El posible camino del héroe

Un relato desde la lejana Berlín, donde un escritor mendocino trabaja en un hotel de paso para sostenerse mientras espera dar su gran golpe literario.

Por: José Miguel Vivas
José Miguel Vivas escritor y comunicador venezolano-argentino.

He aquí mi buen amigo Tomás, escritor y periodista mendocino, doblando una sábana que supo ser blanca hace unos cinco años. La arrasaron tantas faenas sexuales y tantas pernoctadas de camioneros sin ducha previa que la vetusta lavadora del hotel, en algún momento, no pudo maquillar más esas arremetidas. Mientras tensa los extremos elásticos y rebeldes sobre el colchón, Tomás piensa en Roa Bastos. También al genio paraguayo, en el Buenos Aires de finales de los cuarenta, le tocó tender camas en un hotel de mala muerte antes de que El trueno entre las hojas y, más tarde, Hijo de hombre le cambiaran la vida. Tomás es susceptible a imaginar cosas como que las humillaciones pueden convertirse en el prólogo de algo grandioso. Ya es bien sabido que es una superstición bastante extendida entre los que se dedican al arte.

Trabaja desde hace dos años en un hotelito de la calle Kastanienweg, en las afueras de Berlín. El recinto es feo al estilo alemán: ordenadito y decorado con el gusto de una vieja conservadora que vota a la AfD. Es nieto de italianos y, después de separarse de su mujer en Argentina, decidió emprender esta aventura europea, ya que su pasaporte alterno se lo permitía. Primero llegó a Madrid, donde vivió de ahorros e inició una relación con una profesora de literatura berlinesa que le auguró un futuro promisorio como escritor en su tierra natal. Le dijo que iba a pertenecer a esa camada que había forjado su éxito literario allí: Jeffrey Eugenides, Vladimir Nabokov, Alfred Döblin o su compatriota Samanta Schweblin.

Hace unos días, mientras tomábamos unas cervezas en un bar de Kreuzberg, me lo dijo:

-No te voy a negar que yo me imaginaba otro tránsito en el destierro. Pero ese es el problema de los artistas: como diría Sábato, uno no se conforma con proponerse un jardincito. Nada de eso. Uno quiere el Mato Grosso entero: una obra prolífica, laureada, estudiada y, claro, redituable... muy redituable de ser posible. Y, sin embargo, acá me tenés, con el ocho por ciento que me dejan mis novelas (ese matogrossito mío, made in China), que, como no me alcanza ni para un café con leche, debo trabajar en ese maldito telo tendiendo sábanas... Pero, viejo, ya vas a ver cuando por fin se me dé. ¡Ya vas a ver!

Le dije que no creía que hubiese nada malo en eso. Ni en proponerse el Mato Grosso, ni en trabajar en un hotel mientras uno intenta cultivarlo, ni mucho menos en renegar de vez en cuando de esta vida tan inclemente. Lo peligroso, le dije, es ser susceptible a la narrativa del éxito, esa que convierte la vida en una historia mucho más explicable de lo que realmente es y, de paso, hace todavía más desdichados a los que ya lo son. Como siguió en silencio, agregué que, si algún día uno de sus libros pega, seguramente aparecerán ingentes entrevistas que reconstruyan su vida hacia atrás. Alguien contará entonces que, antes de publicar aquella novela, el gran Tomás, baluarte intelectual de Mendoza, tendía sábanas en un hotel de paso en Berlín. Entonces el capitalismo le convertirá en otro de sus tótems que esclavizará a otros tomasitos. Es lo que ha hecho la autoayuda con nosotros: Tomar una vida con un acierto bastante redituable y acomodarla de adelante para atrás, de modo que parezca que todo conducía hacia algún lugar. Hay que matar a los ídolos, le dije. Derrumbar la narrativa exitista, y dedicarse como un suicida a lo inevitable. En su caso, escribir. Aunque la escritura sea la más ingrata de las profesiones.

Tomás me miró entrecerrando los ojos, y sin palabras me dijo que qué carajo iba a saber yo de ingratitudes. A él, la pitonisa que le había augurado un futuro extraordinario lo dejó tres meses después de que llegaran a Berlín porque, según le dijo, era "un flojito que lo único que quería era escribir". A él, su hija le dijo que se avergonzaba de no haber tenido un padre normal, un... no sé, un ingeniero o un profesor, alguien que pudiera apoyarla económicamente como correspondía. A él, la misma editorial que se queda con el noventa y dos por ciento de lo que generan sus libros le cerró un día la puerta para siempre porque vendía mucho menos que otros. ¿Cómo no voy a ser susceptible a la narrativa del éxito? Me dicen sus ojos verdes cristalizados por el alcohol, o el resentimiento, o por ambos. ¿Cómo no va a soñar con triunfar algún día con sus libros y hacerse rico, como la venganza más hermosa y exquisita que jamás haya imaginado?

Tomás esa noche, no me respondió mayor cosa. Solo se limitó a clavarme su mirada después de cada tontería que me hacía decir el alcohol. Hoy lo pasé a buscar por ese hotelito de la calle Kastanienweg donde trabaja para ir de nuevo a tomar algo. Cuando le chiflé para avisarle que había llegado, se asomó desde una habitación del tercer piso con una sábana amarillenta enganchada entre su pera y su cuello.

-¡Roa Bastos! - me gritó. - ¿Te sabés la mansa historia de él? Quien quita y pasa lo mismo conmigo. (1) 

Ya lo sé. Uno no se cura de esos deseos. Por lo pronto, solo me queda desear que algún día lo consiga y que ese deseo de éxito no lo termine aniquilando por completo. Si eso ocurre, acá tendrán servida, en esta humilde columna, una fuente de acopio para esos periodistas que después quieran reconstruir el camino del héroe. Sino, como todo en esta vida utilitarista, esto no servirá de nada, ¿no? La suerte está echada.

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1- Nota del editor: La expresión "quien quita y pasa lo mismo conmigo" también podría ser entendida coloquialmente como "quién sabe si pasa lo mismo conmigo". 

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