Novela: "Mendoza Mineral, Ceniza y Plata"
El pueblo que había renunciado a los minerales, vino con soda.
"Un tren nunca llega vacío. Siempre trae la posibilidad de que un pueblo cambie para siempre."
La estación de Palmira tenía esa extraña belleza de los lugares que alguna vez fueron indispensables. Los ladrillos conservaban el color del tiempo, las vías se perdían entre los yuyos y el viejo reloj del andén seguía detenido sobre una hora que nadie recordaba. Sin embargo, mientras descendía de la camioneta, Ceniza tuvo la sensación de que aquel sitio no estaba muerto. Solamente esperaba.
Habían dejado atrás la montaña unas horas antes, los paisajes minerales de Uspallata, Malargüe y San Rafael, las conversaciones sobre cobre, potasio y litio, las canteras abiertas sobre millones de años de historia geológica. Frente a ella comenzaba otro territorio. El de las viñas, los frutales, las acequias y las bodegas. El Este mendocino parecía hablar otro idioma.
La reunión se realizaría en una vieja bodega ubicada a pocos metros de la estación. Productores vitivinícolas, olivícolas y frutícolas habían aceptado encontrarse con ellos para conversar sobre el futuro de la región. Muchos habían escuchado hablar del corredor bioceánico y de los proyectos mineros del sur y del oeste provincial, pero los sentían como asuntos lejanos, casi ajenos.
Mientras compartían café y tortitas recién horneadas, las preocupaciones fueron apareciendo una tras otra: el costo del transporte, la dificultad para competir en mercados internacionales, la falta de infraestructura, los jóvenes que abandonaban el departamento buscando trabajo en otros lugares. Entonces alguien comentó, casi con resignación, que todo ese debate sobre la minería poco tenía que ver con ellos. Después de todo, en el este no había cobre, ni litio, ni grandes yacimientos.
Ceniza no respondió de inmediato. Había aprendido que algunas ideas necesitaban madurar antes de encontrar las palabras. Pidió una hoja y dibujó una línea recta, no era un plano, era una vía. Sobre uno de los extremos escribió "Uspallata", en el otro, "Puerto del Pacífico". En el medio, casi como quien descubre algo evidente, escribió una sola palabra: "Palmira". Levantó la vista.
Explicó que un tren de carga jamás viajaba vacío. Si algún día el corredor bioceánico lograba consolidarse, las formaciones no transportarían solamente cobre o potasio. También cargarían vino, aceite de oliva, frutas deshidratadas, ajo, maquinaria agrícola y cientos de productos que hoy soportaban costos logísticos demasiado altos para competir con comodidad en el mundo.
El silencio ya no era el mismo. Nadie discutía. Cada uno parecía recorrer mentalmente esa vía que Ceniza había dibujado sobre el papel. En ese momento intervino Don Emilio, un antiguo ferroviario que había pasado más de cuatro décadas trabajando en aquella estación. No habló de minería. Habló de memoria. Recordó los años en que Palmira era uno de los corazones ferroviarios del oeste argentino, cuando los galpones permanecían abiertos días y noche y los trenes llegaban desde distintos puntos del país para reorganizar sus cargas antes de continuar viaje hacia los puertos o hacia la cordillera.
Dijo que durante mucho tiempo creyó que lo más importante que pasaba por aquellas vías eran los vagones. Con los años comprendió que lo verdaderamente importante no eran los vagones, sino las oportunidades que viajaban sobre ellos: estudiantes que podían llegar a una universidad, médicos que alcanzaban pueblos alejados, productores que encontraban nuevos mercados, industrias que elegían instalarse allí donde existía un ferrocarril.
Mientras hablaba, Ceniza observó los rostros de quienes la rodeaban. Ya nadie discutía sobre minería. Todos estaban imaginando otra cosa. Imaginaban un tren, no el de la nostalgia, el del futuro. Comprendían, quizá por primera vez, que la riqueza de una provincia no dependía solamente de aquello que extraía de la montaña, sino también de su capacidad para moverlo, transformarlo y compartirlo.
Al terminar la reunión caminaron hasta la estación.
El viento hacía vibrar las jarillas tan perfumadas, que crecían entre los durmientes y una bandada de tordos levantó vuelo cuando pasaron junto a los antiguos galpones. Don Emilio se agachó con dificultad, apoyó la mano sobre uno de los rieles y permaneció unos segundos en silencio. Después habló casi para sí.
Durante años todos miramos estas vías preguntándonos por qué dejaron de pasar trenes. Tal vez la pregunta correcta sea otra. ¿Por qué dejamos de imaginar que podían volver?
Nadie respondió.
Ceniza recorrió con la mirada el horizonte. Pensó en el cobre escondido bajo las montañas de Uspallata, en el litio de Malargüe, en las industrias de San Rafael y en las viñas infinitas de la Zona Este. Por primera vez no los vio como territorios separados, eran partes de un mismo mapa. Las acequias nacían en la cordillera para dar vida al desierto. Tal vez el desarrollo siguiera exactamente el mismo camino, nacería en un lugar, pero solamente tendría sentido cuando alcanzara a todos.
Don Emilio permaneció unos segundos con la mano apoyada sobre el riel, como si todavía pudiera sentir la vibración de un tren que ya no estaba.
Después se incorporó lentamente y miró hacia la bodega.
¿Saben qué hace falta cuando uno quiere volver a creer en el futuro?, primero, brindar, dijo muy sonriente.
Entraron nuevamente al patio. Uno de los productores apareció con una damajuana envuelta en mimbre. Otro alcanzó una vieja botella de soda de sifón verde, de esas que todavía conservaban la malla metálica para proteger el vidrio. Sin decir una palabra, comenzó a llenar los vasos. El vino se mezcló con la soda formando una espuma breve que desapareció enseguida, como si también ella supiera que los buenos momentos no necesitan durar demasiado para quedarse en la memoria.
Ceniza tomó el vaso entre las manos. Pensó que aquel gesto sencillo había sobrevivido a las modas, a las crisis y al paso del tiempo. Tal vez porque había cosas que no necesitaban reinventarse. Los vasos se alzaron casi al mismo tiempo.
Nadie propuso un discurso.
Don Emilio fue el único que habló: Por los trenes que volverán. Hizo una pausa.
Y por las ciudades que volverán a encontrarse gracias a ellos.
Los vasos chocaron con ese sonido limpio del vidrio que solo existe cuando el brindis es sincero. Ceniza bebió un sorbo y miró una vez más hacia la estación.
El sol de la tarde se apoyaba sobre los rieles como si quisiera devolverles el brillo perdido. Entonces comprendió que el futuro no siempre llegaba haciendo ruido. A veces empezaba así. Con una vía que alguien se animaba a imaginar de nuevo.
Las burbujas subieron despacio, una detrás de otra, iluminadas por el sol de la tarde. Ceniza pensó que los pueblos también se parecían al vino con soda. A veces solo necesitaban un pequeño impulso para volver a levantar su mejor espuma.