Operación rescate de Occidente

"Este texto aborda los indicios de una sociedad occidental que empieza a despertar de un largo letargo", advierte en el inicio de su análisis la investigadora y columnista.

Isabel Bohorquez

"No se trata de retornar al pasado, sino de retornar a lo eterno"(Gustave Thibon).

Este texto aborda los indicios de una sociedad occidental que empieza a despertar de un largo letargo y que está siendo interpelada por la vigorosidad de "los brotes verdes" de una espiritualidad que emerge entre los escombros de sociedades que han sido arrasadas por guerras, ocupaciones e infortunios.

¿Es una cuestión de fe?

Sí, es una cuestión de fe, de creencias, de valores, de principios que encuentran un cauce en las religiones judeocristianas o se basan en ellas como fundamento.

Me cruzo a diario con personas que -en su infancia o su juventud- les marcó una mala experiencia en cuanto a la religión que profesaban y se alejaron;

también con personas que por diferentes circunstancias decidieron tomar distancia de las religiones tradicionales occidentales y que, por ende, asumieron que cualquier noción de Dios es externa a ellos mismos (por ser el Dios de la religión) por lo que renunciaron al concepto de Dios "tradicional" a la vez que decidieron no someterse a ninguna autoridad divina ni a sus representantes; incluso con personas que buscan explicarse la propia divinidad interna (nosotros somos los dioses), su noción de trascendencia que indagan en diversas expresiones de espiritualidad, inclusive en las afirmaciones que puedan tener comprobación científica (como un saber legítimo y más confiable), por ejemplo: la percepción de que la muerte no existe, por ser una cuestión de planos/dimensiones/estados/multiversos en donde hasta la condición de extraterrestre puede ser parte de la trama explicativa...

La inmensa mayoría de esas personas tienen valores, principios que orientan sus vidas que, aunque quizá no lo adviertan, comparten con las religiones tradicionales (de las que se distanciaron o nunca profesaron): la noción acerca del valor de la vida, la familia, la comunidad, el trabajo y el esfuerzo, las virtudes como la humildad, la justicia, la honestidad, etc. las tradiciones, las costumbres donde nos reconocemos pertenecientes a algún origen común, los signos y símbolos, la música, el lenguaje, la historia compartida, todo lo que hace a una identidad sólida e integrada.

Lo repetimos aquí, con insistencia, el problema de Occidente es civilizatorio, es cultural, es un problema sobre los valores y principios que consolidan un horizonte común, que nos hacen ser parte de algo y ser alguien. Es una cuestión de identidad.

Y si nos arrebatan nuestra identidad, desaparecemos. Dejamos de existir.

Así se mueren las civilizaciones, desde dentro.

La batalla silenciosa que se viene dando desde hace décadas contra la identidad occidental por considerarla todo lo malo que hay que atacar (de un modo u otro) ha hecho centro en dos ejes fundamentales: la religión y los nacionalismos, o sea, lo más profundamente identitario.

La fragmentación y el debilitamiento han sido armas eficaces y desde aquí insistiremos porque mientras cada región se distrae con sus propios agravios, las fisuras en Occidente avanzan frente a los aplausos de sus mentores.

Esta guerra asimétrica e hibrida (Doctrina Guerásimov) tiene éxito cuando las personas comenzamos a naturalizar los antivalores occidentales, pensando y diciendo, por ejemplo, ahora es así, los jóvenes no quieren tener hijos, ahora es así, es muy poca la gente joven que tiene fe, ahora es así...ahora es así...y nos conformamos (nos hacemos a esa forma) con esa manera de vivir porque la asumimos como algo que ya está instalado, ya es parte de nuestras vidas.

¿Cómo se puede advertir una operación de rescate a Occidente en este escenario?

La nueva geopolítica de la fe

La supervivencia de la civilización occidental no parece depender de sus instituciones tradicionales (como la ONU o las jerarquías eclesiásticas burocratizadas como le está sucediendo a la Iglesia Católica), sino de una reconfiguración desde los márgenes.

