Mendoza Mineral, Ceniza y Plata: el punto ciego
El camino de regreso serpenteaba por la precordillera, mientras el invierno empezaba a cubrir de sombras casi todo lo vivido, lo dicho y lo no dicho.
Ceniza durmió poco aquella noche. La casa en la que se quedaron en el este la noche anterior con Santiago, le produjo angustia, incertidumbre. Había algo en él que comenzaba a desordenarle las certezas. No alcanzaba para desconfiar, pero sí para dejar de confiar ciegamente. Y cuando una ingeniera pierde confianza en los datos, vuelve al origen de las mediciones.
A la mañana siguiente cerró el libro de Argentina D'Oro, terminó el café sin azúcar y tomó una decisión.
-Nos volvemos a Uspallata.
Plata y Baltazar quedaron anonadados
- ¿Ahora?
- Ahora.
Mica que también desayunaba con su mate con burro fresco, ni siquiera preguntó. Guardó la cámara en la mochila con el mismo cuidado con que otros guardan un instrumento musical. Sabía reconocer cuándo una historia acababa de cambiar de dirección.
El camino de regreso serpenteaba por la precordillera, mientras el invierno empezaba a cubrir de sombras casi todo lo vivido, lo dicho y lo no dicho.
Ceniza tarareaba la canción de Paisaje de Franco Simone y le pidió a Mica que se la buscara en Spotify. Ninguna de las tres hablaba demasiado. A veces el silencio también era una forma de pensar. Ceniza tenía el corazón partido, literalmente. Ella hacía muchos años que no dejaba que nadie entrara en su vida amorosa, había sufrido mucho en su matrimonio anterior y cuando decide abrir de nuevo esas posibles nuevas maneras de querer, se tropieza con un ideal de hombre y que admiraba lo que hacía, pero que en pocos meses todo se cayó a un precipicio, difícil de remontar. Estaba melancólica, lloraba suavemente y miraba por la ventanilla del auto tratando de entender por qué Santiago no fue sincero desde el principio.
Al llegar a Uspallata, en el antiguo andén encontraron un grupo reducido de personas reunidas alrededor de un cartel improvisado. No eran turistas.
Tampoco geólogos. Eran integrantes de una organización ambiental que había decidido recorrer los viejos sitios ferroviarios para reclamar que la cordillera siguiera siendo únicamente paisaje.
Un hombre de barba entrecana, unos sesenta años, chaleco de fotógrafo lleno de bolsillos y una cámara profesional colgando del cuello, se adelantó apenas las vio.
- ¿Otra vez ustedes? ¿Todavía siguen convenciendo a la gente de que la minería es el futuro?
Ceniza respiró hondo.
-No venimos a convencer a nadie.
-Menos mal. Porque el agua vale más que cualquier metal.
La frase quedó suspendida entre los rieles.
-Coincido, respondió Ceniza. Sin agua no hay minería. Tampoco agricultura, ni ciudades.
El hombre pareció sorprenderse por la respuesta.
-Entonces explíqueme por qué siguen insistiendo.
Antes de que Ceniza pudiera contestar, Mica observó la cámara que colgaba de su pecho. Era un modelo profesional de formato completo. Pesado, robusto, capaz de soportar lluvia, nieve y polvo. Sonrió apenas.
- ¿Puedo verla?
El fotógrafo dudó unos segundos, pero terminó entregándosela.
Mica la sostuvo con respeto, como quien reconoce una buena herramienta de trabajo.
-Hermosa máquina.
El hombre no pudo ocultar cierto orgullo.
-Treinta años haciendo fotografía de naturaleza.
Mica giró lentamente el cuerpo de la cámara entre sus manos.
- ¿Sabe qué es lo que más me gusta de este oficio? Que todo el mundo mira las fotos, pero muy pocos miran la cámara.
El ambientalista frunció el ceño.
Ella señaló el lente.
-Este cristal extraordinariamente transparente no existiría sin cuarzo de altísima pureza. Algunas de sus lentes incorporan fluorita para corregir aberraciones cromáticas y conseguir esa nitidez que tanto buscamos cuando fotografiamos un cóndor a doscientos metros.
Después apoyó un dedo sobre el cuerpo de la cámara.
-El sensor que registra la imagen está construido sobre silicio. Sin él no existiría
la fotografía digital. Cada disparo que usted hace se convierte en información gracias a millones de diminutos fotodiodos fabricados con ese mineral.
El hombre guardó silencio.
Mica continuó sin levantar la voz.
-Los circuitos que llevan esa información están hechos principalmente de cobre. Los contactos eléctricos utilizan oro porque resiste la corrosión y garantiza una transmisión estable. Los pequeños capacitores contienen tántalo; muchas soldaduras modernas incorporan bismuto; las aleaciones internas necesitan níquel, estaño, aluminio, magnesio y zinc para reducir peso y aumentar resistencia. Incluso la batería depende de minerales críticos para almacenar energía.
Le devolvió la cámara.
-Y todavía no hablamos del trípode, de la computadora donde edita las imágenes, de los discos donde guarda treinta años de trabajo ni del teléfono desde el que seguramente publica sus fotografías.
Nadie dijo una palabra.
El viento volvió a cruzar el andén.
El hombre acarició la cámara como si la estuviera viendo por primera vez.
- ¿Quiere decir que soy un hipócrita?
Mica negó lentamente con la cabeza.
