A un año del triunfo de Suarez, la procesión va por dentro

Recién en los últimos 15 días Rodolfo Suarez logró quebrar una sensación social de malhumor pasivo y comprensivo de la situación, pero tristeza social al fin. "Solo le falta un terremoto", dijo sobre su momento político y de gestión Alfredo Cornejo. Se cumple un año desde que fue elegido como Gobernador.

Hace un año el entonces intendente de la Ciudad de Mendoza, Rodolfo Suarez, fue elegido junto al juninense Mario Abed para gobernar Mendoza. Eran la sucesión de un gobierno de altísimo perfil, como el de Alfredo Cornejo junto a Laura Montero y ya sabían que sería difícil desafiar la centralidad del que empezaba a ser un exgobernador con alto protagonismo, que pasaba al Congreso como diputado y que presidía la UCR a escala nacional.

Pero a Suarez, un año después de ganar, le quedan en carpeta prácticamente todas sus propuestas de campaña. Primero fue una pueblada inflada por las redes y no advertida ni atenuada por el propio Gobierno, la que le bajó la única salida económica posible: la minería. La pandemia es la marca de los tiempos sucesivos, hasta hoy, y da cuenta que ese error del inicio marca con fuerza la posibilidad de ingresos económicos para Mendoza no solo hoy, sino a futuro.

"Solo le falta un terremoto a Rodolfo", dijo Alfredo Cornejo al compartir la pena por el contexto del gobierno que le siguió. Se supone que mientras lo decía, al menos cruzaba los dedos para que no sucediera. 

Suarez se encuentra justo ahora tratando de montarse sobre la pandemia para poder dominarla. Lo hace en silencio, con apariciones públicas no tan medidas ni calculadas, sino más bien espontáneas, basadas en su percepción personal de cada momento.

No lo acompañó la sociedad en su arranque, cuando hacía falta y ahora tampoco parece hacerlo el gobierno nacional. Sin embargo, Suarez no se queja. No lo hace en público: la situación es intestina, en ese lugar en donde trata de digerir todas las adversidades.

Le llegará más temprano que tarde tener que incidir en definiciones electorales. En la Legislatura su voz está reducida, por más que tenga mayoría de su Frente Cambia Mendoza. Hay una atomización que se ampliará cuando todos empiecen a especular por sus futuros personales, aun dentro del oficialismo y será más tiempo de rosca interna e intimista. Más procesión interna.

Sus últimas apuestas apuntan a un cambio: reformar el funcionamiento de las instituciones, la Educación, crear un ámbito grande de diálogo previo a la toma de decisiones y activar a la economía con lo que hay. En todas las instancias enfrenta a un peronismo que siendo la principal fuerza opositora no halla su eje y que, en la dispersión, se aferra a cualquier polémica que pique en punta, contradiciendo su propio espíritu reformista.

Aquí es cuando se aguarda ver la reacción del Gobernador: ¿aceptará seguir retrocediendo, congelará pretensiones hasta que el temporal pase o afrontará sus desafíos juntando fuerza propia y de los aliados?

En un análisis de la repercusión del diálogo público en torno a su persona, a lo largo de sus casi 10 meses como gobernador ha generado un sentimiento de malestar con comprensión hacia su figura. Suarez en el diálogo en las redes (que le voltearon su primera apuesta) apareció siempre como receptor, más que como emisor. Sus planteos no fueron incorporados masivamente, salvo por su círculo político. No llegó a la sociedad. 

Los estudios dan cuenta que de su gabinete, solo Enrique Vaquié está en el radar de las redes como emisor de noticias. Y en la política, además de Cornejo, se mantuvo en las conversaciones Omar De Marchi. Ambos, por "picantes". 

Recién con las últimas decisiones en medio de una pandemia que se administró en forma diferente a la del resto del país, Suarez logró quebrar la tendencia. Fue después de 10 meses de gestión y a un año de haber ganado.

¿Qué resta? No se puede empezar de nuevo. Suarez tendrá que anticiparse a los tiempos y ser el gobernador de la pospandemia, aunque esta no haya terminado aun. Ese es el horizonte y la señal que la sociedad reclama de un gobernante, siempre y cuando éste esté convencido de que está liderando un proceso de resiliencia.

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