Uno de los indicios más claros es el desplazamiento del fervor y la resistencia hacia "el Sur Global" (concepto geopolítico y socioeconómico que agrupa a los países de América Latina, África, Asia y Oceanía más allá de su ubicación geográfica, que define a las naciones que comparten una historia de colonialismo, dependencia económica y desigualdades estructurales, buscando hoy mayor peso en el escenario mundial).

Mientras el Occidente geográfico (Europa y Estados Unidos) se sumerge en una crisis de identidad "woke" que lo lleva a la autoflagelación cultural, los cristianos en África y Asia están viviendo una fe vigorosa, capaz de resistir martirios reales.

La vitalidad de los cristianos en África o Asia está empezando a refluir hacia Europa y América. No es raro ver hoy sacerdotes africanos o misioneros coreanos "re-evangelizando" ciudades europeas vacías. A su vez, la crisis demográfica está funcionando como despertador: Occidente se está dando cuenta de que una civilización que no tiene hijos es una civilización que ha renunciado al futuro y esta "renuncia al futuro" está forzando un debate sobre la familia y la fe que hace 10 años era tabú.

La civilización occidental podría sobrevivir a través de una re-importación de valores. Así como los monasterios irlandeses preservaron la cultura clásica durante la Edad Media, hoy las comunidades del Sur Global podrían ser quienes "re-evangelicen" y devuelvan el sentido de trascendencia a un Occidente espiritualmente agotado.

¿El cristianismo está dejando de ser una "exportación occidental" para convertirse en el salvavidas del mundo?

Este crecimiento del cristianismo allí donde están sucediendo persecuciones y masacres es un signo que el mundo contempla azorado...las instituciones callan, los organismos de defensa de los derechos humanos miran al costado, los gobiernos más "civilizados" no reaccionan...la fe sobrevive a la bota y a la sangre que la humilla y la hiere e interpela a la humanidad...

¿Qué está pasando?

El agotamiento del antioccidentalismo como imperativo moral

Si la civilización occidental (judeocristiana, ilustrada y capitalista) es identificada como el vector principal de la colonización y la opresión global, el deber de todo progresista es debilitarla. Esto explica el desdén hacia sus símbolos y el silencio ante los autoritarismos siempre que dichas dictaduras sean antioccidentales también.

La cancelación como mecanismo de disciplina que ya hemos abordado, opera con una lógica dogmática (casi religiosa, pero sin perdón ni redención): todo aquel que defienda el orden natural, las libertades clásicas o la herencia tradicional debe ser segregado del debate público por fascista, machista, imperialista, etc., etc. ha funcionado durante décadas pero ahora está agotándose, provocando una reacción contraria en las sociedades que comienzan a enfrentarse con este antioccidentalismo.

El segundo indicio entonces es el rechazo al "etnomasoquismo". El etnomasoquismo es un término acuñado especialmente por el ensayista Guillaume Faye, que describe el supuesto autodesprecio, la "culpa blanca" o el rechazo a la propia identidad y herencia étnica o cultural. Faye lo describe como la tendencia masoquista a culpar y desvalorizar la propia etnia, la propia historia y la propia cultura, acompañada de una idealización sistemática del "otro". Lo cataloga como una "psicopatología colectiva" fomentada por los medios y las élites occidentales (¿paradojalmente?). El vacío que este etnomasoquismo ha generado está provocando una reacción natural, el surgimiento de intelectuales, movimientos civiles y familias que optan por la "Opción Benito" (en referencia a Rod Dreher) que es crear comunidades paralelas, escuelas clásicas y redes de apoyo que operen fuera del sistema hegemónico para preservar la herencia cultural.

