El nacimiento de Bonardita
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Las familias se continúan por las palabras que alguien decide guardar, por las recetas que pasan de una cocina a otra, por los lugares que nadie abandona del todo, por los objetos que sobreviven a sus dueños, por las canciones que vuelven a sonar después de décadas y por esos nombres que parecen pequeños, pero cargan una historia entera. Bonardita era uno de esos nombres.
El nacimiento de Bonardita
Mendoza Este atravesaba la década de los 90 entre la modernización de las bodegas, la conversión de las viñas y el aroma a barrica nueva mezclado con las viejas tradiciones. En la casona, rodeada de galerías con glicinas y el crujido constante del tren a lo lejos, se respiraba una dulce expectación: la familia volvía a agrandarse, pero esta vez con un halo de enigma que mantenía en vilo a todo el Barrio Las Bonardas y Las Malardas. Llegaban las trillizas, hijas de Malarda a San Martín, con sus hijos e hijas, para abrazar a Alicia y Bautista por la pérdida de Aldo. Las había ido a buscar Javier al aeropuerto junto a Bautista.
Aquel 18 de septiembre, en la antesala misma de la primavera de los años 90, la luz del este mendocino tenía un brillo distinto, más cálido, presagiando el despertar de la tierra. Las Astromelias también llamadas lirios de los Incas y los brotes de los jazmines paraguayos, comenzaban a despuntar en las cepas pregonando que el invierno finalmente quedaba atrás.
En la casona ya no estaban las gemelas para marcar el paso con el golpe del bastón ni para rezongar por el hollín del fuelle o los ovillos olvidados. Doña Bonarda y Doña Malarda eran un puñado de recuerdos acomodados en los retratos con marco de ópalo, una sombra buena bajo el olivo y ese modo de nombrar las cosas que a uno se le queda pegado en la lengua sin darse cuenta. Pero la mesa seguía siendo larga y el patio juntaba las mismas tardes, los mates que encuentran las pausas y el olor de la primavera que perfumaba los abrazos del encuentro.
Alicia sintió alivio al ver a sus primas llegar con toda la familia, como antes, como siempre unidas por las emociones y las sorpresas como el nuevo nacimiento. El misterio de la panza de septiembre traía a las trillizas de un lado para otro. Da igual de cuál de las tres viniera la sangre directa, si del lado de la Ana Eliana con sus papeles y sus poemas, de la Ana Luisa y sus pinceles manchados de acrílico, o de la Ana Belén que siempre sabía cuándo iba a llover antes de que apareciera la primera nube en la cordillera. Entre las hermanas no había celos ni cuentas sacadas a lápiz; la criatura era de todas, como son de todos los rimeros brotes cuando la viña despierta.
A última hora de la tarde de ese 18 de septiembre, justo cuando el sol comenzaba a teñir de violeta el horizonte de San Martín, se escuchó el primer llanto limpio y fuerte de la recién nacida. Al atardecer, el riego a manto empezó aliviar a la tierra y las catitas buscaban la copa de los pimientos, se oyó el primer grito. Un llanto afinado, de esos que avisan que hay alguien con ganas de hacerse oír.
Bonardita anunció sus ojos color miel y una sonrisa poco usual en los bebes cuando nacen. Nació ahí, a tres días del 21, con la primavera a punto de reventar en los surcos y con toda la historia de la familia esperándola en la mesa del patio para convidarle el primer trago de vida.
No tardaron en llegar las primeras visitas, en el este las noticias importantes no necesitaban teléfonos ni periódicos: alcanzaba con que una ventana se abriera, que alguien cruzara la acequia o que una bicicleta apareciera por el camino de tierra. Para cuando la noche terminó de acomodarse sobre los viñedos, medio barrio ya sabía que había nacido una niña en la casona.
Bonardita se anunció y luego de un bostezo profundo, se durmió. Dormía con esa solemnidad que tienen los recién nacidos, como si todavía no hubieran decidido si pertenecer al mundo de los vivos o continuar un rato más en el misterio tibio del vientre. Tenía las manos cerradas y la boca apenas entreabierta. Cada tanto hacía un pequeño gesto, una mueca diminuta, como si estuviera recordando algo que nadie más podía conocer.
Las tres hermanas se turnaban para mirarla.
