Resolver los problemas de la gente o que la gente resuelva los problemas de los políticos

"La calle" es un recurso de fantasía: se gobierna con hechos concretos, además de simbólicos, y sus resultados se deben percibir cuerpo a cuerpo y no solo declamarse como una utopía. Si en el mundo se vive con normalidad, ¿por en Argentina se impulsa una anormalidad tracción a conmoción en forma permanente?

Lo que la gente espera de la política una vez de que concurrió a votar es que el equipo elegido resuelva los problemas tal como seguramente lo planteó al exhibirse en la campaña proselitista.

Lo que no se espera es que se sigan prometiendo cosas para el futuro todo el tiempo mientras se gastan el reloj del mandato, utilizado en ese caso solo como plataforma para triunfar una vez más.

Es básico y lo puede comprender cualquier persona que haya pasado por la escuela. Los políticos son lo que deben gobernar y gobernar es, básicamente, gestionar el Estado de la mejor manera posible, en la búsqueda del bien común o, si se quiere, en beneficio de mejores equilibrios.

También es sencillo darse cuenta de que a muy poca gente -si se considera a la masa total de habitantes de un país que a diario viven su vida- les importa un estado de campaña política permanente, de llamado a movilizaciones o de sobresaltos conmocionantes. Estar atentos a eso es para personas que ya tienen la vida resuelta, el salario depositado en el cajero truene o "pandemie" una vez al mes y casi asegurada la peremnidad de su condición de "intocables".

El resto de los humanos del país, es decir, millones de seres, si no trabajan no comen.

De allí que el planteo de ideologizarlo todo, todo el tiempo, junto a la falsedad de querer hacer creer que el hecho de juntar gente en esquinas y tuitear mucho sobre eso reemplaza al acto sagrado del voto en elecciones libres y universales, sea un verdadero atentado a la democracia. Al menos, atenta contra el sistema democrático que establece la Constitución de Juan Bautista Alberdi y que las sucesivas modificaciones han sostenido. Atenta -repitamos la palabra- contra la costumbre más que centenaria que solo el delirio de grupos poderosos desactivaron con golpes de Estado.

Esa es la democracia en Argentina, y hay que expresar, graficar y explicar que es distinta a la que practican autodenominadas "repúblicas democráticas" que no son ni repúblicas ni entienden a la democracia como un espacio en donde se permite la disidencia, el pensamiento diverso, la participación de fuerzas políticas variadas y la libre expresión.

"Dime de qué ostentas y te diré de qué careces": el "país tupperware" de Norcorea se llama a sí mismo "República Popular Democrática de Corea. ¿Algún argentino imagina su vida diaria en una Argentina signada por las características que imperan allí? Mejor dicho: ¿alguna mayoría -y no el delirio de un grupito poderoso y gritón- propone claramente que su prédica por la "democracia" hace referencia a un país sin oposiciones, ni controles, ni libertades y con todo bajo tutela de un líder al que se obliga a amar y temer?

Puede ser el sueño de alguno, pero por ahora no es opción. Si alguien quisiera llegar a eso no basta con juntar gente en esquinas del país y multiplicarlo mil veces por el poder hipnótico del carisma y otras mañas ajenas al republicanismo. En todo caso, debe reunir suficiente fuerza para ganar votos y convocar a una Comisión Constituyente, como lo hizo Bolivia en su momento o como lo define Chile este domingo.

Nada es imposible para ninguna fuerza política en Argentina, inclusive el delirio de querer pegar un volantazo a la historia y virar hacia un totalitarismo de aclamación y amor por el líder carismático y milagroso. Pero antes debe contar con el apoyo mayoritario de los argentinos y las argentinas. Eso es así solo porque el actual sistema al que todos los días se le serruchan las bases habilita a que se impulsen actos positivos y también delirantes. Eso se llama libertad. Y es un juego de equilibrios que se resuelve con la concurrencia a las urnas periódicamente -no todo el tiempo y porque sí, ya que en algún momento los políticos deben dejar el bombo, bajar las banderas, ir a la oficina y gestionar- y no con actos simbólicos como única expresión.

Aquí, Argentina, año 2022, todavía se socava al sistema creado por Alberdi soñando con el de Corea del Norte o sus similares, con actos tales como impulsar tener toda una tribuna de ministros afines en el Poder Judicial disfrazados de jueces, eliminando sistemas redistribuidores del poder democrático como las Primarias PASO, entre tras picardías.

El nuestro debe ser el único país del mundo en donde el gobierno se queja del gobierno, y donde, después de imponerse en elecciones libres y universales, en vez de ponerse de lleno a "cambiar el mundo" como sus líderes prometieron al electorado cuando para ser votados, salen a llenar las calles y copar medios de comunicación diciendo que los que perdieron no quieren "cambiar el mundo" como ellos sí.

La política argentina es un escenario de ventajismos canalizados por oportunistas que mienten tan bien, pero tan bien, que dan la vuelta entera a las expectativas y entonces se configuran como dueños de las utopías y sueños. Ilusionistas, a poco de lograr la continuidad al frente del poder (y demostrar desde allí que, en realidad, no pueden, o saben o no quieren cambiar nada) el engaño queda resuelto. Pero la maquinaria se activa una y otra vez. Y muchos parecen caer en la misma trampa, esa hipnosis que "algún se va a acabar", como lo dijera este sábado en diálogo con el programa "Tormenta de Ideas" el historiador mexicano Enrique Krauze, autor de libros autobiográficos de Latinoamérica como "El poder y el delirio" y "El Estado soy yo".

Krauze y los autoritarismos latinoamericanos:

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