-No. Quiero decir que usted ama la naturaleza tanto como yo. Lo que quizá nunca le contaron es que la tecnología con la que la protege también nació en la naturaleza. La verdadera discusión no debería ser si usamos minerales, porque ya los usamos todos los días. La discusión es otra: cómo extraerlos, con qué controles, con qué tecnología, con qué límites y con qué respeto por el agua que usted acaba de defender.
Ceniza observó la escena sin intervenir.
Por primera vez desde que había comenzado aquel viaje comprendió que la licencia social no iba a construirse con estadísticas ni con discursos empresariales. Tampoco con consignas. Se construiría el día en que dos personas que pensaban distinto fueran capaces de sostener una conversación sin intentar derrotarse.
En ese instante, mientras el fotógrafo bajaba lentamente la mirada hacia su propia cámara, una figura apareció al final de las vías. Venía caminando despacio, demasiado despacio. Ceniza entrecerró los ojos, no alcanzó a distinguir el rostro. Pero reconoció inmediatamente la forma de caminar. Era Santiago.
Y no parecía sorprendido de encontrarlas allí.
El food truck de Doña Litia y Don Litio, ya estaba calentando pastelitos fritos y algunas sopaipillas con jamón crudo, el cafecito obviamente estaba super calentito como queriendo invitara a una pausa, una tregua. Baltazar y Plata, fueron los primeros en sumarse a ese cafecito. Ceniza y Santiago discutían unos metros más adelante. Sólo Mica permanecía quieta y diciéndose dónde de estaría Gemma, justo cuando más la necesitaba, la especialista de los blend humanos que podría estar armonizando estos pequeños y grandes inconvenientes.
Mica, se sentó sobre un durmiente desgastado por el tiempo, sacó la computadora portátil de su mochila y descargó las imágenes tomadas desde que el viaje había comenzado. El silencio era interrumpido apenas por el viento que silbaba entre los rieles oxidados, como si todavía esperara el regreso de algún tren que llevaba demasiados años de demora.
Las primeras fotografías desfilaron frente a sus ojos casi sin detenerla. El bullicio de las jornadas en Malargüe, las sonrisas cansadas después de las conferencias, el abrazo espontáneo entre dos estudiantes de geología, los dibujos de Plata sobre una servilleta, Baltazar inclinándose sobre una roca como quien escucha una confidencia antigua. Luego apareció Ceniza. Discutía con Santiago frente a la tranquera, bajo una luz oblicua que convertía el polvo suspendido en pequeñas partículas de oro. Recordó aquella conversación.
Habían hablado durante horas sin intentar convencer al otro, como dos personas que comprendían que las preguntas importantes nunca admiten respuestas simples.
Siguió avanzando entre las imágenes. El Laberinto de Borges en San Rafael. Los senderos verdes. Las sombras largas del atardecer. Las bodegas del Valle de Uco. El Cordón del Plata como una apoteosis blanca, brillantemente blanco. El este de Le Parc y el Templo del Vino de San Martín que habían asistido invitados por el municipio a una degustación de Bonarda. Después, otra vez Uspallata.
Fue entonces cuando algo le produjo una incomodidad difícil de explicar.
Retrocedió una fotografía, volvió a ampliarla, después abrió otra tomada dos días antes y una tercera. No sabía todavía qué estaba buscando. Sólo sentía esa vieja intuición que la había acompañado desde sus primeros años detrás de una cámara: las imágenes siempre dicen algo antes de que el fotógrafo aprenda a escucharlas.
Mientras ampliaba los archivos descubrió un detalle que jamás había advertido en el momento de disparar. Santiago nunca miraba exactamente hacia donde hablaba. Sus ojos parecían seguir otro punto, siempre fuera del encuadre, como si hubiese algo más importante que la conversación misma. Al principio creyó que era una coincidencia. Sin embargo, cuanto más revisaba las fotografías, más evidente resultaba aquel pequeño desvío de la mirada.
Cambiaban los escenarios, la ropa, la luz y hasta el clima. Lo único que permanecía inalterable era aquella costumbre de observar algo que nadie más parecía notar.
- ¿Encontraste un fantasma?, preguntó Baltazar, acercándose con una taza de café todavía humeante.
Mica sonrió sin apartar los ojos de la pantalla.
-Los fantasmas no dejan sombras. Las personas sí.
Baltazar permaneció unos segundos observando la pantalla. No era fotógrafo, pero llevaba demasiados años leyendo estratos como para no comprender que toda imagen también tenía capas.
-La geología y la fotografía se parecen más de lo que imaginamos, dijo mientras devolvía la taza vacía al improvisado mostrador de Doña Litia. Las dos trabajan con el tiempo. Una espera millones de años para revelar una veta; la otra apenas una fracción de segundo para atrapar una verdad.
Mica siguió ampliando la imagen. Había algo. No sabía qué. Las fotografías no mentían, pero tampoco hablaban por sí solas. Había que interrogarlas, pero estaba tan cansada Mica que decidió dejar sus revelaciones para el día siguiente, Baltazar buscó a Plata y se fueron al hotel y Ceniza ya estaba en la cabaña que había alquilado, en la bañadera con sales, música lenta y suave y sus lágrimas como queriendo limpiar su cuerpo y su alma. Santiago se fue.
Ceniza tuvo su punto ciego con Santiago, el amor le impidió ver ciertas señales.