Aurelia, amor y muerte de Sarmiento
Otra historia rescatada sobre un vínculo amoroso y clandestino que definió aspectos de la Argentina moldeada por la generación del '80 del siglo XIX. Cuando Sarmiento diseñó el país y cuando Aurelia Vélez Sarfield (hija de Dalmacio) modeló al cuyano alborotador.
La noche del sábado 23 de agosto de 1873, el presidente de la Nación, Domingo Faustino Sarmiento, sale de su domicilio particular de la calle Maipú, en Buenos Aires. Tiene un objetivo claro: esa noche se encontrará con la mujer que ama, la propulsora de su candidatura en 1868, la que, según una versión que circuló durante años, habría sido la verdadera redactora del Código Civil, cuya elaboración había sido encomendada a su padre. Esa noche Sarmiento se dirige a ver a su amada Aurelia Vélez Sársfield.
Aquel hombre de 62 años está en la plenitud de sus facultades mentales y de su vigor físico. Solo tiene un defecto: está casi completamente sordo, especialmente de su oído derecho, una hipoacusia que padece desde edad temprana, fruto quizá del intenso ajetreo de su vida política y militar, o del estrés acumulado entre exilios y confrontaciones.
Por eso, cuando baja del carruaje frente a la casa de su amada, recién entonces se entera de que minutos antes habían atentado contra su vida en la esquina de Corrientes y Maipú, a manos de tres sicarios que fallaron torpemente en su cometido. Incluso se entera de que una bala de trabuco atravesó su carruaje y pasó muy cerca de él. Sarmiento lo toma con humor. A fin de cuentas, nada había sucedido y su cometido estaba cumplido: iba a pasar la velada con el amor de su vida, con la mujer que lo atraía física e intelectualmente. Podría decirse que, en esos casos, "lo demás no importa nada".
¿Quién es esa chica?
Aurelia Vélez Sársfield nació en Buenos Aires el 8 de junio de 1836, hija del prestigioso jurista Dalmacio Vélez Sársfield y de Manuela Velázquez Piñero.
Ella quedó deslumbrada con Sarmiento desde el día en que lo conoció, cuando tenía diez años y compartía el exilio político de su padre, entonces enemistado con Rosas y su gobierno. Hasta allí llegó el sanjuanino para visitar a su amigo y quedó sorprendido, a su vez, por aquella niña tan versada en conocimientos de los que carecía la mayoría de las mujeres de su época.
Aurelia adquirió una erudición notable. Estaba por encima de las labores que la sociedad reservaba a la mujer de entonces -"labores de su sexo", como se anotaba antiguamente en las partidas de casamiento o defunción-. Poseía una cultura vasta: era una lectora voraz, hablaba y escribía correctamente en inglés y tocaba el piano. Más adelante colaboró intensamente con su padre en la gestación del Código Civil argentino, corrigiendo borradores y participando en su redacción. Hubo incluso quienes pensaron que en realidad a ella correspondía la autoría del Código y que su padre solo había estampado su firma para darle el lustre de su prestigio. Sin embargo, podemos decir que Aurelia puso toda su inteligencia, su erudición y su buen sentido para que aquella obra fundamental del derecho civil argentino saliera a la luz.
"Basta leer algunos artículos del bendito código para entender que esas líneas no salieron jamás de la mano de una mujer que vivió la pasión sin hipocresía y el escarnio sin pedir disculpas. ¿Cómo iba a escribir Aurelia que la mujer casada debía obedecer al marido como si fuera un súbdito al monarca? ¿Cómo iba a firmar que el varón era el jefe natural del hogar y la mujer debía seguirlo donde él quisiera, aunque eso significara el destierro emocional? ¿Cómo iba a avalar que las casadas no podían disponer de sus bienes sin permiso?", según afirma Roberto Arnaiz.
Antes de convertirse en la mujer amada por Sarmiento, Aurelia se casó -o fue casada- con Pedro Ortiz Vélez, su primo, en un infortunado matrimonio que solo duró ocho meses y significó la introducción oficial de Aurelia en el universo del escándalo y del chisme. El lazo conyugal se rompió, supuestamente, cuando Pedro la sorprendió en brazos de su secretario, Cayetano Echenique. Ortiz Vélez no se anduvo con chiquitas y, al mejor estilo de una tremenda letra tanguera, le descerrajó un balazo y lo mató. Pedro Ortiz Vélez no fue a la cárcel, sino a un hospicio, pues fue declarado demente.
El hecho es que las lenguas viperinas de Buenos Aires comenzaron con su gratuito vituperio hacia Aurelia, quien, además, estaba encinta. Pero no fue madre. Habida cuenta del escándalo y de la conducta de su marido, y apoyada por su padre, decidió interrumpir el embarazo. La novedad se esparció por aquella gran aldea con ínfulas de convertirse, en el futuro, en una luminosa sucursal de París. Juan María Gutiérrez, eminente colega de don Dalmacio, le reprochó a este haber autorizado dicha interrupción, a pesar de la oposición que Vélez Sársfield había mantenido siempre respecto de esa práctica.
Aurelia en una pose clásica de los retratos de la época.
Aurelia ya contaba con 19 años cuando se reencontró con Sarmiento. A partir de entonces se convirtió en su amante, pues el cuyano alborotador aún estaba casado con Benita Pastoriza, quien, lejos de quedarse callada, emprendió una verdadera cruzada de desprestigio contra Aurelia.
