Las voces que no envejecen

La novela de Bonarda y Malarda, pueden encontrar todos los capítulos los domingos en Memo y Mendoza Post.

El año 1986 fue un momento vibrante para la vida cultural de San Martín. Tras el retorno de la democracia en 1983, a mediados de la década de 1980 se consolidó una efervescencia comunitaria muy particular: la libertad de expresión, el renacer de las instituciones intermedias y la necesidad de reafirmar la identidad local del este.

El Teatro Cervantes, el Ducal, continuaban siendo el corazón cultural y arquitectónico de la ciudad. Durante 1986 no solo albergaba obras dramáticas y espectáculos líricos o folklóricos que llegaban desde la capital provincial o Buenos Aires, sino que también era la sede de actos escolares masivos, galas de fin de año y encuentros de las colectividades y los típicos bailes de las promociones.

El cine seguía reuniendo a la comunidad. Era la época de los cines de barrio y de sala tradicional, donde las familias y los jóvenes se encontraban los fines de semana. Las películas nacionales que retrataban la época (e internacionales) pasaban por las pantallas locales semanas después de sus estrenos en la capital. Y otra estrella importantísima fue la explosión de la frecuencia modulada (FM) en el departamento. Los músicos, poetas, escritores, fueron encontrando su lugar en el mundo, Rizziero Catapano había creado la FM más escuchada del este: La Merlín. Se metía por las hendiduras de los postigos, en los autos, creando un estilo propio y necesario.

El teatro, que durante décadas había proyectado las sombras brillantes de las estrellas de cine y albergado los aplausos de las noches doradas de la sociedad sanmartiniana, amaneció con las puertas de madera maciza abiertas de par en par. Adentro, entre el olor a madera barnizada, terciopelo antiguo y la nostalgia del celuloide, no había una película en cartelera. Los vecinos se agolpaban en las veredas y en la platea del Cervantes.

La huella de la inmigración (italiana, española y las comunidades de países limítrofes) estaba muy presente en la vida cotidiana de 1986. Centros como la Sociedad Italiana y las agrupaciones españolas eran motores de vida social, organizando banquetes, bailes familiares y talleres artísticos. A nivel gastronómico y de tradiciones, las recetas familiares, el vino casero y las peñas eran el canal habitual de transmisión cultural entre abuelos, padres e hijos. El folklore y las peñas respiraban tonadas, cuecas y zambas.

1986 fue el año cumbre del rock argentino tras el éxito de bandas como Soda Stereo, Enanitos Verdes (orgullo mendocino en pleno despegue internacional), Los Fabulosos Cadillacs y Virus. En San Martín, los jóvenes formaban sus primeras bandas de garage y se presentaban en los bailes de los clubes deportivos o en festivales estudiantiles.

Años que habían devuelto alegría en las plazas, los teatros y las radios a la gente. También había devuelto una costumbre antigua: quedarse un rato más después de cada función, de cada concierto, de cada película, simplemente para conversar. Como si la palabra hubiera regresado del exilio junto con la democracia.

Bonarda descubría ese renacimiento con una extraña mezcla de alegría y orfandad. Las ciudades también enviudan, pensaba.

Hay edificios que, cuando pierden las voces que los habitaron, se vuelven apenas ladrillos. Pero otros hacen exactamente lo contrario: guardan cada respiración hasta convertirla en memoria. El Teatro Cervantes pertenecía a esa especie rara de los lugares que nunca terminaban de vaciarse. Aunque el telón descendiera y las luces se apagaran, algo permanecía flotando entre las butacas, como el perfume de un ramo de flores olvidado al pie del escenario. Quizá la cultura fuera eso. La forma más elegante que tiene un pueblo de negarse al olvido.

Bonarda caminaba entre sus recuerdos, despacio por las veredas de los encuentros con su hermana que había partido, sus padres que tanto extrañaba. De alguna ventana escapaba una melodía de Soda Stereo; unas cuadras más allá, una guitarra ensayaba una cueca, lo cierto es que las radios habían dejado de ser simples aparatos apoyados sobre una heladera o una mesa de luz. Eran una compañía. La mañana comenzaba con las noticias y terminaba con las voces familiares que parecían entrar a cada casa sin golpear la puerta. En esos años, LV6 Radio Nihuil marcaba el pulso de la provincia y, entre la información, la música y la actualidad, aparecía un momento esperado por todos. Bastaban unos pocos segundos para reconocer aquellas voces inconfundibles de Don Rosa y Don Ponciano, los personajes creados por el mendocino Jorge Sosa. Los almacenes detenían la conversación, en las fincas alguien subía el volumen del pequeño transistor y hasta los camioneros demoraban unos kilómetros el viaje para escuchar el remate del sketch. El humor tenía esa extraña virtud: durante unos minutos lograba que un pueblo entero se riera al mismo tiempo. Y después de tantos años oscuros, reír juntos también era una forma de recuperar la libertad.

Entonces, Bonarda, comprendió algo que nunca antes había pensado. Las personas morían. Las voces no. Había voces que seguían viviendo en las recetas, en los poemas aprendidos de memoria, en la manera de cebar un mate, en una tonada heredada de los abuelos, en el modo de pronunciar el nombre de una calle o de una acequia. Y otras permanecían escondidas en el silencio. Como la de Malarda a la que tanto extrañaba.

Las voces que no envejecen

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