La gesta libertadora, una incubadora de trabajo y emprendedores

El paso de José de San Martín por la gestión dejó una enorme capacidad industrial y comercial instalada. Fomentó el emprendedurismo y formó trabajadores. Hecho cultural que distinguió siempre a Mendoza.

Volvemos sobre lo mismo. San Martín fue un genial militar y un avezado político. Pero mucho más aún. Fue el gobernador que en poco tiempo de gestión cambió la matriz cultural y productiva mendocina para siempre, estableciendo claramente una bisagra en la historia de la provincia. Las circunstancias lo empujaron a actuar rápido. Movilizó todo. ¿Cómo lo hizo?: Objetivos claros: planificación, organización, roles claramente definidos en la estructura del equipo, convicción. Y sobre todo, muchísimo trabajo.

Su paso por la gestión dejó una enorme capacidad industrial y comercial instalada. Fomentó el emprendedurismo y formó trabajadores. Hecho cultural que distinguió siempre a Mendoza. He aquí algunos ejemplos.

Las otras damas patrióticas

Allá por la primera década del 1800, ¿se podrían licitar (diríamos hoy) 5.000 camperas para contener el frio o 5.000 pares de botas para todo el ejército? Imposible. Entonces, ¿cómo hizo?

Dos cartas de San Martín halladas en Mendoza

Formó una pionera "escuela de oficios" donde cada soldado confeccionó sus camperas y sus botines de cuero de las vacas faenadas para la alimentación del ejército. Acopló a eso, la tarea de la carpintería para confeccionar suelas y tacos.

"Las botas son el imprescindible vehículo de la victoria"; sostenía. "Sabía perfectamente que el éxito de la infantería radicaba en el cuidado y fortaleza de sus piernas" (Federico Gentiluomo. "San Martín y la Provincia de Cuyo". 1950).

Así para caminar por senderos pedregosos, como para defenderse del frío, con los desperdicios de cuero de las reses hizo construir tamangos o zapatones altos y anchos y los hizo forrar interiormente con trapos y lana. Todo bajo la atenta dirección de un grupo de mujeres mendocinas que impartieron diariamente a los soldados, después de largas horas de instrucción militar, las técnicas de costuras, zurcidos, plegado y pegado, para que cada hombre tuviera su equipo completo para enfrentar el frio de la altura.

En un bando de octubre de 1816, ordenó recoger trapos de lana para forrar interiormente los tamangos. "Por cuanto la salud de la tropa es la poderosa máquina que bien dirigida puede dar el triunfo, y el abrigo de los pies es el primer cuidado". Todo los trapos y lanas eran depositados en cajas que se dispusieron en los almacenes de la ciudad y se recogían diariamente.

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Dicha pionera "escuela de oficios" permitió, no por casualidad, que al tiempo Mendoza se convirtiera en un polo destacado en la industrialización y comercialización de ropa y calzado para toda América del Sur. Fue así que los productos mendocinos de marroquinería llegaron a distintos puntos comerciales del país, y de países vecinos, antes que nuestros prestigiosos vinos y aguardientes.

Lo mismo sucedió con la proliferación de sastrerías y el histórico batan (conducido por Andrés Tejeda y un grupo de monjas de la Compañía de María del Monasterio de la Buena Esperanza) donde confeccionaron y tiñeron las prendas del ejército. El ensayo industrial permitió dejar instalado múltiples emprendimientos. Había que recolectar la materia prima, fabricar los paños, por último: confeccionar la ropa y abrigos. Ese circuito productivo no solo permitió una gran concentración de mano de obra, sino que generó un enorme protagonismo y visibilización del rol femenino en la gesta libertadora.

Sinteticemos que el ejército ocupó: 10.000 mantas de lana, 5.000 frazadas, 1.000 pellones de oveja y más de 20.000 mantas de franela (recordemos que los caballos también eran abrigados), 4.000 pares de guantes, 3.000 capotes, miles de pares de medias. Solamente por nombrar lo obvio. Otra industria que quedó instalada y distinguió a Mendoza a lo largo de su historia.

Hombres de hierro

Indudablemente he aquí un antecedente de lo que luego fue la próspera industria metalúrgica mendocina.

