El fin de la abundancia

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La muerte de Bonarda no fue solamente una ausencia y un profundísimo dolor para su hija Alicia, sus sobrinas, nietos y bisnietos, fue el instante en que la casa dejó de reconocerse a sí misma, como si de pronto hubiera olvidado el nombre de quienes la habían habitado durante tantos años.

Hay hogares que aprenden el olor de las personas, el peso de sus pasos, la manera en que una puerta se abre cuando alguien llega cansado, el ruido particular de una taza apoyándose sobre una mesa. El Barrio Las Bonardas lo sabía. Las paredes habían absorbido durante décadas el perfume del mosto, del pan recién horneado, de las hierbas aromáticas como la menta, albahaca, perejil que Bonarda colgaba bajo la galería para que el verano no las venciera. Habían aprendido su voz, sus silencios, sus pequeñas ceremonias domésticas, incluso esa forma suya de caminar por la cocina como si cada objeto tuviera un sitio elegido desde siempre con su enrome significado.

Cuando murió, no desapareció solamente una mujer: se desorientaron los cuatro elementos, aire, fuego, tierra y agua.

La cocina quedó demasiado grande y la luz empezó a entrar de una manera extraña por las ventanas. Sobre una silla permaneció su chal de lana hecho por Malarda, doblado con la serenidad de quien cree que volverá después de hacer un mandado; en la alacena siguieron descansando los frascos de duraznos, tomates, membrillos y nueces, ordenados con aquella letra prolija que parecía haber sido escrita para durar más que ella. Nadie se animó a abrirlos durante mucho tiempo, porque algunas conservas dejan de guardar fruta cuando muere quien las preparó y comienzan a guardar otra cosa, una tarde, una voz, una cocina llena de vapor, unas manos que pelaban duraznos. Los objetos tienen esa crueldad silenciosa: permanecen exactamente donde los dejamos mientras nosotros envejecemos alrededor de ellos. Por eso una silla vacía puede doler más que una fotografía y un mate olvidado puede contener una vida entera.

Los domingos siguieron llegando, porque los domingos tienen la obstinación de las cosas que no entienden de pérdidas, hablan otro idioma, los domingos como prolongación de los lunes de hastío. La mesa se hacía más pequeña, aunque siguiera teniendo el mismo tamaño, las conversaciones se demoraban en recuerdos cada vez más lejanos y las vendimias comenzaron a contarse como se cuentan las historias de la infancia, con fechas que ya nadie está completamente seguro de recordar. Se hablaba de las cosechas abundantes, de los años en que las acequias llevaban agua suficiente, de los trenes cargados de cajones, de hombres que volvían de las fincas con las manos oscuras y el cansancio feliz de quien sabe que el esfuerzo tiene una recompensa. El tiempo dejó de medirse por calendarios y empezó a medirse por ausencias. Primero faltó una persona en la mesa, después una voz en el patio, luego una costumbre, y finalmente comenzó a faltar aquello que parecía imposible que alguna vez pudiera faltar: la sensación de que el mundo continuaría siendo igual al día siguiente.

Afuera, casi sin que nadie pudiera señalar el momento exacto, comenzó otra clase de silencio. Primero callaron algunos silbatos, después los andenes, luego las vías fueron quedando inmóviles, como si también ellas hubieran perdido la memoria del movimiento. Hasta que el tren dejó de pasar por Palmira y el pueblo comprendió, quizás demasiado tarde, que un ferrocarril nunca transporta solamente pasajeros. Lleva cosechas, cartas, noviazgos, despedidas, noticias, obreros con las manos todavía manchadas de tierra, mujeres que viajan con una valija pequeña y hombres que prometen regresar antes del invierno. Lleva la ilusión de que siempre existe un lugar hacia donde ir y, sobre todo, la certeza de que alguien puede volver. Cuando dejó de pasar, no desapareció solamente un medio de transporte: se apagó una manera de mirar el horizonte. Los galpones comenzaron a llenarse de polvo, las puertas perdieron el brillo de las manos que tantas veces las habían empujado y las estaciones quedaron suspendidas en una espera sin destinatario. No era todavía abandono, era algo más triste: el tiempo aprendiendo un nuevo oficio y borrando lentamente las huellas de aquel que había tenido antes.

La tierra también comenzó a cambiar. Ya no alcanzaba con quererla; ahora debía ser rentable. Las viejas acequias, que durante generaciones habían llevado el agua como una conversación secreta entre la montaña y las fincas, empezaron a convivir con mangueras negras que parecían venas artificiales tendidas sobre la tierra. Los más viejos las miraban con una mezcla de desconfianza y resignación, no porque no comprendieran su utilidad, sino porque sabían que cada innovación llevaba escondida una despedida. Los jóvenes, en cambio, entendían que el futuro no pedía permiso. Había que producir, vender, competir, exportar, cambiar las botellas, las etiquetas, los nombres y hasta la manera de contar el vino. El progreso no llegaba como una tormenta que uno pudiera ver desde lejos; llegaba como llegan las estaciones, ocupando primero una esquina de la vida hasta terminar adueñándose de todo. Y cada vez que algo nuevo aparecía, algo antiguo quedaba un poco más lejos.

