El regalo que vino con pedal, dos ruedas y la 8 en la espalda
Novela Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los podés encontrar los domingos en Memo y Mendoza Post.
Al final, las promesas verdaderas no se miden por la puntualidad del reloj, sino por el peso del alma que se pone en juego para cumplirlas.
Se acercaba el cumpleaños de Bonardita, sus siete años en 1997. Cuando la bautizaron, su padrino Adolfo Alfredo Lucero y su madrina Lorena Lorca, había dispuesto festejarlo en Los Jardines de Fátima en el departamento Tres Esquinas de Junín, con un espacio enorme de verdes por todos lados para que los niños jugaran sin problema ya que es un complejo familiar enfocado en brindar un servicio personalizado y cálido para cumpleaños y eventos especiales.
Si había un regalo que había puesto en primero lugar la niña era una bicicleta, por qué, porque Bautista y su amigo Javier le habían enseñado a andar, pero no tenía una, entonces Javier le decía: Te prometo que yo te compro una y el domingo te la traigo.
Imagínense cómo pasó los días la niña, ansiosa, curiosa, pensaba de qué color sería, a qué hora vendría Javier, si tendría rueditas, literalmente los volvió locos a sus padres. Ese domingo iban los padrinos a almorzar para empezar a organizar el cumpleaños, si bien faltaba, pero Bonardita era Bonardita, todo requería tiempo, dedicación y amor. Para almorzar Lorena llevó unos ñoquis de papa caseros rellenos de queso y Ana Eliana preparó un exquisito estofado de pollo, era el preferido de la niña para calmar la ansiedad de esperar a Javier con su bici prometida.
Pasaban las horas y Javier no llegaba, cada uno entretenía a la niña como podía, juegos de mesa, adivinanzas y Salvador (su padre) ya no sabía cómo contenerla. Compraron helado, el postre preferido de Bonardita de chocolate y menta granizada, pero nada calmaba su ansiedad y también un poco desilusionada porque atardecía, el día se iba se iba y se iba. A Lorena se le ocurrió bailar las canciones de Gilda, que había fallecido hacía pocos meses y ahí la cosa cambió un poco porque todos comenzaron a bailar, a reírse a disfrutar como si fuera realmente un domingo muy festivo.
Lo que nadie sabía es que a Javier le tocó poner el cuerpo en la cancha del Albirrojo jugando un partidazo del Torneo Argentino A contra Independiente Rivadavia. Aquel domingo de mayo del '97, San Martín le dio un baile memorable a la Lepra con un 4 a 0 aplastante (goles del "Tractor" Agüero, Morán y Bertolini) y Javier terminó corriendo por toda la banda con las medias abajo, dejando el alma en el césped.
Esa tardecita de otoño, el sol caía tibio sobre el patio de la casona. Bautista salió a fumar a la galería y preocupado por lo que le podía haber pasado a Javier, mientras Bonardita iba y venía de la galería a la casa, preguntándole insistentemente a Bautista por Javier.
En eso se escucha el clack-clack de la cadena y el frenazo ruidoso sobre la granza. Era Javier que llegaba en su bicicleta de siempre, despeinado, con la remera del Chacarero puesta y algo grande empujando sobre el manubrio.
- ¡Buenas y santas!, gritó tirando su bici contra la pared. ¡Llegó la encomienda atrasada!
De atrás del carolino sacó el verdadero regalo: un rodado 14 color blanco brillante, con rueditas traseras, un timbre de bronce bien escandaloso y un moño inmenso color azul.
Bonardita soltó la corona de flores que le hizo Lorena, se limpió las manos en el pantalón y se le fue encima con los ojos como dos faroles.
¡Es para vos, enana!, dijo Javier, poniéndose de cuclillas para ajustarle la altura del asiento. Te la debía desde el día del bautismo, pero acordate que ese domingo le metimos cuatro a la Lepra, así que esta bici viene con chapa de campeona.
¡Mirá, Bautista! ¡Tiene timbre!, gritó la niña haciendo sonar el ¡Riiiing! que retumbó en toda la galería. Bautista largó la carcajada, y todos fueron saliendo a la galería a ver el regalo prometido. También todos respiraron tranquilos porque el domingo de promesas se había cumplido, según Lorena le había pedido al espíritu de Gilda que sucediera.
- ¡De acá no me baja nadie!, dijo Bonardita, saliendo en primera velocidad hacia la vereda, mientras todos corrían detrás de la niña para cuidarla.
Entre las risas y los aplausos de la familia, Salvador y los padrinos la escoltaban en sus primeros metros mientras la bici blanca brillaba bajo los últimos rayos del sol. Fue ahí cuando Bautista, al ver la remera albirroja sudada de Javier y las medias caídas, le dio una palmadita en la espalda y lo encaró con una sonrisa de oreja a oreja:
- ¡Che, pero al final la espera tenía una buena excusa! ¿Cómo salió el Chacarero?
- ¡Cuatro a cero, Bautista! ¡Cuatro a cero le metimos a la Lepra!, gritó Javier con los brazos en alto, todavía respirando el triunfo.
La noticia corrió por la galería como reguero de pólvora. Salvador se sumó al abrazo, el padrino Adolfo Alfredo descorchó una botella de vino para celebrar la victoria y Lorena sirvió un vaso bien fresco para el campeón de la tarde. Entre brindis, felicitaciones por la goleada y el eco del timbre de bronce resonando una y otra vez por el callejón, el domingo no solo cerró con la promesa cumplida para Bonardita, sino con una fiesta completa donde el amor de la familia y la alegría del León del Este se abrazaron para siempre.
Más allá del 4 a 0 y del metal reluciente del rodado 14, aquel atardecer de otoño dejó una enseñanza silenciosa: la espera, que para la niña había sido una eternidad de dudas, no era más que el tiempo necesario para que el destino tejiera su redención. Al final, las promesas verdaderas no se miden por la puntualidad del reloj, sino por el peso del alma que se pone en juego para cumplirlas; y el timbre de esa bicicleta blanca sonó en la galería no solo como un juguete nuevo, sino como la confirmación de que, a veces, la felicidad es simplemente el reencuentro de la lealtad con el amor.