Mendoza Mineral: Ceniza y Plata
El verdadero secreto de la minería no son los minerales: la incómoda lección del Laberinto de Borges.
-No quiero volver todavía -dijo Ceniza, mirando por la ventana.
Santiago levantó la vista de su mate.
-Entonces no vuelvas.
Ella sonrió.
-No me refiero a eso, no quiero volver siendo exactamente la misma.
El hombre la observó unos segundos.
-Conozco un lugar que quiero que conozcas. Sé que lo has sentido nombrar, pero estoy seguro de que no has ido: el Laberinto de Borges. Vamos todos, invitemos a Plata y a Baltazar. ¿Qué te parece?
El recuerdo de San Rafael irrumpió en la memoria de Ceniza, trayendo los mejores años de su juventud. Con una alegría extrema, dijo:
-Sí, vamos, me encantó la idea.
Entre álamos y viñedos extensos, Plata iba imaginando su próximo cuadro, dibujando sobre una carpeta de hojas apoyada en las rodillas; Baltazar miraba el paisaje con esa atención casi religiosa que le dedicaba a las piedras y a las nubes. Santiago manejaba concentrado pero feliz.
Cuando llegaron, el laberinto apareció como una extraña geometría verde en medio de la llanura. Ceniza se quedó quieta.
-Nunca entendí los laberintos -dijo-. Si uno construye algo, debería saber cómo salir.
Santiago sonrió.
-Ése es el problema de ustedes, los ingenieros.
-¿Cuál?
-Creen que todo tiene salida.
Ceniza soltó una pequeña risa. A un lado, Baltazar levantó la vista hacia el dibujo perfecto de los senderos que iba haciendo su amada Plata.
-La geología es un laberinto -agregó Santiago-. Uno empieza buscando una cosa y termina encontrando otra completamente distinta.
Entraron. Los primeros metros fueron fáciles. Después aparecieron las
bifurcaciones. Sin darse cuenta, cada uno tomó un sendero distinto. Ceniza avanzó sola. Pensó en los informes, en las jornadas, en los gráficos, en los discursos. Pensó en el libro de Argentina D'Oro y en aquella frase: «El verdadero cuento de la minería nunca fueron los minerales. Fueron las personas».
Entonces comprendió algo que le resultó incómodo. Había dedicado media vida a explicar el funcionamiento del mundo físico, pero pocas veces se había
detenido a escuchar el funcionamiento emocional de los territorios. Quizás por eso discutía tanto con Santiago. Porque él hablaba el idioma de las personas y ella el de los procesos.
Giró por otro sendero. No había salida. Retrocedió. Volvió a equivocarse. Y entonces se rio. Una carcajada breve y sincera. La ingeniera de los márgenes de error estaba perdida. Por primera vez en mucho tiempo, la idea no le molestó. A unos metros apareció Santiago. No preguntó cómo había llegado hasta allí. Simplemente se quedó a su lado.
-Sabés, pensaba Borges que un laberinto no es un lugar para perderse. Es un lugar para encontrarse -le dijo.
Ceniza lo miró con cierta admiración, un poco orgullosa, un poco asombrada de su intelectualidad. El viento movía apenas los miles de arbustos de boj en la finca Los Álamos, dándole forma a ese hipnótico laberinto sanrafaelino. Por algún motivo, recordó a Juan Pablo y a Emma, a la carta de 1948, a las promesas incumplidas y a los pueblos que todavía esperan. Pensó también en ella misma. En todo lo que había buscado. Y en todo lo que había dejado de buscar, pero que seguiría hurgando hasta encontrar respuestas a su avidez de investigadora.
-Los laberintos en la obra de Borges representan principalmente la complejidad del universo, el tiempo no lineal y la perplejidad humana -le decía Santiago-. Estas estructuras, mi querida Ceniza Solana, simbolizan la búsqueda constante, y a menudo inútil, de un centro o de un sentido absoluto para la existencia. Reflejan el desconcierto de estar perdidos en la vida, como dice un autor que no recuerdo pero que coincide con tu querer saber siempre.
Tal vez la montaña y vos se parecen más de lo que imaginaba.
-¿Por qué?
-Buscan lo mismo. Y ninguna admite cálculos.
Ella sonrió. Y esta vez el silencio entre los dos no tuvo nada de incómodo.
