La vida sigue en los pasillos del Perrupato
Novela Bonarda y Malarda Todos los capítulos los pueden encontrar los domingos en Memo y Mendoza Post.
El pasillo del hospital Perrupato en San Martín olía a creolina, a café frío de máquina y a ese silencio espeso que solo dejan las urgencias médicas cuando la puerta de urgencia se cierra. Adentro, el equipo médico intentaba estabilizar el cuadro; afuera, el tiempo se había vuelto una sustancia densa, casi imposible de respirar.
Bautista estaba apoyado contra la pared de azulejos blancos, con las manos hundidas en los bolsillos del saco, sintiendo el latido acelerado de sus sienes. El infarto había caído como un rayo en medio de la tarde, cortando la conversación de golpe, justo en el instante en que las palabras estaban por salir de su boca.
Javier, su amigo de la infancia, se acercó despacio. Traía dos vasos de plástico con café humeante y le ofreció uno. Bautista lo aceptó con un asentimiento cansado, sin mirarlo directamente.
Los médicos dijeron que hay que esperar, dijo Javier, rompiendo el murmullo del pasillo. La primera hora es crucial, pero está fuerte. Ya sabés cómo es.
Sí, murmuró Bautista, dando un sorbo amargo. Pero estas cosas te demuestran que uno vive haciendo planes como si el tiempo fuera infinito, Javier. Y la verdad es que la vida te cambia en un segundo y comienza a preocuparme mi madre también.
Javier se cruzó de brazos, observándolo de perfil. Durante meses había notado a Bautista taciturno, cargando un secreto o una idea que no se atrevía a soltar entre las reuniones familiares y las idas y vueltas de la finca.
Bautista, dijo Javier, bajando el tono de la voz. Justo antes de que se descompensara tu papá, me dijiste que necesitabas hablar a solas conmigo, que había algo urgente que plantearme. Y después pasó todo este desastre.
Bautista miró el vaso de plástico entre sus manos, viendo cómo el vapor se disipaba en el aire frío del hospital. El susto del infarto no solo había sacudido la casa; le había quitado de golpe el miedo a hablar.
Tenés razón, contestó Bautista, levantando la mirada por primera vez. No quiero guardarme más nada. Lo que pasó hoy me demostró que el corazón no siempre espera, y hay decisiones que no pueden quedar atragantadas por prudencia o por temor al qué dirán.
Javier se sentó en el banco de metal, decime, ¿Qué era lo que ibas a plantearme? Como para romper un poco
He estado analizando los movimientos de empaque de la zona, la demanda que se viene con las cosechas, los comercios del centro de San Martín y el circuito del este, explicó Bautista entusiasmado. Traigo una idea y una oportunidad excelente para tu emprendimiento. Creo que, si organizamos bien la distribución y sumamos un nuevo canal de clientes con las bodegas y las fincas, podemos hacer dar un salto enorme a tu emprendimiento de bolsas de plástico.
Javier lo escuchó con atención, viendo cómo la propuesta de Bautista traía un soplo de aire fresco y futuro en medio de la penumbra del pasillo del hospital.
Bautista había conocido a los dueños de la Camionera Mendocina, que justamente estaban buscando un emprendedor en la zona para transportar bolsas a gran escala, de distintos tamaños y formas, porque ellos que iban y venían con cosas habían notado que no estaba cubierto con algo que tan simple y cotidiano como son las bolsas, así es que conectó a Javier con esa empresa y de ahí en más Javier no paró de vender y vender, se animó a traer otras cosas y otras, hasta que pudo armar un gran negocio al que llamó Polietileno San Martín.
Los amigos Javier y Bautista también compartían otra pasión; el fútbol y el fútbol compartido en el Club Atlético San Martín, los Chacareros como se les llama. Casi toda su infancia, adolescencia y ahora su juventud era compartir todo el club, amigos, picaditas, goles conquistados y perdidos, las noviecitas, los bailes para recaudar fondos para el mismo y de esto también quería hablar Bautista con Javier.
Javier lo miraba absorto. En medio de la zozobra de la guardia médica y del sonido monocorde de las bocinas de las ambulancias, Bautista le estaba abriendo la puerta a un futuro que él ni siquiera se había atrevido a soñar. Pasar de la modesta producción casera a abastecer a gran escala a través de la Camionera Mendocina no era solo un salto comercial: era la oportunidad de afianzar su vida en el departamento que lo vio nacer.
No te puedo creer, Bautista... alcanzó a decir Javier, dibujando una sonrisa incrédula mientras se pasaba la mano por la nuca. Vos siempre pensando un paso adelante.
Es que, si no nos ayudamos entre nosotros, los del Este, no nos ayuda nadie contestó Bautista, sintiendo cómo el pecho se le aligeraba de a poco. Pero hay algo más, Javier. Algo que tampoco puede esperar.
Javier arqueó las cejas, intrigado de nuevo.
¿Guauuuu más?
Tiene que ver con el club, dijo Bautista, guiñándole un ojo con esa complicidad antigua que nació en los tablones de la cancha. Con el Chacarero. Estuve hablando con unos muchachos de la comisión. Queremos armar una subcomisión de jóvenes para reestructurar los bailes de los fines de semana y organizar una gran rifa que nos permita mejorar el buffet y apoyar a las divisiones inferiores. Y no se me ocurre nadie mejor que vos para que me acompañes a encarar esto. Crecimos ahí, Javier. Entre esas paredes dejamos la infancia, los primeros amores, los goles que gritamos hasta quedar afónicos y los festejos después de cada partido. El club nos dio todo, y es hora de devolvérselo.
Javier dio un largo sorbo a su café ya casi frío, pero esta vez el amargor no le pesó. Miró a su amigo de la infancia, reconociendo en él esa pasta noble y visionaria de la gente de su tierra.
Contá conmigo, Bautista. Para las bolsas, para Polietileno San Martín, para el León del Este y para lo que sea. De esta salimos juntos, como siempre.
En ese preciso instante, el picaporte de la puerta doble de la sala de espera, giró con un chasquido metálico. Un médico de ambo azul asomó la cabeza, buscando con la mirada a los familiares. Bautista y Javier tiraron los vasos de plástico en el cesto y dieron tres pasos rápidos hacia adelante. El tiempo de las palabras atragantadas había terminado; ahora tocaba hacerle frente a la vida con el corazón al frente y la lealtad intacta.
Aldo había pasado lo peor, unas 48 horas más de controles y se podía ir a casa. Los amigos se abrazaron, corrieron a buscar a Alicia para darle la noticia y a seguir construyendo su identidad con los viejos y nuevos sueños por venir. La vida sigue Bautista, la vida sigue, dijo Javier.