Imaginemos a un intermediario del General San Martín pidiendo en un negocio: "Necesitamos herraduras para 1.600 caballos y 9.281 mulas, con sus 50.ooo clavos respectivos y 600 martillos. También estribos para todos los caballos, 10.000 arandelas para sostener los cabezales de las riendas. Además 4.100 puntas para fusiles de bayonetas, 1.129 sables, 1.400 espadas, 3.000 pares de espuelas, 4.000 cuchillos de mano que puedan llevar en la faja de la cintura, 500 lanzas largas para la caballería, 10.000 botones de metal para las chaquetas de los soldados, 200 ollas, 400 parrillas, 600 teteras grandes para calentar agua, 8.000 tapitas redondas para los 8.000 cuernos de vaca que improvisamos como cantimploras (2 para cada soldado), 3.000 sunchos para las bordalesas". Por ahora.

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Todo eso, y más, fue generado en el taller conducido por "el sordo" Beltrán. Fray Luis Beltrán, el cura que había quedado sordo y ronco por impartir órdenes en medio de los ruidos de soldaduras, fundiciones, fraguas, martilleos y sierras (también hechos en esos talleres) a 700 operarios, organizados en 3 turnos diarios, que trabajaron durante todos los años de la campaña y que a su vez peleaban como soldados.

Además, en los talleres metalúrgicos del ejército se fabricaron todas las municiones, se adaptaron los 21 cañones del ejército (2 obuses de 6 pulgadas, 7 cañones de batalla de 4 pulgadas, 9 cañones de montaña, 2 cañones de hierro y 2 cañones de 10 onzas). Se hicieron también 2.520 tiros de cañón. Los cañones obús pesaban más de 1.000 kilogramos. (Ejemplo: pesaban algo más que una vaca o un Fiat 600). Necesitaban 2 mulas y 10 hombres para trasladarlos "a la rastra". "El mismo fraile concibió unos curiosos carros estrechos y livianos, de la extensión de los cañones, con cuatro ruedas bajas, para ser tirados por mulas; se utilizaron para transportar exitosamente la artillería por la cordillera. Los soldados los llamaron ‘zorras', por su parecido con ese animal" (Juan Thames).

Y más. Arneses, cartuchos, granadas, mochilas, tiendas de campaña, camillas, catres y cuanto pertrecho de guerra fuera necesario. Se reparaban armas, se adecuaban morteros, se fabricaban bayonetas. Como novedad, diseño un puente mecánico móvil (recordemos que el ejército también llevaba un hospital móvil) para cruzar los pasos de aguas y quebradas, construido con maromas de 12 vetas resistentes, de 40 metros de largo, que se podía desplegar rápida y fácilmente para el cruce de hombres y animales. También transportaban dos anclas, para evitar que las piezas pesadas y la artillería se despeñaran en las laderas muy empinadas.

Gesta libertadora, trabajo y legado

En paralelo, una incipiente industria minera permitió alimentar las fraguas de los talleres de Beltrán por lo obtenido en minas cuyanas (plomo, azufre, plata, mercurio, imprescindible en la purificación de los metales), mientras el ingeniero José Antonio Álvarez de Condarco, aprovechó la abundancia de salitre de los desiertos mendocinos, generando un laboratorio que permitió obtener una calidad de pólvora superior a la habitual.

Y más aún. La capacidad productiva instalada que quedó en Mendoza tras la gesta, agregando a las ya nombradas, se reflejó también en la inmediata institucionalización de distintas áreas: energética, hidráulica, vial, urbanística, química, farmacológica y veterinaria. También proliferaron cientos de emprendimientos familiares (harineros, hortícolas, curtiembres, tambos, saladeros, conservas, gastronómicos, licoreros, herreros, carpinteros, ceramistas, imprenteros, diseñadores, libreros, etc.). Hasta una oficina particular de detectives y espionaje quedó establecida. La incipiente vitivinicultura se posicionará en el mundo. Escuelas, bibliotecas, artistas y maestros profundizarán su preponderancia y multiplicarán su importancia.

La cultura del trabajo

Indudablemente el trabajo y los miles de emprendimientos productivos y oficios laborales que dejó arraigado el tiempo sanmartiniano fue el valor distintivo que permitió a Mendoza destacarse en el contexto nacional. Orgullo bien ganado que solo se sostiene a través de la estimulación de la cultura del trabajo y del esfuerzo. Una moneda corriente que acuñaron los mendocinos desde aquellas históricas fraguas de Beltrán.

"La corajuda Mendoza. La inmortal provincia de Cuyo, donde todo se puede". Son palabras de San Martín.






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