Lo pendiente entre dos mundos

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 Lo que había allí dentro no pertenecía solamente a Bonarda. Tal vez ni siquiera pertenecía ya al pasado. Había cosas que, para sobrevivir, necesitaban dejar de ser recuerdo.

Bautista llegó con una mochila de cuero que había tallado con sus propias manos, un dibujo sobre sus cordilleras y esfumada la imagen de su abuela Bonarda, a la casa de sus padres Alicia y Aldo. De ser un estudioso e investigador de los temas de minería, le apasionaba la escultura, así como tallaba piedras preciosas como el lapislázuli, el rubí, también le gustaba la textura de la madera y del cuero. Esa mochila tenía grandes historias, secretos y era su compañera de viaje, siempre.

-Madre querida, tengo todo el día para dedicarte, no pude estar cuando partió la abuela, aunque la pude ver y conversar días antes, así es que acá está tu hijo en cuerpo y alma para cuidarte de tu orfandad por largos minutos, pausadas horas y con todo mi agradecimiento.

- Mi adorado Bauti, si supieras todo lo que te he necesitado. Todos, tu padre también, tus primos, tus amigos han preguntado por teléfono, han pasado por acá, incluso estuvo tu amigo Javier, que gentilmente me trajo unas cuántas bolsas para organizar todo lo de Bonarda.

- ¡No me digas!, qué bueno, lo tengo que ver porque le tengo una gran noticia, a la noche me voy a su casa de la Calle Las Heras. Pero mientras tanto tomemos unos mates con menta y me gustaría almorzar un rico tomaticán de los que hacés vos, además me tenés que dar la receta porque es algo práctico para hacerse cuando uno está en la montaña con el frío.

- Bueno, dejá esa mochila en tu habitación y nos ponemos al día.

-No madre, es que justamente acá tengo algo que me encargó la abuela para cuando partiera y quiero que lo veamos juntos.

- A nosotros también, nos ha dejado unos cuantos casetes que hemos ido escuchando con su propia voz, nos ha dejado hasta eso, su voz hasta la eternidad. A ver qué hay en la mochila...

Bautista no respondió enseguida. Miró a su madre como si necesitara encontrar en ella algo de la mujer que había sido antes de convertirse en hija huérfana. Alicia tenía las manos sobre la mesa y, por primera vez desde que él había llegado, pareció pequeña. No era la Alicia de las historias familiares, ni la mujer que había sabido sostener tantas despedidas, ni la madre que siempre encontraba una receta, una palabra o un mate para acomodar el desorden de los demás. Era simplemente una hija a la que se le había muerto la madre.

La mochila permanecía entre los dos.

Alicia se acercó a la mochila con una delicadeza que no tenía que ver con el cuidado del cuero. Era otra cosa. Desde la muerte de Bonarda había empezado a sospechar que los objetos no permanecían iguales cuando desaparecía la persona que les había dado sentido. Una silla podía seguir siendo una silla, una taza podía conservar su borde, un vestido podía continuar colgado detrás de una puerta, pero algo en ellos se modificaba para siempre cuando ya no existía quien los usaba. Como si los objetos también quedaran huérfanos.

La mochila de Bautista, sin embargo, tenía una condición diferente. No era una pertenencia heredada ni uno de esos restos que la muerte deja para que los vivos decidan qué hacer con ellos. Era una creación. Bautista la había hecho con sus propias manos y, sin saberlo quizás, había ido dibujando sobre ella una parte de su propia geografía. Las cordilleras, las piedras, las marcas del cuero, el rostro esfumado de Bonarda, todo parecía haber encontrado allí un lugar antes de que él mismo pudiera comprender por qué.

Una mochila es, en el fondo, una forma humilde de la existencia.

No sirve para guardar el mundo, porque el mundo jamás cabe en ninguna parte, pero permite elegir aquello que uno no está dispuesto a abandonar. Cada viaje obliga a una selección. Se deja algo y se lleva algo. Y entre esas dos decisiones, tan simples en apariencia, se va construyendo una vida.

Tal vez nadie sea otra cosa que aquello que ha aprendido a cargar.

Hay quienes llevan una fotografía durante años sin volver a mirarla. Hay quienes conservan una piedra encontrada en un lugar al que nunca regresaron. Otros guardan cartas que no pueden leer y tampoco destruir. Hay dolores que se acomodan en los bolsillos, culpas que viajan livianas porque uno se acostumbra a su peso y recuerdos que, con el tiempo, terminan pesando más que el propio cuerpo.

Bautista había recorrido montañas y caminos con aquella mochila sobre los hombros. La había llevado cargada y vacía, sin imaginar que ambas cosas podían ser lo mismo. Porque una mochila vacía nunca está verdaderamente vacía: conserva la forma de lo que alguna vez contuvo y también el espacio de aquello que todavía espera.

Quizás por eso Bonarda le había pedido que guardara allí lo que debía sobrevivirle. No porque quisiera dejarles respuestas. Las respuestas suelen cerrar demasiado pronto aquello que la vida necesita mantener abierto. Lo que Bonarda había comprendido, con esa sabiduría que solamente alcanzan quienes han vivido lo suficiente como para perder casi todo y seguir amando, era que la memoria no necesitaba un museo. Necesitaba movimiento. Nada que permaneciera quieto podía continuar verdaderamente vivo. Por eso había elegido la mochila de Bautista. Porque una mochila no pertenece a una casa. Pertenece al camino.

Y Alicia, todavía sin saber qué había dentro, comprendió que aquella tarde no estaban por abrir simplemente una mochila. Estaban por aceptar una carga que, de algún modo, había comenzado mucho antes que ellos y que tampoco terminaría en ellos.

Lo que había allí dentro no sería el pasado de Bonarda.

Sería aquello que el pasado todavía tenía pendiente con el futuro.

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