La "Opción Benito" (también "Opción Benedictina") es una estrategia de supervivencia cultural y espiritual para los cristianos, propuesta por el periodista y escritor estadounidense Rod Dreher en su libro de 2017. No se trata de construir una comunidad cerrada, Dreher insiste más bien en la construcción de prácticas comunes y de instituciones que sean capaces de revertir el aislamiento vivido por las comunidades de fieles cristianos en la actualidad.

Y a su vez, el rechazo a la victimización, la preponderancia que se le ha dado a las categorías consideradas como los oprimidos por la hegemonía occidental, han provocado un desgaste en las personas que además han sufrido la dinámica social en base al victimismo, el reproche y la culpa: mujeres contra hombres, comunidad LGBT contra heterosexuales, blancos contra todas las demás razas, especialmente negros y marrones, etc., etc. y la resultante de lo que se denomina teoría de la interseccionalidad, por ejemplo: mujer, negra, trans, atea o de izquierda radical y además pobre ubicada en la categoría de oprimida, por ende, buena persona, romantizando todo lo que emerge de cada intersección entre categorías de oprimidos. Los oprimidos según esta teoría son buenos, los opresores en esta teoría son malos. Siguiendo el mismo ejemplo, el malo sería varón, blanco, heterosexual, cristiano (o judío, no musulmán porque esa religión está considerada como etnia oprimida), conservador y rico.

La agenda woke, al ser una ideología deconstructiva, carece de capacidad para construir o defender algo a largo plazo. Y lo que comenzó en la década de los 60' en Estados Unidos como un movimiento que invitaba a despertar ante la injusticia social, particularmente ante la injusticia del racismo, terminó en una alianza con la izquierda internacional en una cruzada anti occidente que ha llevado su propia agenda demasiado lejos.

Lo paradojal, como siempre en estos casos de excesos, es que ha encontrado su punto de fatiga. Eso quiere decir, la gente empieza a agobiarse, a cansarse de aquello que ha comenzado a rechazar en vez de aceptar pasivamente.

El retorno a lo real: el cristianismo como anclaje ontológico y metapolítico

Un tercer indicio es el regreso a lo real frente a lo ideológico. Mientras se ha intentado desdibujar la biología y la historia, el indicio de supervivencia más fuerte es el retorno a la realidad tangible.

Lo ontológico (la biología), lo estético (la belleza y el trabajo) y lo comunitario (el prójimo y la familia), consolidan el gran diagnóstico metapolítico para el rescate de Occidente a través del cristianismo.

El regreso a la realidad tangible frente a la abstracción ideológica- toca el corazón de lo que el filósofo italiano Augusto del Noce llamaba la "crisis de la modernidad". Al vincular el rescate de Occidente con la matriz judeocristiana, no se está proponiendo una respuesta ideológica más para competir en el mercado de las narrativas contemporáneas, sino un verdadero rescate ontológico: una vuelta defensiva y vital a la naturaleza de las cosas, al ser y a la verdad dada.

La agenda woke o neoprogresista, en su afán deconstruccionista, opera bajo un neognosticismo: una corriente intelectual que desprecia la materia, la biología y el orden empírico, sosteniendo que la realidad es un constructo infinitamente maleable por la voluntad o la autopercepción lingüística. O sea, las cosas son como yo las percibo, la realidad es según mi definición y mi determinación.

Frente a este desvío, el cristianismo ofrece un anclaje absoluto y un motor para la batalla metapolítica (aquella que cambia la cultura desde abajo) a través de tres dimensiones fundamentales:

1. La Encarnación frente a la abstracción biológica

Frente al delirio de una mente flotante que pretende rediseñar la naturaleza humana a su antojo, el cristianismo opone el misterio radical de la Encarnación: Dios no se manifestó como una idea abstracta, un decreto burocrático o un relato de poder; se hizo carne.

