De José a Josefa: el legado paternal de San Martín corporizado en su nieta
En vísperas del Día del Padre mendocino, el autor supera la fecha en que el Libertador fue padre. Lo hace para potenciar esa herencia. Trasciende a Mercedes, la única hija del héroe, y fija su mirada en la segunda nieta del Gran Capitán. Una heroína desconocida que eterniza a su abuelo.
La niña lloraba desconsoladamente junto a su muñeca preferida. Su abuelo se acercó y le preguntó la causa de su desconsuelo. Ella le respondió que le daba pena porque su muñeca tenía frío.
El anciano se dirigió entonces hacia un mueble, abrió un cajón y extrajo una medalla dorada, prendida a una cinta roja y amarilla. Se la entregó a la pequeña.
-Tomá. Ponésela a la muñeca para que se le quite el frío.
En ese momento entró al cuarto la madre de la niña, la única hija del venerable anciano, y lo reprendió:
-¡Tatita! ¡Cómo se le ocurre darle a Merceditas su medalla de Bailén!
-¿Y qué? -respondió San Martín-. ¿Cuál es el valor de todas las cintas y condecoraciones si no alcanzan a detener las lágrimas de un niño?
El Gran Capitán de los Andes, el Libertador de tres naciones, recluido en su exilio europeo y transitando una apacible ancianidad, era también ese abuelo cariñoso que jugaba con sus nietas y se dejaba ganar por la ternura.
Había sido un padre severo. Ahora podía permitirse ser abuelo.
Contemplaba con felicidad el crecimiento de María Mercedes, la mayor, y de la inquieta y traviesa Josefa Dominga, "Pepita" o "Pepa", la menor. Eran las hijas de Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, aquella única hija que había sido la luz de sus ojos cansados y enfermos, la "Infanta mendocina" que él había llamado así con amor y orgullo de padre.
El 24 de agosto de 1816 había nacido Mercedes en Mendoza. Su nacimiento coincidió con uno de los momentos más intensos de la vida de su padre. San Martín era entonces gobernador intendente de Cuyo y se encontraba entregado a una empresa que parecía imposible: organizar, instruir y poner en marcha el Ejército de los Andes con el que llevaría adelante su plan continental.
Mientras él preparaba aquella formidable fuerza militar, Remedios de Escalada, su joven esposa, colaboraba con la causa patriota. Junto a otras mujeres mendocinas había participado en la obtención de fondos para la campaña y, a fines de aquel año, había trabajado contrarreloj para cumplir con el pedido de su marido de confeccionar la bandera del Ejército de los Andes.
La vida familiar, sin embargo, duraría poco tiempo.
Llegaron a Buenos Aires, pero Remedios no sobreviviría mucho tiempo.
Murió el 3 de agosto de 1823, consumida por la enfermedad. Mercedes tenía apenas seis años.
Su padre estaba lejos, absorbido por la campaña libertadora en el Perú. La niña quedó entonces bajo el cuidado de su abuela materna, Tomasa de la Quintana de Escalada.
San Martín, desde la distancia, observaba con preocupación la educación de su hija. Consideraba que su abuela la estaba criando demasiado consentida. Cuando finalmente decidió llevarse a Mercedes consigo a Europa, en febrero de 1824, la llamó con ese afectuoso y revelador apodo de "diablotín".
Quería convertirla en una mujer digna, austera, sensible al sufrimiento ajeno y alejada de la frivolidad de los salones.
En Bruselas, en 1825, escribió para ella sus célebres Máximas . No pretendía formar una dama de sociedad, sino una mujer de provecho: alguien capaz de interesarse por los demás, de ayudar al desvalido, de respetar las creencias ajenas, de ser dulce con los pobres, los ancianos y quienes estuvieran a su servicio, de amar el aseo y despreciar el lujo.
Las Máximas fueron mucho más que un conjunto de consejos paternos. Fueron, en cierto modo, el testamento moral que San Martín entregó a su hija.
Merceditas, la "Infanta mendocina". Culta, políglota, excelente dibujante y pintora, fue además una hija profundamente afectuosa con su padre. Se casó en París, en 1832, con Mariano Severo Balcarce, y de ese matrimonio nacieron dos hijas: María Mercedes, en Buenos Aires, en 1833, y Josefa Dominga, "Pepa", nacida en Francia el 14 de julio de 1836.
Daguerrotipo de Mercedes Tomasa de San Martín (año 1862).
Así, las Máximas comenzaron un segundo viaje. Pasaron de San Martín a Mercedes y de Mercedes a sus hijas.
Pero sería la menor, Josefa Dominga, quien terminaría convirtiéndose en la última gran depositaria de aquella herencia.
Pepa
Así le escribía San Martín a su amigo Pedro Molina al conocer el nacimiento de Josefa.
Pepa creció en el ámbito familiar francés y recibió, como su hermana, la educación y los valores transmitidos por sus padres. Pero la historia le reservaría un papel singular.