Pero el amor es más fuerte
Cuando Sarmiento fue gobernador de San Juan, allá fue con él Aurelia. Cuando Mitre, en un intento de deshacerse de aquel molesto aguijón que se clavaba en su gestión al criticarlo, lo envió de embajador a Estados Unidos, Aurelia intensificó su correspondencia con Sarmiento y, si bien la base de su candidatura a la presidencia surgió del seno del ejército, fue ella quien terció como asesora de imagen. Pulió su aspecto y su discurso; bajó la intensidad de sus diatribas para hacerlo potable a los electores. En definitiva, ella creó a conciencia su candidatura y fue artífice de su ascenso a la primera magistratura el 12 de octubre de 1868.
Habían culminado juntos un proyecto político y también uno de amor, que no claudicaba pese a todas las oposiciones, los escándalos, los chismes y la maldad de los enemigos que ambos se habían ganado.
Ella fue su mentora como presidente, su consejera, su tinta y su pluma cuando el arrebatado mandatario agredía a quien se opusiera a su obra civilizadora, bajando la lucha a niveles racionales y aceptables. Él la consideraba una igual, la escuchaba, la dejaba hacer. Y eso ya es mucho decir para una personalidad fuerte y carente de filtros como la de Sarmiento.
Reconocido retrato de Sarmiento en 1873. Cuatro años antes había asumido la presidencia de Argentina.
Fue una especie de "tutora intelectual" y una contención siempre dispuesta a curar las heridas del alma de su amante. Su intercambio epistolar fue considerable y permanente. Allí continuaban profesándose ese amor que nunca se apagaba, a pesar de los interregnos forzosos de la distancia.
Por eso, cuando Sarmiento ya estaba retirado de la política activa -lo que no le impedía continuar con su labor intelectual permanente- y, por consejo médico, tuvo que radicarse en Asunción en mayo de 1887, buscando la cura para sus dolencias cardíacas y pulmonares -había sido un gran fumador-, no pudo resistir escribirle y pedirle que fuera a hacerle compañía.
"Venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida", le escribió.
Y allá fue Aurelia, quedándose con él unas tres semanas. A fines de agosto volvió a Buenos Aires. No quería verlo morir ni deteriorarse, como si quisiera conservar para sí la imagen de ese hombre amado en los últimos momentos de salud y fortaleza moral.
También es cierto que, apenas Aurelia regresó, Sarmiento comenzó su declive físico. Sus taquicardias, el cansancio extremo, la hinchazón de las piernas y la falta de aire se intensificaron, y no hubo clima benigno que lograra recuperarlo. Así llegó la madrugada del 11 de septiembre de 1888, cuando finalmente expiró mientras dormía, después de haberse quejado de un intenso frío en su cuerpo, producto de la mala circulación provocada por la afección cardíaca.
Durante ese lapso en que Aurelia lo dejó para volver a Buenos Aires, intercambiaron cartas casi a diario. Pero ella no pudo enterarse a tiempo de la muerte de su amado: fuertes tormentas habían derribado los cables telegráficos, de manera que ella y todo el país se enteraron de la noticia el 13 de septiembre.
Quizá, si Aurelia hubiera estado allí aquella madrugada, se habría opuesto a la puesta en escena que quienes lo rodeaban hicieron con su cadáver.
En efecto, el deceso se produjo a las 2:15 a. m. Al domicilio del difunto llegaron prontamente el embajador argentino Martín García Merou y el fotógrafo Manuel San Martín. Sarmiento yacía en un catre de hierro. Era costumbre de la época la fotografía mortuoria, aunque hoy nos resulte chocante. Vistieron al cadáver, lo cubrieron con una manta de la cintura hacia abajo, lo sentaron en una silla con pupitre que Sarmiento utilizaba para leer y escribir, y en esa posición el fotógrafo tomó la placa que dejó testimonio del deceso. Posteriormente, el cadáver fue embalsamado y, diez días después, llegó a Buenos Aires para ser sepultado en el cementerio de La Recoleta.
Fotografía de Sarmiento horas después de morir.
Aurelia emprendió un largo viaje por Europa y Medio Oriente para restañar sus heridas y su dolor. Estuvo ausente de Buenos Aires entre 1889 y 1910. Cuando regresó, expresó en una carta a una amiga: "Vuelvo sin mucho entusiasmo. No encontré lo que fui a buscar. Hace veinte años que partí para esperar la muerte, lejos de mi país, porque no quedaba nadie que se interesase por mí, salvo para lastimarme".
Los últimos años se dedicó a ser escritora. Escribió impresiones de viaje en diarios importantes bajo seudónimo masculino, pues el enclave patriarcal y de sacristía que dominaba la sociedad estaba vigente más que nunca.
Murió sin descendencia el 6 de diciembre de 1924, a los 88 años de edad. Como a muchas mujeres de su tiempo que se animaron a enfrentar una sociedad en la cual no tenían cabida -y aun así escribieron la historia-, ni siquiera una tumba digna mereció. Sus restos están en algún lugar de La Recoleta, sin lápida, sin nombre, como si su familia, a través del tiempo, quisiera borrar para siempre su nombre asociado al escándalo.
La hija de Dalmacio Velez Sarfield ayudó en la redacción del Código Civil Argentino.
Ella no solo fue una gran intelectual, una mujer preparada como pocas, con una mente poderosa; fue también una devota amante del hombre que la deslumbró y por quien luchó con denuedo aun cuando arreciaba la tormenta de la moralina.
Estando en Europa se enteró de la inauguración de la estatua de Sarmiento ejecutada por Auguste Rodin y escribió:
"Me alegra que lo recuerden, pero a mí no me va a gustar ver su figura tiesa, convertida en bronce. Porque ese hombre fue mi hombre. Yo lo abracé y lo besé. Apoyé mi cabeza sobre su pecho, y la sostuvo con sus manos grandes y fuertes... Dentro de algunos años, cuando ya no esté, él permanecerá allí, quieto, helado, pero nadie podrá recordar el calor de sus brazos...".