Cómo murió Janet, la maestra petrificada por el Aconcagua

Una historia congelada por el cerro Centinela. Dos cuerpos que "no hablaron". Y el de ella, fundido por el hielo andino, fue rescatado por etapas. Pasaron 47 años entre su intento de hacer cumbre y el hallazgo de su brazo "perdido".

Historiador y actor mendocino.

 Conocí a Janet Mae Johnson en febrero de 1975, cuando, leyendo la tradicional sección "Policiales" del diario Los Andes, contemplé la horrorosa fotografía de su cadáver.

Pasados todos estos años, aún me pregunto cómo pudo publicar el diario más conservador de la provincia aquella imagen directa de una persona muerta. Más aún si se tiene en cuenta el contexto social de la época, tan lleno de eufemismos, silencios y gambetas idiomáticas cuando se trataba de hablar -o escribir- sobre asuntos escabrosos.

Lo cierto es que aquella foto me impactó sensiblemente. Me impidió dormir un par de noches y quedó grabada para siempre como uno de los recuerdos más espantosos de mi niñez. Mi psiquis, con buen criterio, fue tapando esa desagradable añoranza con otras capas de vivencias más o menos corrientes: felices algunas, otras no tanto. Pero cada vez que aparece una charla, una crónica o un artículo sobre andinismo, vuelve a mí la imagen perturbadora de Janet Mae Johnson momificada, hallada apenas unos metros antes de la cumbre del Aconcagua: el objeto de su obsesión, de sus desvelos, y también el escenario de su muerte misteriosa.

El origen

Había nacido en Minneapolis, estado de Minnesota, el 20 o el 30 de noviembre de 1936. Llegó a Mendoza en enero de 1973, junto a un grupo de montañistas norteamericanos.

Después de los hechos trágicos que tendrían lugar en el Aconcagua, los medios locales de la época le endilgaron a ella y al grupo una notoria falta de pericia en cuestiones de escalamiento. Sostuvieron que ninguno era demasiado avezado en esas lides y que apenas un año antes habían comenzado su entrenamiento.

Sin embargo, la hermana menor de Janet, Judie Abrahamson -también adoptada por el matrimonio de Mae y Victor Johnson- dio una versión distinta a John Branch, el New York Times: aseguró que Janet era una montañista y escaladora experimentada.

Los datos biográficos de Janet se fueron armando poco a poco, como un rompecabezas, a partir de la crónica completa de su periplo vital y profesional publicada por el New York Times el 9 de diciembre de 2023. Las razones profundas de su obsesión por alcanzar la cumbre del Aconcagua se desconocen. Como siempre, llegan relatos agitados por vientos de habladurías. Pero una cosa parece cierta: Janet había roto el vínculo con su familia.

Sus padres, conservadores y puritanos, esperaban de aquella hija adoptiva una "vida tradicional". Janet, en cambio, era abiertamente lesbiana. Según reconstrucciones posteriores, intentaron "curarla" mediante tratamientos brutales que en la década del 50 se aplicaban bajo ropaje médico a pacientes psiquiátricos y personas homosexuales: electroshock y shock insulínico agresivo.

Cómo murió Janet, la maestra petrificada por el Aconcagua

Ese padecimiento -esa tortura- la empujó lejos del hogar familiar. Janet enfocó entonces su vida en obtener un doctorado en Educación en la Universidad de Colorado, ejercer como bibliotecaria y, por sobre todas las cosas, entregarse al montañismo.

"Su entusiasmo por las grandes altitudes era incansable -algunos decían que estaba impulsada por un deseo de demostrar su valía, especialmente en un mundo que subestimaba a las mujeres escaladoras y marginaba a las personas LGBTQ+-. Se unió a varios clubes de montañismo, viajaba con frecuencia a cumbres en todo el mundo y documentaba sus aventuras con fotografías impresionantes", escribió Arturo Leyva en Latinoamerican Post.

En Mendoza

Era una atleta de gran fortaleza física. Medía casi dos metros, pesaba unos cien kilos y era una rubia robusta y risueña, de sonrisa amplia y dientes perfectos. Una mujer ciertamente masculina, de pelo dorado muy corto, que usaba anteojos ovales de carey negro: gafas que le daban un aire intelectual a su físico de basquetbolista.

Arribó al Hotel Nutibara el 17 de enero de 1973. Era la única mujer de un grupo de ocho montañistas norteamericanos.

No eran aventureros improvisados, al menos no en sus vidas civiles. El jefe de la expedición, Carmie Defoe, era abogado. También había un policía, un psicólogo, un médico, un ganadero y un estudiante de geología: personas con profesiones definidas, que tenían el montañismo como pasión y pertenecían al Mazamas Club, de Portland, estado de Oregón.

