No seamos tan argentinos

Escribe Pablo Gómez en una columna de reflexión para todos: "Decimos cuidar el agua pero la derrochamos, y no solo en el uso cotidiano de nuestros hogares, sino también (y en mucho mayor medida) regando 'a manto' los cultivos de la provincia".

Pablo Gómez

Quienes habitamos en este maravilloso país somos de pretender, quizá, demasiadas cosas. Somos de pedir directamente, o a través de nuestro voto a partidos que expresan en sus plataformas soluciones mágicas, la concreción de respuestas a nuestros problemas cotidianos y a los de largo plazo también, pero siempre exigiendo costo cero.

Pretendemos que nos rebajen los impuestos, porque todo indicaría que la carga impositiva por estas tierras es más alta que en otros países. Exigimos que el Estado no genere ingresos a sus arcas a través de actividades como la minería de metales pesados y la extracción de petróleo, porque no confiamos en los controles que ese mismo gobierno hará a las empresas encargadas de esas tareas. Pedimos que no nos cobren impuesto a las ganancias, que se recauda desde los bolsillos de los que más ingresos tienen, pero tampoco queremos que nos cobren IVA, que es parejito y lo paga todo el mundo en igual proporción...

También pretendemos un sistema de salud que nos cubra siempre y que cada vez incluya más prestaciones, y una educación que tenga calidad de excelencia; queremos que el gobierno nos dé créditos a tasa cero. Usamos celulares y dispositivos electrónicos fabricados en base a plásticos, con oro y plata en su interior (pero no aceptamos que esos insumos se generen en nuestras tierras) y queremos jubilarnos cada vez a menor edad, aunque gracias a la ciencia cada vez vivimos más años...

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¿No sabemos que una cosa se paga con la otra? ¿No entendemos que, si no hay ingresos, la única forma de gastar plata es imprimiendo billetes sin respaldo? La verdad es que no sé qué me resulta peor, pensar que no entendemos la relación entre ingresos y egresos, o que sí entendemos pero igualmente pedimos todo.

Cualquiera que pretenda jubilarse a menor edad, debería entender que si la relación entre personas aportantes y jubiladas se disminuye, no va a alcanzar para salarios dignos de nuestros abuelos. Igual ocurre con el uso de un celular, y con ese dispositivo en el cual estás leyendo este escrito: sin minería y sin plásticos provenientes del petróleo, no sería posible el desarrollo tecnológico tal como lo conocemos, y al menos en mi caso, prefiero tenerlo y no que me falte, por lo que debo aceptar el costo de esta decisión, aunque los controles sí deben existir, y ser lo suficientemente rigurosos para evitar problemas ecológicos.

Decimos cuidar el agua pero la derrochamos, y no solo en el uso cotidiano de nuestros hogares, sino también (y en mucho mayor medida) regando "a manto" los cultivos de la provincia. ¿No entendemos que esa forma de regar, aunque más barata para el regante, derrocha la mayor parte del agua que utiliza? No queremos que nos revisen el auto para ver si está en condiciones de circular pero después nos quejamos de la cantidad de accidentes que hay en las rutas... ¿en serio no vemos la relación entre ambas situaciones?

Deberíamos dejar de pedir todo, o al menos hacernos cargo del costo de ese uso. O bien dejamos de consumir, o bien aceptamos que todo lo que hagamos lo vamos a terminar pagando, directa o indirectamente, a través de las decisiones del gobernante de turno: nos guste o no nos guste y gane quien gane las elecciones, todo lo que consumamos lo vamos a terminar pagando, o bien al contado con billetes, o en cómodas cuotas con peor calidad de vida.

También podríamos, quizá, ser un poco más moderados: consumir pero sin abuso, y aceptar el costo pero sin que nos cueste la vida misma. En nuestra querida Argentina, de un tiempo a esta parte nos hemos convertido en una sociedad consumista que no tiene los recursos suficientes para hacerse cargo del costo de ese gasto: empecemos a olvidar esa argentinidad que nos identifica en el mundo, pero no la que culturalmente nos hace seres únicos en el concierto de naciones, sino la de la viveza criolla, que tanto daño nos ha hecho y nos sigue haciendo.