Entonces apareció un hombre llegado desde Buenos Aires, demasiado joven para comprender el peso de aquellas raíces y demasiado moderno para creer que las raíces fueran suficientes. Hablaba de mercados, marcas, etiquetas, exportaciones; pronunciaba la palabra vino con la misma naturalidad con la que otros pronunciaban empresa. Al principio fue recibido como una amenaza, porque para quienes habían heredado la tierra de sus padres y sus abuelos había palabras que no podían separarse de las personas que las habían pronunciado antes. Una finca no era solamente una finca. Tenía un apellido, una historia, un árbol bajo el cual alguien había esperado una noticia, una acequia donde algún niño había aprendido a mojarse los pies. Después, lentamente, el mercado empezó a darle la razón, esa forma de razón que casi siempre llega cuando ya es tarde y que no necesita convencer a nadie porque las cosas ya han cambiado.

Las fincas comenzaron a cambiar de dueño y las escrituras reemplazaron los abrazos. Los límites dejaron de reconocerse por los árboles, por las acequias o por el nombre de una familia y empezaron a reconocerse por papeles. La tierra comenzó a tener precio y, cuando la tierra tiene precio, siempre aparece alguien dispuesto a preguntar cuánto vale aquello que para otro no tiene valor posible. Las despedidas también cambiaron. Antes se hacían alrededor de una mesa, después frente a una tumba y finalmente comenzaron a ocurrir en las terminales de ómnibus, donde los hijos subían con una valija demasiado pequeña para todo lo que dejaban atrás y prometían volver antes de que terminara el invierno. Casi todos lo decían. Tal vez porque nadie se va sin inventarse una fecha de regreso.

Una tarde, Alicia y las trillizas, que ya habían crecido y también empezaban a despedirse de muchas cosas, caminaron hasta la estación. Ya no tenían la edad de esperar demasiado, pero sí la edad de comprender que el tiempo se vuelve más precioso cuando uno empieza a verlo pasar. No iban a esperar al tren. Iban a despedir lo amado, a comprobar con sus propios ojos que el silencio también podía tener domicilio. Caminaron despacio por el andén vacío, mirando aquello que alguna vez había sido movimiento y ahora parecía una fotografía abandonada al sol. El viento cruzó los rieles y levantó una hoja seca de parra, la hizo girar unos metros y finalmente la dejó atrapada entre los metales oxidados. Alicia la miró durante un largo momento y nadie dijo nada. No hacía falta. En aquella hoja parecía haberse concentrado todo lo que se estaba yendo: la vid, la cosecha, la vendimia, las manos de Bonarda, las conversaciones familiares, los trenes, los galpones, las tardes de verano, la abundancia de una época en la que todavía parecía posible creer que ciertas cosas no terminarían nunca.

Alicia se agachó y recogió la hoja con una delicadeza de siempre, casi religiosa. La sostuvo entre los dedos y comprendió que la memoria no vive solamente en quienes recuerdan, también respira en las estaciones vacías, en las viñas arrancadas, en las acequias que ya no llevan agua, en los frascos que nadie se anima a abrir, en una taza olvidada sobre una mesa, en una silla donde todavía parece posible que alguien vuelva a sentarse. La memoria tiene una extraña forma de sobrevivir: se esconde en las cosas pequeñas y espera. A veces basta un olor, una canción, una fotografía, una hoja de parra atrapada entre dos rieles para que un mundo entero regrese durante unos segundos y vuelva a ocupar el lugar que nunca dejó del todo.

Quizás por eso la muerte de Bonarda había dolido tanto. Porque no había muerto solamente una mujer. Con ella parecía comenzar a morir una forma de habitar el tiempo. Y eso era más difícil de aceptar que la muerte misma. No era solamente la desaparición de una persona, ni el silencio de los trenes, ni la transformación de las fincas, sino la sensación de que un mundo podía desaparecer sin hacer ruido, mientras quienes todavía lo recordaban seguían caminando sobre sus restos.

Alicia guardó la hoja de parra en el bolsillo, no sabía para qué. Tal vez para llevarse algo que todavía no podía explicar, tal vez porque hay cosas que uno guarda no para recordar sino para no olvidar quién fue. El viento volvió a pasar sobre las vías y durante un instante pareció escucharse, muy lejos, el silbato de un tren. Nadie quiso comprobar si era real. Algunas cosas necesitan permanecer en ese territorio incierto donde la memoria y el deseo se confunden.

Mientras exista alguien capaz de contar aquella historia, Bonarda no habrá desaparecido del todo; mientras alguien recuerde el ruido de los trenes, Palmira seguirá teniendo una estación; mientras alguien vuelva a abrir un frasco, a regar una viña, a descorchar una botella o a nombrar a quienes estuvieron antes, aquel mundo seguirá respirando debajo de la tierra. Porque los pueblos no desaparecen cuando pasa el último tren, sino cuando nadie recuerda hacia dónde iba.

El fin de la abundancia


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