De todos ellos, haré especial hincapié en John Cooper, ingeniero espacial de la NASA, porque también sería protagonista de esta desgraciada historia.

Entre las anécdotas que tuvieron a Janet como protagonista en los días previos a la expedición, hubo una que difundieron los diarios mendocinos: cierta tarde se refrescó completamente desnuda en la piscina del Nutibara.

Imagino las caras de los huéspedes ante ese cuerpo portentoso, expuesto sin pudor ni coquetería, mostrando su humanidad sin pedir permiso. "La yankee es rara", habrá susurrado alguien del servicio del hotel.

El grupo de andinistas estadounidenses que integraba Janet.

El grupo de andinistas estadounidenses que integraba Janet.

El ascenso

Más allá de la anécdota, la expedición partió hacia su objetivo el 19 de enero. Iba con ellos un guía experimentado, Miguel Alfonso, testigo principal de la tragedia, aunque no estuvo presente en el momento en que murieron Johnson y Cooper.

Ascenderían por el Glaciar de los Polacos, en la pared este del cerro: una de las rutas más desafiantes del Aconcagua.

De los ocho expedicionarios, solo cuatro llegaron a los 6.200 metros. El resto comenzó a sufrir las típicas descompensaciones provocadas por la altura extrema.

Ante las bajas producidas en el grupo, el guía Miguel Alfonso propuso posponer el ascenso. La salud de la mitad de la expedición estaba seriamente comprometida. Pero los cuatro que aún se sentían en condiciones físicas se negaron a abandonar el intento. Janet, en particular, mostraba un tesón y un empecinamiento notables: estaba obsesionada con hacer cumbre.

Alfonso descendió entonces con quienes ya no podían continuar. Más tarde, cuando fue en busca de los cuatro que habían seguido solos, encontró a dos de ellos: McMillen, el ganadero, y Zeller, el policía.

Estaban en estado de delirio. Uno ciego; el otro casi ciego.

Las declaraciones que luego hicieron ante la policía, ya en el llano, nunca pudieron ser tomadas del todo en cuenta. Eran, básicamente, relatos de personas quebradas por la altura, la soledad, el frío y el miedo.

Solo alcanzaron a balbucear que Cooper y Johnson estaban muertos. Dijeron también que Janet había sufrido una serie de caídas que terminaron por postrarla, sin fuerzas para recuperar sus bríos; que Cooper había sido el primero en desertar; y que, a unos sesenta metros de la cumbre, ambos cayeron varias veces. Caídas que Janet ya no pudo superar.

Así las cosas, los seis sobrevivientes regresaron a Estados Unidos, y sobre las dos muertes cayó un manto de misterio.

Primer rescate funerario

A pedido de la familia de Cooper, Miguel Alfonso organizó una expedición de rescate que dio con el cuerpo del infortunado ingeniero en noviembre de 1973, diez meses después de su muerte. El cadáver momificado fue descendido en helicóptero. Realizar la autopsia no fue sencillo: el grado de congelamiento era extremo.

La última postura de Cooper parecía decir algo. Antes de morir, había llevado su brazo izquierdo hacia el abdomen. Precisamente allí, diez centímetros arriba del ombligo, tenía una herida de arma blanca. También presentaba señales de golpes severos en la cabeza.

Junto a sus restos encontraron su diario personal. En esas páginas no trataba bien a Janet. La describía como "extraña", "poco atractiva" y alguien que "no se llevaba bien con nadie de la expedición". En otro pasaje escribió que, en cierto momento, Janet le preguntó si le gustaría ser enterrado en la montaña, mientras reía de una forma que -según él- le heló la sangre.

Ahí está Janet

Janet fue hallada el 9 de febrero de 1975, cerca del lugar donde habían encontrado a su compañero de infortunio. Allí estaba, tan larga como era, en decúbito dorsal, con el rostro ennegrecido por el frío y el viento. De esa máscara helada sobresalían sus dientes perfectos, más blancos que nunca por el contraste.

Tenía el brazo izquierdo quebrado a la altura del hombro y numerosos golpes en el rostro, compatibles con caídas o, acaso, con instrumentos contundentes. El mal tiempo era de tal magnitud que la expedición decidió volver por ella cuando hubiera condiciones más favorables para realizar el duro trabajo de descender el cuerpo.

Entonces hicieron un rústico enterratorio con piedras. Anotaron el nombre de Janet en un bidón de plástico y cubrieron piadosamente su cadáver con un puñado de peñascos.

Casi un año después, en marzo de 1976, regresaron por ella. Pero la capa de hielo formada alrededor del cuerpo era tan gruesa que apenas pudieron desenterrarla casi completa. El "casi" se refiere a la mano izquierda, la extremidad del brazo quebrado de Janet, que no pudo ser desprendida del hielo. Para liberar el cuerpo, terminaron de dislocar el brazo. Y allí quedó aquella mano, a la espera de ser restituida algún día al cuerpo de la desventurada rubia.

