Mendoza Mineral: Ceniza y Plata
Plata Hinojosa, pinta mientras recuerda la historia del arte y la minería, pero la historia del arte es, en su sustancia más íntima, la historia de cómo aprendimos a extraer la tierra y fijarla sobre el lienzo.
La mañana siguiente Plata y Baltazar recibieron una invitación de la Facultad de Arte y Diseño de la UNCuyo por mail. Se acercaba un congreso de arte y minería y querían que ellos expusieran, más que nada Plata como arquitecta, artista plástica y diseñadora. Muy entusiasmada comenzó a armar su ponencia y Baltazar iba escribiendo en la notebook la cascada de imágenes, ideas.
Él la admiraba y amaba, así es que era tan feliz como ella en ese momento de tanta coincidencia intelectual. Por primera vez tendría la oportunidad de contar una idea que la acompañaba desde hacía años: que la historia del arte había comenzado mucho antes que los museos y que, probablemente, los primeros mineros de la humanidad jamás supieron que también estaban inventando la pintura.
- Bueno querida, vamos resumiendo, de decía dulcemente Baltazar, porque se había ido por las ramas, pasado tres pueblos y como cinco países...
- Ok, ahí vamos: "Cuando estudiaba Bellas Artes creía que la historia de la pintura empezaba en los museos. Después descubrí que había comenzado miles de años antes, en una cueva"
La relación entre el arte y la extracción mineral no empezó en el Renacimiento; nació en el Paleolítico. Antes de que existiera el concepto de "minería" como industria, el ser humano ya rascaba las paredes de las cuevas o excavaba pequeños pozos para buscar hematita (óxido de hierro) y pirolusita (óxido de manganeso). Los colores primigenios: El rojo de Altamira y Lascaux es sangre de la tierra (hierro). El negro no solo era carbón vegetal; era manganeso extraído a mano de capas sedimentarias.
El proceso arcaico: La roca se trituraba entre dos piedras lisas, se mezclaba con grasa animal o agua de cueva, y se aplicaba con los dedos o soplándolo a través de huesos huecos. La estabilidad perfecta: Lo fascinante de los pigmentos minerales derivados del hierro (ocres, sombras, tierras) es que no sufren oxidación posterior: ya están consolidados por la geología. Por eso los bisontes de las cavernas conservan su color intacto miles de años después.
La ruta de los minerales preciosos (El Renacimiento y la codicia), cuando tener un color en la paleta dependía del comercio internacional y la minería subterránea. En la Edad Media y el Renacimiento, el taller de un maestro (como Da Vinci o Rafael) parecía una mezcla de laboratorio de botica y almacén de minerales. Dos pigmentos minerales dominaban la jerarquía y el costo de la pintura: El Lapislázuli: El "Azul Ultramar" (Más allá del mar).
Durante siglos, la única fuente conocida de este mineral de color azul profundo estuvo en las inaccesibles minas de Badajshán, en las montañas del actual Afganistán. El proceso de extracción y refinado: La roca se extraía a mano en galerías profundas. Pero la roca bruta (lazurita) viene mezclada con vetas de calcita blanca y pirita dorada. Molerla simplemente daba un polvo grisáceo.
La técnica alquímica: Los aprendices debían moler el mineral y amasarlo con una mezcla tibia de resina de pino, cera de abejas y aceite. Luego sumergían esa "pasta" en agua con lejía; solo las partículas puras de azul se desprendían y decantaban al fondo. El valor histórico: Costaba más que su peso en oro. En los contratos renacentistas, los mecenas especificaban exactamente cuántos gramos de "azul ultramar auténtico" debía usar el pintor, reservándolo exclusivamente para el manto de la Virgen María.
El Cinabrio: El "Rojo Bermellón " La mina: Extraído de minas legendarias y peligrosas como Almadén en España. El cinabrio es sulfuro de mercurio. La transformación: Se extraían los cristales rojos de las vetas profundas, se pulverizaban en morteros de ágata y se lavaban. El resultado era el rojo más brillante y satinado de la época, pero con un precio oculto: el envenenamiento por mercurio de los mineros que lo extraían y de los pintores que a veces chupaban el pincel para afilar la punta.
La química del plomo y los "venenos del taller"
Cómo la minería de metales pesados estructuró la luz en la pintura. No todos los pigmentos se usaban tal como salían de la mina; muchos requerían que el metal extraído fuera transformado químicamente en el taller.
- Bueno mi joyita preciada, dijo Baltazar, sonriendo mientras dejaba de escribir un instante. Si seguís así, el congreso va a durar tres días. Plata levantó la vista de sus apuntes y se echó a reír.
-Tenés razón, a veces me entusiasmo mucho y pierdo el eje, debería tomar té de melena de león para hacer foco, ese que me trajiste de Salta la última vez.
-No necesitás demostrar cuánto sabés, necesitás que salgan con ganas de volver a mirar un cuadro y mirar la minería de otra óptica y seguro lo vas a lograr.
Ella tomó aire, hizo un bollo con una de las hojas mentales y comenzó otra vez.
-A ver... Probemos de nuevo (Guardó unos segundos de silencio, como si ya estuviera frente al auditorio).