Al afirmar que el cuerpo y la creación material son intrínsecamente buenos, portan un diseño y contienen una verdad previa a toda ingeniería social, el cristianismo rescata la santidad de la biología. No somos envases genéricos ni avatares fluidos; somos una unidad sustancial de cuerpo y alma. Reivindicar el cristianismo hoy se convierte en el acto de rebeldía más urgente porque implica defender las certezas más elementales: que el hombre y la mujer existen, que el nacimiento y la muerte son límites reales, y que la naturaleza no les pide permiso a las ideologías para dictar sus leyes.

2. La Familia como "Iglesia Doméstica" y trinchera del lenguaje

El totalitarismo contemporáneo necesita disolver o resignificar la familia nuclear porque esta constituye el último espacio de soberanía afectiva e intelectual que le impide al Estado y a las corporaciones globales el monopolio absoluto sobre las conciencias.

El concepto cristiano de la familia no es el de un mero contrato de consumo o convivencia contingente, sino el de una comunidad de amor que refleja el orden de la creación. Al fortalecer el hogar, se recupera la primera aduana contra el adoctrinamiento, en la intimidad de la familia es donde las palabras vuelven a significar lo que originalmente significan: padre, madre, hijo, perdón, gratuidad y sacrificio. La familia se erige, así como la célula de resistencia biológica, moral y espiritual frente al invierno demográfico y existencial que padece el Norte Global.

3. El "Logos" contra la postverdad: la soberanía de la Palabra

La deconstrucción se sostiene sobre la manipulación deliberada del lenguaje (el neolenguaje orwelliano), inventando eufemismos abstractos y cancelando disidencias para imposibilitar el pensamiento crítico fuera del dogma establecido.

El prólogo del Evangelio de San Juan no postula que "en el principio era el relato", sino "en el principio era el Logos" (la Palabra, la Razón, el Sentido).

El cristianismo vincula indisolublemente la fe con la razón concreta. Para el creyente, la verdad no es relativa ni una herramienta de opresión; es una realidad objetiva y cognoscible. Esta certeza dota al individuo de un coraje civil que la política electoral de corto plazo es incapaz de insuflar: la libertad de expresión real nace de perderle el miedo a la cancelación del mundo porque se responde ante un orden superior e inmutable.

Esa recuperación de la noción de verdad sobre la base de principios que orientan la vida le dan solvencia a los valores que Occidente puede volver a defender y a recuperar. En pequeños gestos como las costumbres del pueblo, las liturgias que son parte de la historia común (pasear la Virgen en procesión y hacer una fiesta) y en gestos trascendentes que definen el destino de toda una nación (leyes que rigen la vida común).

Hoy esto puede entenderse como una vuelta al conservadurismo (y de derecha), que paradojalmente termina siendo la nueva forma de rebeldía...

La salida hoy no es ganar la próxima contienda electoral para gestionar las ruinas de un sistema institucional exhausto, la tarea civilizatoria pasa a ser arqueológica y de siembra.

Frente al tribalismo virtual de las redes sociales, que fragmenta a los ciudadanos en colectivos identitarios artificiales, el cristianismo vuelve a proponer el concepto del prójimo: el lazo humano local, presencial y solidario con nombres y apellidos. Por ello la fe se asocia a la patria, a la noción de la tierra, del propio pueblo, del origen.

El rescate de Occidente no implica el intento utópico de restaurar mecánicamente épocas pasadas, sino -como bien intuía el escritor Gustave Thibon- de "retornar a lo eterno".

La resistencia real se juega hoy en la creación de nuevos "monasterios invisibles": familias que educan en la verdad y la belleza, profesionales que se niegan a hablar en neolenguaje en sus oficinas, intelectuales que escriben sin pedirle permiso a la censura previa y redes parroquiales o vecinales que cuidan de sus enfermos y sostienen su economía local. Consiste, en última instancia, en santificar la vida ordinaria y recuperar el sentido común.

Al vivir con ese arraigo y coherencia ética, se edifican oasis de cordura tan vitales que el mundo actual, exhausto en su propio vacío y desesperación, no tendrá más remedio que volverse a mirar.

Esta nota habla de: