Cuando los números hablan (y las palabras les escriben el discurso)

"Siempre pensé que las palabras y los números vivían en barrios diferentes", dice la autora, como anticipándose a un final distinto a su preconcepto.

Marcela Muñoz Pan

Cuando me invitaron, desde el Consejo Profesional de Ciencias Económicas en San Martín, a dar el discurso de bienvenida a la economista Elena Alonso, debo admitir que al principio me pregunté qué hacía yo en este lugar. Soy escritora, trabajo con palabras. Elena trabaja con números. A simple vista, pertenecemos a especies distintas.

Siempre pensé que las palabras y los números vivían en barrios diferentes. Las palabras son desordenadas, caprichosas, tienen sinónimos, dobles sentidos, ironías, metáforas. Un escritor puede pasar horas buscando un adjetivo porque siente que "gris" no es lo mismo que "ceniza", y que "ceniza" tampoco alcanza para decir exactamente lo que quiere decir.

Los números, en cambio, parecen mucho más disciplinados. Un cinco es un cinco, no acepta convertirse en un ocho porque hoy quedó más simpático. El saldo de una cuenta bancaria no mejora porque uno le escriba un poema, y la inflación tiene la pésima costumbre de no conmoverse ante los buenos argumentos.

Pero mientras pensaba cómo salir airosa de esta presentación, miré el título del libro y entendí que, en realidad, Elena había invadido mi territorio. Porque el libro no se llama Las matemáticas explicadas ni Manual de economía para sobrevivir. Se llama Los números hablan, pero a veces mienten. Y hablar siempre fue asunto de las palabras. Mentir... también. Ahí empecé a sospechar que los números tienen bastante mejor prensa de la que merecen. A las palabras las miramos con desconfianza desde hace siglos. Sabemos que una frase puede manipular, emocionar, exagerar o esconder.

Y, sin embargo, los periodistas saben que una misma cifra puede convertirse en dos títulos completamente distintos. No porque el número cambie, sino porque cambia la manera de contarlo. Uno puede elegir qué dato poner primero, cuál esconder en el quinto párrafo, con qué compararlo y qué contexto omitir.

Los escritores hacemos algo parecido cuando decidimos desde qué personaje contar una historia o qué detalle mostrar y cuál dejar en silencio. Al final, ni las palabras ni los números existen en estado puro. Siempre hay alguien que los ordena, los interpreta y construye un relato con ellos.

Creo que ahí está una de las grandes virtudes de Elena. No escribe para demostrar cuánto sabe; escribe para que los demás entiendan. Y eso, que parece sencillo, es probablemente una de las formas más generosas del conocimiento.

Durante años nos convencieron de que la economía era un idioma reservado para especialistas, una conversación llena de términos técnicos que el resto debíamos escuchar en silencio para no pasar vergüenza. Este libro hace exactamente lo contrario. Nos devuelve el derecho a preguntar, a desconfiar, a pedir contexto y, sobre todo, a recordar que detrás de cada número también hay una historia.

Cuando los números hablan (y las palabras les escriben el discurso)

Por eso hoy no siento que haya presentado un libro de economía. Siento que me paré frente al micrófono para hablar sobre el lenguaje. Un libro que nos recuerda que los números cuentan historias igual que las palabras, con una diferencia importante: las palabras nunca fingieron ser objetivas.

Los números, en cambio, todavía conservan esa fama de inocentes. Y quizás el mayor mérito de Elena sea invitarnos a descubrir que, cuando un número habla, siempre vale la pena preguntarse quién le escribió el discurso.

Qué Requete lindo es dar la bienvenida a libros que nos quitan las vendas de los ojos, nos igualan y nos devuelven la palabra. 

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