La última jugada y el invierno del adiós

La novela Bonarda y Malarda.

El invierno de 1986 no se parecía a ningún otro en Mendoza Este. El aire frío de julio traía un eco lejano, pero ensordecedor, que viajaba desde el Estadio Azteca, en México. Las calles de San Martín vibraban con la épica de Diego Armando Maradona y las tardes de siesta se llenaban de vecinos amontonados frente a los televisores cromáticos, gritando los goles que consagraban a la selección argentina.

Bonarda miraba aquellas celebraciones desde su sillón de mimbre con la serenidad de quien estaba a punto de cumplir cien años. La algarabía popular le devolvía la imagen de su padre, Osman, descompensándose de pura pasión futbolera mientras repetía que un lobo jamás moría en la derrota.

Miren a esa juventud... susurró, acomodándose la manta de lanas multicolores sobre las piernas gastadas por un siglo de caminos. Corren detrás de una pelota con la misma fe con la que nosotros abríamos las acequias en medio del desierto. Creen que el triunfo es eterno, pero el verdadero triunfo es tener con quién brindar después de la batalla.

También se acercaba el Día del Amigo, una fecha que en el este mendocino se vivía como un pequeño rito popular. Fogoneros encendidos, vinos rosados de Luisina con Sangre Italiana, largas sobremesas en el Café Borges, asados compartidos en María Paz acompañados por los vinos de Guaiteca y Santos Lugares, y noches de música entre las barricas de Lancellotti. En el Barrio Las Bonardas los vecinos ya preparaban la mesa infinita sobre la calle, convencidos de que la amistad también era una forma de cosecha y que la lealtad, igual que la vid, necesitaba tiempo para dar sus mejores frutos.

Aquel invierno se vistió de celeste y blanco. Debajo de la tierra, sin embargo, el este ya preparaba una primavera invisible. El país entero comenzó a latir con un solo corazón, redondo como una pelota de cuero. Desde México llegaban voces que atravesaban montañas, cruzaban desiertos y terminaban enredándose entre los álamos. Hasta las acequias parecían correr más deprisa, llevando la noticia de que Argentina volvía a creer en los milagros.

Entonces Diego Armando Maradona tomó la pelota en la mitad de la cancha y comenzó a bordar sobre el césped una vendimia imposible. Dejó ingleses desparramados como espantapájaros vencidos por el viento zonda y, cuando la red se infló, aquello dejó de ser un gol para convertirse en una campana largamente esperada. En cada pueblo hubo un abrazo distinto.

En Mendoza Este, donde la memoria todavía conservaba el gusto amargo de Malvinas como un vino que nunca terminaba de fermentar, aquel grito encontró el camino para arrancar una espina que llevaba años enterrada. Las radios lloraban de alegría. Los televisores, con sus colores temblorosos, parecían fogones encendidos en el corazón de cada casa. Los vecinos abandonaban las siestas, las mujeres salían todavía con los delantales puestos, los hombres se abrazaban olvidando antiguas diferencias y hasta los perros corrían detrás de las caravanas creyendo que la felicidad tenía ruedas.

Bonarda contemplaba la escena desde la galería. Mientras todos celebraban, la memoria comenzó a abrirse como una vieja tranquera. Entre los gritos creyó escuchar otra risa, no era la de ningún muchacho del barrio. Era la de Aurora.

Hacía décadas que no la veía, pero seguía cruzando los puentes invisibles de sus recuerdos con la misma naturalidad de la infancia. Aurora le dibujaba racimos de luz sobre las manos, aquellas manos que conocían el lenguaje secreto de las semillas, de las cosechas y también de las despedidas. Comprendió entonces que algunas amistades nunca desaparecen; simplemente cambian de lugar y comienzan a vivir donde habita la memoria. Aurora seguía siendo eso: compañerismo, lealtad y un amor tan limpio que el tiempo jamás había conseguido desgastar. Se reía al deletrear Aurora Aurorita sos mi mejor amiguita, reía, reía iluminando todo a su alrededor.

Su hija Alicia la observaba en silencio. Hacía meses que advertía un cambio en la voz de su madre. Bonarda hablaba como quien ya escuchaba otro reloj, uno que no medía las horas sino las estaciones. Los días siguientes fueron una larga copa rebalsada.

Argentina levantó el mundo entre las manos y el país entero sintió que, por una vez, la historia había decidido brindar de su lado. El vino Bonarda corrió como si quisiera agradecerle a la tierra el apellido compartido. Cada brindis llevaba escondido el nombre de algún ausente y cada carcajada parecía reparar una grieta antigua.

Se acerca el mes de los álamos desnudos... murmuró Bonarda.

Era el tiempo en que las viñas parecían muertas mientras, bajo la corteza, la savia preparaba silenciosamente el regreso. Ella misma comenzaba a parecerse a esas viñas.

Pero hay inviernos que anuncian la muerte.

Y hay otros, los más sabios, que enseñan que toda raíz profunda sabe cuándo debe cederles la primavera a los brotes nuevos. Alicia la miró sin decir una palabra. Comprendió que su madre ya no hablaba del presente, hablaba del pasado. Afuera, un viento helado recorría los parrales desnudos. Bajo la tierra, las raíces seguían trabajando en silencio, invisibles para todos. Bonarda sonrió apenas.

Y mientras el país entero seguía festejando la última gran jugada de Diego, ella comenzó, en silencio, a preparar la suya.

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