Ana Eliana la observaba como quien contempla una página en blanco, no quería escribir sobre ella todavía porque le parecía demasiado pronto. Había pasado buena parte de su vida ordenando fotografías, cartas, nombres, fechas y silencios familiares, intentando que nada importante se perdiera. Pero frente a aquella criatura comprendió que algunas historias no debían archivarse: había que dejarlas crecer.
Ana Luisa, en cambio, miraba sus manos. Le fascinaban las manos de los recién nacidos porque todavía no tenían oficio, ni costumbre, ni memoria visible. Eran pequeñas promesas. Pensó que algún día esas mismas manos podrían pintar, diseñar, plantar, escribir, cocinar, tocar un instrumento o simplemente acariciar el rostro de alguien que todavía ni siquiera había nacido.
Ana Belén fue la primera en acercarse a la cuna, no dijo nada. Le acomodó apenas la manta y después se quedó mirándola durante varios minutos. Tenía esa sensibilidad que siempre le había permitido descubrir antes que los demás aquello que estaba por suceder. Quizás por eso fue ella quien sintió que Bonardita no había llegado solamente para continuar una familia. Había llegado para transformarla. Afuera, el tren pasó lentamente.
El ruido metálico recorrió la noche como una larga respiración. En la casona todos quedaron en silencio hasta que el último vagón desapareció detrás de los árboles. Era extraño pensar que durante tantas generaciones aquel mismo sonido había acompañado nacimientos, partidas, regresos, fiestas, enfermedades, amores y despedidas, ahora acompañaba a Bonardita.
La niña abrió los ojos, fue apenas un instante, pero alcanzó para sentir la presencia de su bisabuela Bonarda, como si llegara de otro universo para dar su bendición. Durante unos segundos no hubo en su rostro ninguna expresión reconocible. Ni alegría, ni nostalgia, ni sorpresa. Después sonrió, una sonrisa pequeña, casi secreta, como si hubiera reconocido algo.
Malarda estaba detrás de ella, también miró a la niña. Las dos hermanas permanecieron juntas, una al lado de la otra, contemplando a aquella nueva criatura que todavía no sabía que llevaba sobre sus hombros un apellido convertido en leyenda. Bonarda tomó aire y desparecieron con el mismo.
Las familias se continúan por las palabras que alguien decide guardar, por las recetas que pasan de una cocina a otra, por los lugares que nadie abandona del todo, por los objetos que sobreviven a sus dueños, por las canciones que vuelven a sonar después de décadas y por esos nombres que parecen pequeños, pero cargan una historia entera. Bonardita era uno de esos nombres.
La habitación olía a leche, a madera antigua y flores de septiembre. Desde el patio llegaba el perfume húmedo de la tierra recién regada, las glicinas se movían suavemente sobre la galería y, más lejos, las primeras luces del barrio comenzaban a encenderse. La primavera todavía no había llegado oficialmente, pero en aquella casa ya había empezado.
Bonardita empezaba a crecer rodeada de tres abuelas posibles, un padre como Salvador no iba a hacer diferencias, de una familia que había aprendido que la maternidad podía tener muchos nombres y de dos mujeres que habían pasado casi toda su vida intentando comprender por qué el destino las había separado para después volver a ponerlas frente a frente.
Nadie quiso explicarle demasiado pronto quién había sido Bonarda. Ni quién había sido Malarda. Ni por qué su nombre llevaba el eco de una mujer que había atravesado generaciones enteras, eso vendría después. Primero debía aprender a caminar, después vendrían las preguntas. Y más tarde, cuando tuviera edad suficiente para comprender que una familia también puede ser un territorio, alguien le mostraría las fotografías antiguas, el cuaderno a rayas, las cartas, los retratos y aquel árbol familiar que parecía no terminar nunca. Tal vez entonces descubriría que antes de ella habían existido dos niñas separadas por una tormenta, dos mujeres que tardaron una vida en encontrarse.
Tres hermanas que aprendieron a compartir una historia que no pertenecía completamente a ninguna, y ahora ella: Bonardita.
La niña que había nacido un 18 de septiembre, cuando Mendoza Este comenzaba a oler fresias y jazmines. La niña que llegaba justo antes de que el siglo cambiara. La niña que, sin saberlo, traía consigo una pregunta que nadie todavía se animaba a formular: ¿qué historia podía comenzar después de tantas historias?
Afuera, una ráfaga movió las hojas de los álamos.
Y aquella noche, en una casa llena de recuerdos, acababa de nacer la próxima transformación.