Cuando estudiaba Bellas Artes, creía que la historia de la pintura empezaba en los museos. Después descubrí que había comenzado miles de años antes, en una cueva. Mucho antes de que existieran las ciudades, los seres humanos ya buscaban colores en la naturaleza. No buscaban oro ni riquezas, buscaban piedras, algunas eran rojas, otras negras, otras amarillas. Las molían hasta convertirlas en polvo, las mezclaban con agua o con grasa animal y, con ellas, pintaban bisontes, caballos y las primeras manos que todavía hoy siguen saludándonos desde las paredes de las cavernas.
Se quedó pensando un instante. Tal vez los primeros mineros de la historia nunca supieron que lo eran. Sólo querían pintar.
Con el paso de los siglos los artistas siguieron dependiendo de la tierra. El azul más hermoso del Renacimiento no nacía en un laboratorio; nacía en una montaña de Afganistán. Era una piedra llamada lapislázuli. Había que extraerla, limpiarla y molerla durante horas para conseguir un pigmento tan valioso que costaba más que el oro. Por eso los grandes pintores lo reservaban para las partes más importantes de sus obras.
Otros colores también tenían su propia historia. Algunos eran tan bellos como peligrosos. Hubo pintores que enfermaron sin saber que el blanco con el que iluminaban un rostro contenía plomo o que ciertos rojos escondían mercurio. La belleza, a veces, también tuvo un precio. Después apareció la minería moderna y todo cambió. Gracias a nuevos minerales y a nuevos procesos, los colores comenzaron a guardarse en tubos metálicos. Parece un detalle menor, pero no lo fue.
A partir de ese momento los pintores pudieron salir del taller y llevar el paisaje consigo. Sin esos pequeños tubos, probablemente el impresionismo nunca habría existido. Monet no habría pintado la luz sobre el agua y Van Gogh no habría perseguido los trigales bajo el sol.
Se acercó a la ventana. La cordillera aparecía inmensa, iluminada por la mañana y todos escuchaban con atención.
Por eso, cuando entro a un museo, ya no veo solamente cuadros. Veo montañas convertidas en color, veo hierro transformado en ocres, titanio convertido en luz y grafito convertido en dibujo. Comprendo que cada obra de arte guarda, en silencio, un pequeño fragmento de la tierra. Y entonces entiendo que el arte y la minería nunca caminaron por senderos distintos.
Desde el principio recorrieron el mismo camino. Uno extrajo los colores, el otro les dio un motivo para quedarse en la memoria.
Y no hace falta viajar a Afganistán o a Altamira para entenderlo, agregó Plata, señalando hacia el oeste a través del ventanal. Acá nomás, en Paramillos de Uspallata, los minerales que los primeros mineros buscaban en el siglo XVII son las mismas vetas de sulfuros, hierro y micas que le dan esa gradación de ocres, violáceos y amarillos a nuestra montaña. Mendoza no tiene que importar su paleta: la cordillera es una cantera de pintura al aire libre.
Piensen en Fidel Roig Matóns, él no se quedó en el taller imaginando los Andes, subió a caballo con sus lienzos a lomo de mula hasta el Paso de los Patos y el Portillo, para retratar el cruce de San Martín, tuvo que respirar el polvo mineral de la cuna del viento, morder el hollín de los fogones y capturar la arcilla real del terreno. Sus cuadros no tienen óleo barnizado de catálogo: tienen el tono exacto de la ceniza y la piedra andina. Carlos Alonso, otro referente, decía Plata. En sus trazos no hay adorno; hay carbón puro, grafito denso golpeando el papel como un pico golpea la roca. Alonso extrae la condición humana de la misma forma en que un minero saca la veta oculta: con fuerza, con drama, rayando la superficie hasta que aparece la luz.
Las xilografías de Víctor Delhez en la Universidad. El grabado también es minería: para que aparezca la imagen hay que ahondar la madera, calar la matriz, tallar el relieve. Delhez no pintaba bordes; cavaba trincheras en la madera para que la tinta encontrara dónde refugiarse.
También observemos la obra de Roberto Azzoni, (pasando diapositivas de sus obras), esos ocres, las terracotas de las casas de adobe y las hileras de los campos. Azzoni no usaba colores estridentes; pintaba con el pigmento del polvo que levanta el Zonda. Sus cuadros huelen a tierra seca y sol de la tarde.
Y el más mineral de todos: Du?meli?, sus figuras no están sobre el paisaje, nacen de la piedra. Du?meli? pintó la eternidad mineral: muros calcáreos, texturas porosas, hombres y mujeres que parecen tallados por milenios de viento andino.
Y en esta provincia, sonrió Plata, jugando con una pincelada imaginaria en el aire, la extracción mineral tiene una hermana gemela: la vid. El racimo de Bonarda o de Malbec absorbe el calcio, el potasio y el hierro de este suelo aluvial. Cuando el vino cae sobre la copa o tiñe una servilleta, no estamos viendo solo fruta: estamos viendo la tierra disuelta. El viticultor y el pintor hacen lo mismo: buscan la manera de fijar el terruño para que no se extinga.
Ceniza escuchó toda la ponencia de Plata Hinojosa con un estremecimiento difícil de explicar, suspendido entre lo comprensible y lo incomprensible.
Mientras desfilaban aquellas imágenes y aquellas palabras, comprendió un poco más el verdadero legado de Argentina D'Oro. Nunca había consistido en enseñar dónde buscar un mineral, sino en recordar que toda civilización se define por la forma en que transforma la tierra y por la memoria con la que decide conservarla.
Por un instante Ceniza se olvidó de Santiago también.