En aquel tiempo no había internet, GPS, mapas digitales ni geolocalización al alcance de cualquiera. No fue difícil, entonces, que el detalle del brazo huérfano quedara oculto en las alturas.

La inhumaron en el Cementerio de los Andinistas, ubicado en Mendoza, a catorce kilómetros de la frontera con Chile y a pocos metros de la Ruta Nacional 7, en un sitio rodeado por picos nevados. Janet había repetido muchas veces que su deseo era ser enterrada en la montaña. Su voluntad se cumplió a rajatabla, sabe Dios si a su pesar.

Foto rescatada de la cámara de Janet. Aquí en un momento de la travesía.

Foto rescatada de la cámara de Janet. Aquí en un momento de la travesía.

Último acto

Las necropsias no fueron bien ejecutadas. Los testimonios tampoco pudieron tomarse como certezas, porque provenían de personas que habían sufrido severos trastornos físicos y mentales al momento de declarar. Fueron esos mismos testigos quienes dijeron que Cooper llevaba mil dólares en efectivo entre sus ropas, dinero que nunca apareció. Pero no hay certeza posible en las palabras de hombres alucinados, enceguecidos por la altura y el frío.

El acto final de esta pieza macabra ocurrió también un 9 de febrero, pero de 2020, apenas un mes antes de la fatídica pandemia de covid en la Argentina. Una expedición que escalaba el gigante encontró el brazo de Janet, junto con su cámara de fotos Nikomat, su mochila con equipo completo y su reloj pulsera, detenido a las 2:32 -o quizá a las 14:32.

La cámara fue enviada a Estados Unidos para que laboratorios especializados intentaran recuperar las fotografías. El rollo tenía veinticinco exposiciones realizadas. Aquellas reliquias fueron bajadas de la montaña y tuvieron cristiana sepultura junto al resto del cuerpo.

El resto es leyenda. Bruma pura. Como la tormenta de nieve o de hielo que debieron padecer Janet y Cooper allá arriba.

¿Se golpearon entre sí de tal manera que ella, más alta y más fuerte, alcanzó a clavarle un piolet en el vientre? ¿Fue tan tenaz la defensa del ingeniero que, aun malherido, logró provocarle severas heridas en la cabeza a su contrincante? ¿Alguien puede pensar en robar mil dólares estando a pocos metros de alcanzar la cumbre del Aconcagua? ¿Puede ser? También pudo tratarse de una pelea entre dos personas alucinadas, hundidas en una realidad deformada o inexistente. O quizá simplemente cayeron y murieron.

Otro hecho fehaciente es que el rollo de la cámara de Janet pudo ser revelado. Nada nuevo aportó al misterio: solo fotos de una expedición sonriente y despreocupada en medio del proceso de escalamiento. Sonrisas, paisajes y un enigma intacto.

Nunca se sabrá.

Lo que sí sé es que yo me debía un exorcismo de aquella imagen perturbadora que me aterrorizó cuando era niño. Algún día tenía que saber más. Tenía que ir más allá de esa fotografía espantosa, de aquel recuerdo clavado en la memoria, de las versiones incompletas y de las enormidades que los diarios publicaron en aquel lejano 1975, tan grandes como el propio cerro Aconcagua. Y todo eso sin que entonces se supiera -o se dijera- que un brazo de la maestra de Denver había quedado allá arriba.

Te dejo en paz, Janet.

Nadie me reclamó nada tuyo. Yo solo quise conocerte un poco más para dejar de recordarte de la forma en que te vi aquella vez. Ya no sos solamente la mujer momificada de una foto terrible en la sección policiales. Ahora puedo imaginarte viva: alta, rubia, risueña, obstinada, libre, caminando hacia una cumbre que acaso fue sueño, condena y destino.

Estamos en paz.


Fuentes consultadas

Jon Miller, "Segunda cumbre Aconcagua", 30 de octubre de 2014. Cita sobre el diario personal de John Cooper, detalles de la fallida expedición norteamericana y descripción de los restos hallados de John Cooper y Janet Mae Johnson, en Huellas Cuyanas. John Branch, artículo y video sobre la vida de Janet Mae Johnson, el hallazgo de sus restos mortales, su equipo de montaña y el revelado de los rollos de su cámara particular, publicado por The New York Times, 9 de diciembre de 2023. Arturo Leyva, "La vida misteriosa de la Dra. Janet Johnson", 18 de mayo de 2025. Datos sobre sus estudios académicos, orientación sexual y perfil biográfico. 

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