María Mercedes murió joven, sin descendencia. Su muerte, en 1860, dejó a Josefa como la única nieta sobreviviente del Libertador. Al año siguiente, Pepa se casó con el diplomático mexicano Fernando Gutiérrez de Estrada. El matrimonio tampoco tendría hijos.
Con el paso de los años, la estirpe familiar fue extinguiéndose. Y la herencia sanmartiniana comenzó a concentrarse en aquella mujer.
Pero no se trataba únicamente de una herencia de sangre. Josefa conservó la memoria de su abuelo con una devoción extraordinaria. Mantuvo sus cartas, documentos, libros, muebles y objetos personales y colaboró con quienes procuraban reconstruir la vida del Libertador. Incluso proporcionó información y croquis que permitieron reproducir en la Argentina la habitación de Boulogne-sur-Mer donde San Martín había pasado sus últimos días.
La nieta no se limitó a conservar los recuerdos, conservó también el espíritu.
Cuando quedó viuda, en 1904, lejos de retirarse a una existencia de recuerdos y melancolía, comenzó la etapa más activa de su vida. En Brunoy transformó su residencia familiar en una institución destinada a asistir a ancianos necesitados. Creó la Fundación Balcarce y Gutiérrez de Estrada, convirtió parte de sus jardines en huerta para los más pobres e instaló servicios de atención médica.
Daguerrotipo de Josefa Dominga Balcarce y San Martín.
Las Máximas de San Martín parecían haber atravesado tres generaciones para reaparecer, convertidas en hechos.
"Caridad con los pobres".
"Indulgencia hacia todas las religiones".
"Dulzura con los criados, pobres y ancianos".
"Amor al aseo y desprecio al lujo".
Josefa las practicó con devoción.
Y en 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, su obra adquirió una dimensión todavía mayor. Puso el hogar a disposición de las autoridades militares francesas y lo transformó en un hospital destinado a recibir heridos provenientes del frente. Las instalaciones quirúrgicas llegaron a convertirse en un centro de referencia de la región. Allí fueron atendidos los soldados heridos sin que la nacionalidad fuera un criterio para decidir quién merecía asistencia.
Josefa tenía ya una edad en la que otras personas habrían pensado en descansar, sin embargo, ella hizo exactamente lo contrario.
En 1918, cuando la amenaza de la ofensiva alemana obligó a evacuar la zona, permaneció junto a los heridos y continuó con su tarea.
Francia no olvidó aquella mujer que, en medio de la guerra, había elegido la humanidad por encima de las banderas.
Después de la guerra llegaron los reconocimientos: Josefa recibió la Cruz de la Legión de Honor y otras distinciones por su labor humanitaria.
Pero quizás el mayor reconocimiento no haya sido una medalla sino su decisión final.
Josefa dispuso que sus bienes fueran destinados a obras de asistencia y aseguró la continuidad de la institución que había creado. Murió en Brunoy el 17 de abril de 1924, a los 87 años.
Con ella desaparecía la descendencia directa de José de San Martín, pero no su legado.
San Martín había muerto en 1850. Sus restos regresaron a la Argentina en 1880 y descansan en la Catedral de Buenos Aires. Mercedes Tomasa, Mariano Balcarce y su hija María Mercedes fueron repatriados en 1951 y descansan en la Basílica de San Francisco, en Mendoza.
Josefa, en cambio, permaneció en Francia.
Brunoy la había adoptado como propia. Allí había vivido, allí había desarrollado su obra y allí había sido reconocida por el país al que había dedicado sus últimos años.
Por eso Pepa sigue descansando en tierra francesa.
Quizás haya algo de justicia poética en ello: la pequeña nieta que alguna vez hizo reír a su abuelo terminó convirtiéndose, muchos años después, en la guardiana de su memoria y en la heredera de sus valores.
San Martín había enseñado a Mercedes y ella había enseñado a Pepa.
Y Pepa convirtió aquella enseñanza en una vida entera dedicada a los demás. Por eso, cuando pensamos en San Martín como padre, no alcanza con recordar al hombre que escribió las Máximas para su hija.
Monumento a San Martín con sus nietas en la plazoleta "Grand Bourg", Palermo, CABA.
Hay que mirar también lo que ocurrió después de él, porque a veces la verdadera dimensión de un padre se descubre en aquello que sus hijos hacen con lo que recibieron.
Y San Martín recibió, en su vejez, la recompensa más íntima que acaso podía esperar: ver a sus nietas crecer, jugar con ellas y descubrir que detrás del héroe de las batallas seguía existiendo un hombre capaz de entregar una medalla de Bailén para que una muñeca dejara de tener frío.
Las condecoraciones podían quedar guardadas en un cajón.
La ternura, en cambio, había pasado de una generación a otra.
Y allí estaba Pepa para demostrarlo.
¡Feliz Día del Padre mendocino!
Agradecimiento: a la Lic. en Historia Clara María Vargas, por sus relatos y sus indicaciones para fuentes bibliográficas, fruto de su intensa labor como historiadora sanmartiniana, labor a la que se ha dedicado movida por su admiración y cariño hacia la figura de Don José de San Martín.