Capítulo 18: Mendoza Mineral, Ceniza y Plata
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El peso del deseo. No me digas que este amor fue solo un dibujo en la arena que se lleva el zonda, porque sabés que caló en la piedra.
El viento zonda no limpia; desordena y le hace subir o bajar la presión a las personas, también nos duele la cabeza, y en la pequeña hostería de Uspallata, el desorden era de esa clase que se mete debajo de la piel y en nuestra cabeza como recurrentes recuerdos de lo que fue o pudo haber sido ese amor.
Ceniza no podía dejar de mirar la fotografía ampliada sobre la mesa. Pero ya no miraba los rieles oxidados de Palmira ni la sombra del desconocido entre los vagones. Miraba la espalda de Santiago en la foto, la inclinación imperceptible de sus hombros cuando caminaba junto a ella. Y su boca turgente que tanto le seducía. Se odió a sí misma por el calor punzante que le subió por el cuello, un calor absurdo y a destiempo que nada tenía que ver con las planillas de prospección ni con las reuniones en el Thesaurus.
-No miraba el andén, murmuró Mica, rompiendo el silencio con la voz áspera por el café frío. Miraba cómo él te tocaba el brazo, Ceniza. Como si supiera exactamente en qué momento estabas a punto de ceder.
Plata Hinojosa dejó el pincel con un golpe seco sobre la madera. Tenía los dedos manchados de sombra tostada y los ojos encendidos.
-Basta de mapas, dijo Plata, mirando a Ceniza a los ojos y muy enojada con su colega y amiga que parecía no repuntar. Dejá de esconderte detrás de la geología, Ceniza. No estás furiosa con GreenOre. Estás furiosa porque ese hombre te desarmó la vida en tres meses y todavía sentís el gusto de su boca en la calle de la Quinta Sección.
El reproche quedó flotando como un golpe directo al pecho. Ceniza apretó los puños hasta clavarse las uñas en la palma. Tenía casi cincuenta años, una vida entera construida sobre la disciplina, sobre el control riguroso de cada margen de error, y de pronto se descubría temblando por un fantasma. La traición de Santiago no le había apagado el deseo; lo había vuelto una llama amarga, salvaje, que le quemaba las entrañas cada vez que recordaba el peso de sus manos en la cintura, la mentira amurallada detrás de cada beso.
"Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio". Julio Cortázar, se dijo Ceniza así misma.
Un ruido brusco en el patio hizo crujir la puerta de entrada. No hubo llamados ni advertencias. La puerta se abrió y la ráfaga de aire helado trajo consigo a Santiago. Venía despeinado, con la chaqueta de cuero gastada, el polvo de la cordillera pegado a las botas y ese olor penetrante a pino y viento frío que a Ceniza siempre le había resultado insoportablemente adictivo.
Baltazar dio un paso al frente, pero Santiago ni siquiera lo miró. Sus ojos negros, luminosos y atravesados por un cansancio antiguo, fueron directo a Ceniza.
-No vengas a hablarnos del directorio, soltó Ceniza, poniéndose de pie con una violencia que hizo temblar la mesa. No me importa GreenOre, no me importan tus jefes de Londres ni las planillas que les vendiste. Decime la verdad de una sola vez, Santiago. ¿Todo fue un teatro? ¿Cada noche, cada palabra, cada vez que me dijiste que la montaña no admitía cálculos?
Santiago cruzó la habitación, desarmado y temeroso de ser rechazado por lo único que no lo tornaba anodino. Se detuvo a medio paso, sin tocarla, consciente de la distancia y del abismo que los separaba, pero sosteniéndole la mirada con una entrega absoluta.
- ¿Querés la verdad? - dijo él, con la voz ahogada por el viaje y la falta de aire de la altura. La verdad es que me enviaron para evitar que encontraras lo que Argentina D'Oro había dejado en Uspallata. La verdad es que tenía un sueldo, una identidad falsa y una ruta de salida trazada antes de conocerte. Y la verdad... la maldita verdad es que me olvidé de todo el primer día que te vi apoyada en esa tranquera, mirándome como si pudieras leerme las fisuras de la cara.
- ¡Mentira! -gritó ella, intentando soltarse, aunque el contacto de sus dedos le enviaba una descarga eléctrica que le anulaba la voluntad. ¡Me usaste para llegar a la memoria del territorio!
-Te usé, sí, reconoció él, pegando su frente a la de ella, tan cerca que Ceniza pudo sentir el temblor de su respiración. Al principio sí. Pero decime que no sentiste cómo temblaba la tierra cuando estábamos solos en San Rafael.
Decime que esto que nos pasa no es un cálculo helado. Borra mi nombre si querés, Ceniza, pero no me digas que lo nuestro fue un espejismo en el desierto, porque sería desdibujar la única huella real que dejó mi vida El silencio que siguió en la habitación fue aplastante. Plata y Baltazar se miraron en la penumbra y obviamente agarraron las llaves de la cabaña y se fueron a dar una vuelta. Ellos debían estar solos. Mica bajó la cámara lentamente, comprendiendo que hay zonas de una persona donde ni el mejor lente tiene derecho a entrar y también se fue.
Ceniza sintió que la rigidez del granito que había cultivado durante meses se desmoronaba por completo. La rabia, el orgullo y el dolor se mezclaron en un terremoto de emociones. Con un gemido amargo que era a la vez, reclamo y ruego, le envolvió el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí. El beso no tuvo nada de prudente ni de técnico. El beso no tuvo la prisa de la culpa, sino la devoción de lo inevitable. Fue un reencuentro lento, suspendido en el aire frío de Uspallata, un choque suave de labios y respiraciones contenidas donde la memoria de cada caricia deshizo, una a una, las mentiras, las dudas y los kilómetros de distancia. Santiago la envolvió entre sus brazos con una delicadeza infinita, sosteniéndola con la desesperación mística del que descubre que ha llegado a casa. La apretó contra su pecho no para poseerla, sino para no caerse del mundo, aferrado a ella como si fuera la única certeza sagrada en un universo hecho de identidades falsas.
Cuando se separaron apenas unos milímetros, buscando el aire que la cordillera les negaba, Santiago le acarició el pelo muy dulcemente con su dedo índice.
-El hombre de la foto de Palmira no trabajaba para mí, susurró él, volviendo a esa voz grave que le erizaba la piel. Trabajaba para los que querían eliminarme a mí si me desviaba del plan. Y me desvié, Ceniza. Me desvié en el momento exacto en que preferí perder el contrato antes que verte mirar el mapa con los ojos rotos.
Ceniza cerró los ojos y apoyó despacio la cabeza contra su pecho, escuchando el latido acompasado de su corazón. Sabía que el peligro no había terminado, que afuera, entre los cerros mudos de Uspallata, el negocio del poder seguía tejiendo sus redes invisibles. Pero allí adentro, envueltos en la tibieza de ese abrazo, entre la ceniza del pasado y el fuego que renacía sin prisa, comprendió que el verdadero misterio nunca había estado oculto en la piedra.
Estaba en la peligrosa, hermosa e incontrolable fragilidad de estar vivos.