Novela: Mendoza Mineral, Ceniza y Plata
El secreto detrás de Bottino Hermanos. Todos los capítulos los podés encontrar los sábados en Mendoza Post y Memo.
Ceniza tomó el teléfono para llamar a Plata. Hacía tiempo que no necesitaba explicarle demasiado las cosas. Entre ellas existía esa forma particular de amistad que se construye cuando dos mujeres han atravesado demasiadas reuniones, demasiados mapas, preguntas y algunos amores, esos que había que olvidar, los ya olvidados y los que siempre se extrañan, como para andar necesitando ceremonias.
Plata llegó a San Martín esa misma tarde acompañada por su pareja, Baltazar del Carril, y nada en ese viaje era casualidad. Ellos venían siguiendo otra de las líneas que habían comenzado a despuntar en los últimos meses: la trama profunda entre las antiguas rutas de producción, los corredores ferroviarios y las nuevas posibilidades logísticas que empezaban a dibujarse sobre el mapa de Mendoza.
Bajo el brazo, Plata llevaba uno de sus planos. Ya no eran las láminas rígidas de antes; Ceniza lo había notado hacía tiempo. Las líneas de Plata habían cambiado: si antes parecieron trazadas para ordenar el territorio, ahora intentaban comprenderlo. Había rutas, estaciones, bodegas, caminos secundarios y pequeñas anotaciones al margen que hablaban de energía, agua, logística y abastecimiento. Baltazar, en cambio, no llevaba papeles; llevaba esa manera suya de mirar, como si cada pared, cada piedra y cada terreno pudieran contarle algo que todavía no estaba escrito.
Se encontraron en el café Borges, en pleno centro de San Martín. Sobre la mesa de madera, Ceniza desplegó el cuaderno de Argentina D'Oro. Colocó una fotografía, después otra y, finalmente, sobre una libreta de apuntes, escribió una sola palabra: Bottino Hermanos.
Plata se quedó mirando el apellido. No fue un gesto ruidoso, apenas un cambio leve en la penumbra de sus ojos; una pausa mínima que Ceniza, que la conocía demasiado, alcanzó a percibir al instante. Había nombres que pertenecían a los mapas y nombres que pertenecían a la memoria. Bottino pertenecía a las dos cosas.
Porque antes de Baltazar, mucho antes de que la geología y los andenes compartidos le dieran un suelo firme a su vida, había habido alguien. No había sido un amor de esos que hacen estrépito, sino todo lo contrario: de los que se instalan despacio, se mezclan con la rutina diaria y un día, sin que nadie sepa exactamente cuándo ni por qué, se diluyen. Su nombre era Pedro Carbonell.
Durante años, Pedro había trabajado en los talleres y montajes de Bottino Hermanos, entre planos de infraestructura, registros de maquinaria pesada y tendidos de abastecimiento hídrico para la región. Plata no lo había vuelto a ver desde entonces, o eso había querido creer.
Al notar la rigidez en los hombros de su compañera, Plata buscó por un segundo la presencia de Baltazar, rozando apenas la solapa de su saco sobre la mesa, necesitaba anclarse en su presente. Baltazar la observó en silencio, sin hacer preguntas, tal vez porque la conocía lo suficiente para comprender que ciertas pausas necesitan tiempo, o porque intuyó que aquel sobresalto no tenía que ver con las escalas del plano que compartían.
Ceniza, que venía de curar sus propias heridas tras la traición y el desencuentro con Santiago Rubí, reconoció de inmediato ese brillo, esa grieta súbita. Comprendió que la memoria de la tierra y la memoria del corazón utilizaban la misma materia prima. Volvió a mirar la página de Argentina D'Oro, en uno de los márgenes había una anotación casi escondida: una fecha, un apellido y un detalle operativo sobre el abastecimiento de la Zona Este que hasta ese momento había pasado inadvertido. Bottino. 1961 y debajo, trazada con la caligrafía inclinada y firme de Argentina D'Oro, aparecía una sola palabra: Pedro.
Plata sintió que el pasado acababa de sentarse con ellos a la mesa. Ya no se trataba solamente de una empresa metalmecánica, ni de la infraestructura de una ciudad, ni siquiera de una pista técnica sobre los orígenes de ORO-M.
Argentina D'Oro había dejado allí algo mucho más peligroso: la huella de una historia que alguien había intentado borrar. Y entonces Plata entendió que tal vez no había llegado a San Martín únicamente para ayudar a Ceniza a desentrañar un enigma territorial; tal vez había llegado para descubrir una parte no resuelta de la suya.
Afuera, San Martín continuaba con su ritmo de siempre. Los autos circulaban por la avenida, las acequias guiaban el agua fresca hacia las fincas y la tarde comenzaba a caer sobre los techos de la ciudad.
Dentro del café Borges, ninguno de los tres volvió a mirar el mapa de la misma manera, porque ahora había una persona en él. Alguien que había amado a Plata, que la había perdido, y que, según las anotaciones de Argentina D'Oro, aún formaba parte de la trama logística que intentaban desenterrar.
Plata cerró lentamente el cuaderno. Baltazar bajó la mirada, guardando un respeto absoluto por el secreto revelado. Ceniza comprendió que acababan de encontrar otra puerta; solo que esta vez no conducía hacia una veta en la montaña, sino hacia alguien. Hacia el hombre que había conocido las entrañas operativas de la región antes de que Plata aprendiera a mirar el paisaje con ojos de arquitecta.
Mientras las luces públicas comenzaban a encenderse en las calles de San Martín, una vieja historia terminaba de despertar. Plata volvió a pasar la vista sobre el nombre escrito en la libreta: Pedro. Y por primera vez en muchos años, no sintió miedo de recordarlo. Sintió miedo de que él, en algún lugar del mapa, todavía lo recordara todo.