Por otro lado, en algún rincón del laberinto, Plata dibujaba senderos que terminaban convirtiéndose en raíces. Baltazar observaba las sombras y pensaba que todas las vetas de la tierra eran, en el fondo, caminos que buscan encontrarse. Sobre ellos, el cielo de San Rafael era inmenso.
Y en el centro exacto de aquel jardín de senderos que se bifurcaban, Ceniza tuvo una certeza extraña: la vida, igual que las montañas y los minerales, rara vez entrega sus secretos en línea recta. A veces hay que perderse un poco para descubrir que el verdadero tesoro no estaba al final del camino, sino en las preguntas que uno se anima a hacerse mientras lo recorre.
-En Borges -retomó Santiago en voz baja, mientras doblaban a la izquierda-, el laberinto no siempre es una trampa. A veces es la forma misma del universo. Tal vez el error es creer que el laberinto tiene un centro. ¿Y si el centro es el propio recorrido?
-Eso es un disparate -respondió Ceniza.
-¿Lo es? Vos pensás la vida como un proyecto: un objetivo, un plazo, un
resultado. Borges sospechaba de las líneas rectas. Creía más en las bifurcaciones. En sus cuentos, todos los caminos ocurren al mismo tiempo. El hombre elige uno, pero los otros no desaparecen.
-La realidad no funciona así.
-¿Estamos seguros? ¿La Ceniza que estudió ingeniería no convive todavía con la chica que quería otra vida? ¿El geólogo de la carta de 1948 no sigue viviendo en Emma cada vez que alguien lo recuerda? Quizá el tiempo no pasa como creemos, mi ingeniería. Capaz que damos vueltas. Volvemos a las mismas preguntas con nombres distintos. Y luego la minería, lo nuevo, lo transformador, el miedo... Cambian las personas, pero las preguntas son las mismas.
Toda la vida de Ceniza Solana había estado construida sobre la necesidad de entender. Estudiar una montaña era, de algún modo, traducirla. Analizar la composición de una roca, sus edades, sus deformaciones, era arrancarle al caos un pequeño orden. Sin embargo, allí adentro, rodeada de senderos idénticos, descubrió que el conocimiento también tiene límites. Santiago caminaba unos pasos más adelante, sin prisa, como si conociera de antemano que la gracia del lugar no consistía en llegar a ninguna parte.
Las líneas rectas. Ferrocarriles, puentes, cálculos, cronogramas. Toda civilización parecía apoyarse en ellas. Y, sin embargo, Ceniza pensó que su propia vida no se había comportado jamás de ese modo. Había llegado a la ingeniería por caminos imprevisibles, había conocido personas decisivas por azar y se encontraba allí, en medio de San Rafael, pensando en la memoria de un geólogo desaparecido. Todo parecía obedecer a otra geometría, cósmica y real a la vez.
Siguieron avanzando. Cada bifurcación le producía la impresión de estar dejando algo atrás. No un lugar, sino una posibilidad. Recordó entonces "El jardín de senderos que se bifurcan", aquel texto donde cada decisión no anula las otras, sino que las multiplica. Pensó en las vidas que no había vivido. La mujer que pudo quedarse en otra ciudad. La que pudo dedicarse a la docencia.
La que tal vez habría formado una familia mucho antes. La que jamás habría puesto un pie en la cordillera. Todas parecían caminar a su lado por los pasillos de boj. Por primera vez en muchos años, la idea no le produjo melancolía; le produjo asombro.
Comprendió que el laberinto no estaba hecho de senderos vegetales. Estaba hecho de tiempo. Y acaso la montaña también.
Las cordilleras eran el resultado de millones de años de decisiones geológicas, de choques, de fracturas y de desvíos. Ninguna había sido construida en línea recta. La propia naturaleza parecía preferir las bifurcaciones.
Miró a Santiago. Pensó que, tal vez, también las personas eran así: un conjunto de caminos posibles, de versiones de sí mismas que nunca terminaban de desaparecer. Por primera vez desde que comenzaron las jornadas, dejó de preguntarse quién tenía razón en la discusión sobre la minería. La pregunta le pareció insuficiente.
La verdadera pregunta era otra: cuál era, en verdad, la forma definitiva de sus propios laberintos mentales.