consuelo humano ante la tristeza de estar vivo, capturando la fugacidad de un amor perdido o el remordimiento de la tarde.

La tragedia de Bruselas los transformó para siempre. Rimbaud, con diecinueve años, escribió Una temporada en el infierno, un ajuste de cuentas consigo mismo donde diagnosticó el fracaso de su aventura vital antes de sumirse en el silencio. Verlaine, por su parte, salió de la cárcel convertido en un hombre roto, pero dedicado febrilmente a rescatar los manuscritos que su joven amante había dejado tirados en cajones y olvidos. Si hoy el mundo conoce el genio desgarrador de Rimbaud, es precisamente gracias al empeño devoto del hombre que casi le quita la vida.

El eco en nuestra propia trinchera: Rimbaud y el rock argentino

Pero el mito no murió en las calles de Europa. Un siglo después, aquel fantasma adolescente cruzó el océano para convertirse en el patrono secreto de nuestra propia contracultura. Para los pioneros del rock nacional, la impronta de Arthur Rimbaud no era un clásico que vegetaba en bibliotecas o anaqueles, sino el primer punk o el primer rocker de la historia, un joven incorruptible que hizo de la poesía una barricada.

Generaciones de jóvenes que devoraban libros entre ensayo y ensayo -como Ricardo Soulé o Luis Alberto Spinetta- encontraron en Rimbaud una guía espiritual. En la visión de Luis Alberto Spinetta sobre Rimbaud, la conexión quedó resumida de manera contundente:

«Me gusta escribir poesía. Y leer poesía. Rimbaud, para mí, es, poéticamente, una luz total. Rimbaud era un tipo rock hace cien años. Un rockero. No existía la guitarra eléctrica, pero si hubiera existido, ese tipo hubiera tocado rock. Era eso. Era un tipo que se desarrolló en eso. Se desarrolló en una forma de expresar su sensualidad interna y de expresar su propia energía de una manera luminosa, realmente. Además, la verdad con que se hizo toda su vida. Todas las cosas por las que pasó y que hizo.»

La célebre idea de Rimbaud sobre el "poeta vidente" -alcanzar lo desconocido mediante un "desarreglo de todos los sentidos"- se convirtió en el combustible para la lírica críptica, mística y psicodélica de bandas como Pescado Rabioso e Invisible. Asimismo, la decisión de Rimbaud de abandonar la poesía a los veinte años alimentó la ética fundamental del rock nacional: la desconfianza hacia la madurez burguesa y la celebración de la intensidad juvenil, la urgencia de lo nuevo, un oráculo sagrado.

La historia de Rimbaud y Verlaine nos recuerda que la gran literatura -al igual que el mejor rock- rara vez nace de la calma o del cálculo académico. Surge del fango, del exceso, del choque doloroso entre dos seres incapaces de amarse en paz y de esa urgencia eterna por quemarlo todo antes de que llegue la rutina.

Fuentes digitales

Biografías de Arthur Rimbaud y Paul Verlaine

Vida en común en Inglaterra y partida a Bruselas

Historiador y actor mendocino
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