La Corona de La Paz y el Agua Bendita

Novela: Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los podés encontrar los domingos en Memo y Mendoza Post.

Lorena tiene la corona visible; Bonardita recibe otra corona invisible, bendita de nombres, mujeres, memoria y pertenencia. Una tiene dieciocho años y acaba de ser coronada por un pueblo. La otra es una bebé que ya empieza a saber quién es. Una representa el presente de La Paz; la otra, el pasado, el presente y el futuro de la idiosincrasia del Este Mendocino.

El bautismo de Bonardita fue un día inolvidable, inolvidable para todo el este. Desde temprano, la casona se había llenado de esos ruidos que tienen las celebraciones familiares cuando nadie se preocupa demasiado por guardar silencio ni quieren guardarlo. Puertas que se abrían, cucharas contra los platos, una olla que hervía en la cocina, pasos sobre las baldosas, chicos corriendo por la galería y el rumor de las mujeres que hablaban todas al mismo tiempo mientras acomodaban las fuentes sobre la mesa larga. Afuera, setiembre había puesto brotes nuevos en las hileras y una luz limpia sobre los caminos del este. El aire olía a esos pastelitos fritos únicos, a albahaca, a tierra regada y a vino recién servido y los niños disfrutando su Mirinda, Seven Up con alfajorcitos de maicena y sándwich de miga caseros en unos primorosos platitos de bautismo.

Pero esa tarde había algo más. Sobre una mesa de madera, junto a las flores y a un pequeño frasco de sahumerios, descansaba una corona, no parecía pertenecer a un bautismo, con el resplandor de muchas mujeres mendocinas pasado por muchas manos y de fiesta en fiesta Nacional de la Vendimia y todavía conservando una parte de las luces del escenario y recitando con algunos de los guionistas. Era la corona de Lorena Lorca.

Hacía apenas unos meses, el nombre de aquella joven de dieciocho años había recorrido Mendoza entera. El 6 de marzo de 1996, en el año en que la Fiesta Nacional de la Vendimia cumplía sesenta años, La Paz había conseguido por primera vez lo que ningún paceño había podido celebrar antes: una Reina Nacional. Lorena había sido elegida con sesenta votos y, durante unas horas, aquel departamento acostumbrado a mirar la fiesta desde la distancia había quedado en el centro de todas las miradas.

La Paz había tenido su primera corona y todos los paceños habían salido a buscarla.

Después vendrían las caravanas, los aplausos, las fotografías, las manos apretadas una detrás de otra, los abrazos de vecinos que quizá nunca habían hablado con ella y que, sin embargo, sentían que algo propio había sucedido. Lorena recordaría mucho después que cuando regresó a su departamento no había dormido durante setenta y dos horas. También recordaría que aquella noche había marcado un antes y un después en su vida.

Pero ninguna de esas cosas estaba escrita todavía en la vida de Bonardita. Allí, por el momento, la reina era simplemente Lorena. La hija de una mujer que también había sido reina, pero de Junín. La muchacha que venía de La Paz y que conocía su tierra, las hileras, el trabajo de las manos y ese orgullo extraño que tienen los pueblos cuando uno de los suyos consigue llegar más lejos de lo que todos imaginaban. Salvador había pensado en ella para la madrina mucho antes de que alguien se lo preguntara, quizás porque entendía que las familias no siempre eligen a sus padrinos por cercanía, la mayoría de las veces los eligen por lo que representan. Lorena representaba una historia que empezaba, de lo que estaba seguro Salvador era que esa historia también definiría aún más lo que se conocía de su abuela Bonarda y su tía Malarda. Respetar el pasado para no olvidar el futuro.

Cuando Lorena llegó a la casona, las conversaciones se fueron apagando de a poco. No porque llevara una corona sobre la cabeza, sino porque todavía parecía traer consigo algo de aquella noche de marzo. La joven reina había dejado los atributos en algún lugar, para asumir un compromiso que enternecía aún más su ser. Entró con la sencillez de quien conoce las casas del este y, antes de saludar a todos, fue directamente hacia la cuna. Bonardita dormía. Tenía los puños cerrados y una expresión seria, como si incluso dormida estuviera intentando recordar algo que todavía no sabía. Lorena se quedó mirándola durante unos segundos, después una emoción inmensa se apoderó de ella, levantó a la niña para ayudar a su madre (comadre) a vestirla para el bautismo, con un vestidito de organza en tonos pasteles rosas y casi blanco, un blanco natural. El padrino era Alfredo, dueño de los Jardines de Fátima de Medrano. Literalmente era un bautismo casi bíblicamente esteño, La Paz con Lorena, Alfredo con Fátima, Salvador su padre.

En la iglesia, el sacerdote había preparado el bautismo como tantos otros, bancos ocupados por familiares, vecinos, amigos y compadres. Algún niño inquieto, alguna abuela acomodándose el vestido. El perfume de las flores mezclado con el olor antiguo de la madera con moños blancos, daban la sensación de paz, de reencuentro.

Lorena sostuvo a Bonardita entre sus brazos, la niña era la más bella de las niñas, con todo el amor por delante. Alfredo se acercó con su elegante traje azul, el sacerdote comenzó con la ceremonia religiosa, pronunció las palabras del bautismo, el agua cayó, Bonardita abrió los ojos, no lloró. La niña miró hacia arriba con esos ojos color miel que todavía parecían demasiado grandes para su rostro. La madrina bajó la mirada y durante unos segundos ninguna de las dos se movió.

Había algo en esa mirada que no podía explicarse, como si la bebé estuviera reconociendo a alguien. Las familias tienen una memoria que no necesitan palabras. El agua bendita no bendijo solamente la frente de Bonardita, sino también una historia que venía de mucho antes.

La tarde de glicinas comenzó a perder luz, y el tren que ya había pasado Desaguadero, volvió a hacerse escuchar detrás de los árboles. El vinito con soda ponía más amable y alegre esas bendiciones, empanadas al horno casero por supuesto, la torta de color amarillo bebé y blanco con un diseño de suaves mariposas de colores amarillo limón, fresca, suave hecha por una de las trillizas, las historias de las reinas de la vendimia y recuerdos que se repetían porque en las familias no siempre importa contar algo nuevo: a veces importa seguir contando lo mismo para que nadie lo olvide.

Antes de que la noche terminara de asentarse sobre los parrales, el brindis se hizo alto. Sirvieron el Bonarda en las copas talladas con la B de Bonardita y como souvenir para que los invitados se llevaran. Alfredo levantó la suya hacia la familia, a Lorena, en un gesto silencioso entre Medrano y La Paz, invitando a festejar el cumpleaños de Bonardita en Los Jardines de Fátima. Una brisa fresca bajó de la cordillera, moviendo suavemente los lazos de organza del vestido de la niña y las hojas del olivo madre en el patio. Las trillizas se miraron entre sí sin decir palabra: sabían que cuando el agua bendita de la fe y el orgullo de un pueblo se juntan en la cuna de una criatura, la historia no solo se continúa, sino que se vuelve invencible.

La Corona de La Paz y el Agua Bendita
La Corona de La Paz y el Agua Bendita

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