Mendoza: menos nacimientos, menos chicos en las escuelas
Las tasas de natalidad han caído a la mitad en diez años y hay que pensar una sociedad distinta, más envejecida
Durante décadas, la educación argentina convivió con un problema recurrente: la falta de vacantes. Faltaban jardines, aulas, escuelas y docentes para acompañar el crecimiento de la población. Hoy, sin embargo, Mendoza comienza a enfrentar un fenómeno completamente diferente. No faltan alumnos por falta de infraestructura. Empiezan a faltar alumnos porque nacen menos chicos.
La caída de la natalidad en la provincia ya no es una tendencia estadística reservada a demógrafos o especialistas. Se ha convertido en una realidad visible en las aulas y en un desafío que obligará a replantear buena parte de las políticas públicas de las próximas décadas.
En apenas diez años, la cantidad de nacimientos en Mendoza se redujo casi a la mitad. Como consecuencia, las salas de nivel inicial reciben cada vez menos niños y las proyecciones indican que el impacto se trasladará progresivamente a la educación primaria, secundaria y superior.
Los cálculos disponibles muestran que hacia 2030 la provincia podría tener decenas de miles de alumnos menos en las escuelas primarias. La cifra es lo suficientemente importante como para modificar la estructura completa del sistema educativo.
¿Estamos preparados para esa transformación?
La primera reacción suele ser interpretar el fenómeno como una buena noticia presupuestaria. Menos alumnos podrían significar menos presión sobre la infraestructura escolar, más vacantes disponibles y una demanda más moderada de inversión en edificios. Pero esa mirada es superficial.
La verdadera cuestión es qué hará Mendoza con los recursos que dejará de destinar al crecimiento de la matrícula. La oportunidad histórica consiste en convertir una reducción cuantitativa en una mejora cualitativa. Menos alumnos podrían significar cursos menos numerosos, mayor acompañamiento pedagógico, mejores índices de aprendizaje y más posibilidades de combatir problemas estructurales como la repitencia, el abandono escolar o las dificultades de comprensión lectora que muestran las evaluaciones nacionales e internacionales.
Pero también se puede pensar en mantener el presupuesto educativo en términos reales y, de esta manera, poder mejorar las asignaciones a los docentes y que la asignación por alumno sea más alta, y permita mejorar los resultados de la educación. Esto debe ser parte del debate. Porque hay quienes sostienen que, al envejecerse la población, muchas escuelas se transformarán en geriátricos y la atención de los adultos mayores puede requerir mayor presupuesto público.
Lo interesante es que Mendoza no necesita imaginar escenarios hipotéticos. Otros países ya recorrieron este camino y ofrecen lecciones valiosas.
En España, la caída sostenida de la natalidad obligó al cierre de cientos de escuelas rurales y a la reorganización de buena parte del sistema educativo. En numerosas regiones, la preocupación dejó de ser la falta de vacantes para convertirse en la supervivencia de establecimientos que ya no contaban con suficientes alumnos para funcionar normalmente. Paralelamente, el envejecimiento poblacional incrementó la demanda de servicios de salud y cuidados para adultos mayores, modificando las prioridades del gasto público.
Italia atraviesa una situación similar. Con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, el país enfrenta una disminución constante de la población escolar y una creciente presión sobre su sistema previsional. El problema dejó de ser educativo para transformarse en económico: cada vez hay menos trabajadores activos para sostener una población jubilada en aumento.
Chile, mucho más cerca de nuestra realidad, ofrece otro caso de interés. Durante las últimas dos décadas experimentó una fuerte reducción de la fecundidad que ya impacta en las matrículas escolares. Las autoridades educativas comenzaron a planificar una red escolar adaptada a una menor cantidad de estudiantes, mientras los especialistas advierten sobre las consecuencias que tendrá la escasez de mano de obra joven para el crecimiento económico futuro.
Incluso países desarrollados que intentaron revertir la tendencia mediante subsidios, beneficios fiscales y licencias familiares ampliadas, como Francia o Alemania, lograron apenas moderar el descenso. La experiencia internacional muestra que una vez que la natalidad cae por debajo de ciertos niveles resulta extremadamente difícil recuperar los índices anteriores.
Un necesario debate entre distintos sectores de la sociedad
La principal enseñanza para Mendoza es que la discusión no debe centrarse exclusivamente en cuántas escuelas o docentes serán necesarios dentro de algunos años. El desafío es mucho más amplio: planificar una provincia que tendrá menos niños, menos jóvenes y una población progresivamente más envejecida.
La baja natalidad no sólo determinará cuántos alumnos ocuparán las aulas. También influirá sobre la disponibilidad futura de trabajadores para la vitivinicultura, la agroindustria, el turismo, la economía del conocimiento y la minería. Por eso el debate no pertenece únicamente a los especialistas en educación. En realidad, se trata de una discusión sobre el modelo de desarrollo de Mendoza para las próximas décadas. Sin embargo, nada garantiza que eso ocurra automáticamente.
Los niños que hoy no nacen serán menos estudiantes secundarios dentro de algunos años. Más adelante serán menos ingresantes universitarios. Después serán menos trabajadores, menos consumidores y menos contribuyentes sosteniendo un sistema previsional que ya enfrenta enormes tensiones. En otras palabras, la caída de la natalidad anticipa una sociedad diferente.
Mientras muchas economías desarrolladas intentan resolver los efectos del envejecimiento poblacional, Mendoza comienza a recorrer el mismo camino. Habrá menos jóvenes y proporcionalmente más adultos mayores. Eso modificará las necesidades sanitarias, habitacionales, laborales y productivas de la provincia.
La educación ofrece una primera señal de alerta. Las aulas vacías que empiezan a aparecer no son simplemente una cuestión escolar. Son el reflejo de una transformación profunda que recién comienza. La baja natalidad plantea desafíos, pero también oportunidades. La diferencia entre una cosa y otra dependerá de la capacidad de anticipación de la dirigencia política, educativa y empresarial.
Porque la pregunta central no es cuántos alumnos menos tendrá Mendoza en el futuro. La verdadera pregunta es qué provincia estamos construyendo para una sociedad que será cada vez más pequeña, más envejecida y muy diferente de la que conocimos hasta ahora.