La última noche de Aldo

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 "Cuando regresó a la casa, ya entrada la noche, Alicia no encendió todas las luces, no hizo falta. Algunas casas, después de una muerte, parecen entender que también necesitan bajar la voz".

Durante unas horas, todos volvieron a creer en la palabra mañana.

Después de tantos días de hospitales, de puertas que se abrían y se cerraban, de médicos hablando en voz baja y de relojes que parecían avanzar más despacio que el resto del mundo, la noticia de que Aldo podía regresar a su casa había entrado en la familia como entra el sol por una ventana después de una tormenta: sin pedir permiso, iluminando lo que encuentra y haciendo creer que lo peor ya pasó.

Alicia había dormido poco. Apenas unas horas, sentada en una silla incómoda, con el cuerpo cansado y la cabeza incapaz de detenerse. Había pensado en Bonarda, en su muerte todavía demasiado reciente, en la mochila de cuero que seguía esperando sobre la mesa y en todo aquello que parecía haber quedado suspendido desde que Aldo había caído al piso en medio de aquella boda que preparaba con tanta alegría. Ahora, por fin, podía volver a pensar en su casa y en su esposo, Aldo.

El alta todavía requería algunos controles y cuidados, pero la noticia había sido suficiente para que Bautista recuperara algo parecido a una sonrisa. Después de días en los que todos habían aprendido a medir la esperanza con cautela, esa mañana parecía traer una pequeña tregua. Aldo estaba vivo, le decía su amigo Javier, y eso era lo único que importaba.

Cuando Alicia llegó a verlo, lo encontró cansado, más delgado, con esa fragilidad que tienen los hombres que de pronto descubren que el cuerpo puede convertirse en un territorio desconocido. Ella le tomó la mano y permaneció así durante un largo rato. No necesitaban decirse nada, después de tantos años juntos, algunas formas de amor habían dejado de necesitar palabras. Alicia pensó que todavía tenían tiempo, pensó en la mochila y que quizá esa misma noche podrían volver a casa, cerrar las ventanas, preparar algo sencillo para comer y dejar que Aldo descansara. Al día siguiente la idea era ocuparse de Bonarda, de sus cartas, de las fotografías, de los casetes, de todo aquello que había quedado esperando.

La vida parecía devolverles un orden, pero la vida, a veces, apenas está tomando impulso para volver a cambiarlo todo. Aldo no llegó a pasar la noche como habían imaginado. La primera señal fue pequeña, un cansancio distinto, una palidez que Alicia reconoció inmediatamente porque ya había aprendido a observarlo de una manera nueva, como si después del infarto hubiera quedado dentro de ella una alarma que no sabía apagar. Luego vino la dificultad para respirar, el malestar, esa manera particular en que el cuerpo comienza a pedir ayuda antes de que la cabeza consiga entender lo que está ocurriendo.

La casa volvió a llenarse de apuro, el teléfono, las manos buscando papeles, las llaves, el abrigo, Javier llamando a la ambulancia, Bautista nervioso y encima se había quedado sin gasolina para la chata. Todo aquello que habían vivido hacía apenas unos días regresó con una velocidad brutal. Esta vez no había sorpresa. Había miedo.

En el Hospital Perrupato volvieron a aparecer las mismas luces blancas, los mismos pasillos, el mismo olor que Alicia ya asociaba con la incertidumbre. Pero algo había cambiado, ahora conocían el lugar, ya sabían dónde esperar, ya sabían cuánto puede durar un minuto cuando alguien que amamos está detrás de una puerta. Aldo necesitaba una medicación que debía conseguirse con urgencia. La indicación llegó acompañada de una de esas frases que hacen que el tiempo cambie de tamaño: había que conseguirla cuanto antes. Bautista salió con la receta en la mano, primero buscó donde le indicaron, no había, probó en otro lugar, tampoco.

La ciudad parecía haberse quedado sin aquella caja exacta que, en ese momento, parecía contener una posibilidad. Entonces apareció un dato que llegó casi como llegan las pequeñas soluciones en los momentos desesperados: Farmacia San Benito, en Avenida Tucumán, podía tenerla. Bautista cruzó San Martín con la sensación de que llevaba algo mucho más importante que una receta, llevaba una esperanza. Las calles continuaban siendo las mismas de siempre, pero esa noche tenían otro aspecto, las acequias, las luces, los árboles, los negocios cerrados, los autos que pasaban sin saber nada de aquella familia. La ciudad seguía con su vida mientras, para ellos, todo se había reducido a una sola persona. En Farmacia San Benito encontraron la medicación, una caja, una sola. Bautista la tomó entre las manos y durante un instante sintió el absurdo de pensar que algo tan pequeño pudiera pesar tanto.

Volvió al hospital. Pero el corazón de Aldo ya estaba entrando en una batalla que no iba a ganar, la medicación llegó, la ilusión de no seguir perdiendo seres amados, también. Pero esta vez no alcanzaron.

Aldo murió esa noche.

No hubo una última gran escena. No hubo tiempo para preparar una despedida perfecta, porque la muerte casi nunca respeta las formas que los vivos imaginamos para recibirla. Llegó después de haberles devuelto durante unas horas la ilusión de que todavía quedaba camino, después de haberles permitido creer que el hombre que Alicia amaba volvería a sentarse en su sillón preferido, volvería a regar sus plantas, volvería a preguntar por el almuerzo, volvería a caminar por esas habitaciones que conocía de memoria. Y quizá por eso dolió más, porque habían estado a punto de recuperarlo, porque unas horas antes todos habían pensado en el regreso, porque la vida les había dado una pequeña mentira antes de decirles la verdad.

Alicia permaneció junto a él sin comprender del todo cómo una habitación podía quedarse tan quieta. Había despedido hacían tan poco a su madre a Bonarda. Qué tristeza Dios mío.

Cuando regresó a la casa, ya entrada la noche, Alicia no encendió todas las luces, no hizo falta. Algunas casas, después de una muerte, parecen entender que también necesitan bajar la voz, sobre la mesa seguía la mochila, el cuero, las cordilleras talladas. El rostro casi borrado de Bonarda. El secreto. Al lado, la receta y aquella pequeña caja de medicamento que habían conseguido con tanta urgencia. Alicia la miró durante unos segundos, la caja había llegado, la esperanza también. Pero Aldo ya no estaba. Bautista permaneció cerca de ella. Ninguno de los dos tocó la mochila. Todavía no.

Porque había algo profundamente injusto en abrir en ese momento el último secreto de Bonarda, como si una muerte pudiera ser seguida inmediatamente por otra revelación. Aldo había muerto después de que todos creyeran que iba a vivir. Y quizá esa era la forma más cruel que había encontrado el destino de recordarle a Alicia lo que su madre había sabido durante toda su vida: que la muerte no siempre llega cuando la esperamos, y que la vida tampoco pide permiso para continuar.

Esa noche, la casa quedó dividida en dos. De un lado, las cosas que ya no podían volver, Bonarda y Malarda, Roberto y Adriana, Chiara, Elena, Pedro, y ahora Aldo y las cosas pendientes, Alicia se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre el cuero, por primera vez desde que Bonarda había muerto, no sintió miedo de abrirla, sintió otra cosa. La certeza de que los muertos también saben cuándo ha llegado su momento. Y afuera, mientras San Martín seguía respirando bajo la noche, la casa de Alicia guardó silencio. Un silencio nuevo. El silencio que queda cuando alguien que formaba parte de todos los días se convierte, de golpe, en memoria.

Sobre la mesa, la mochila seguía cerrada. Pero ahora ya no esperaba a Aldo, esperaba a Alicia.

La última noche de Aldo
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