De colosos y mentirosos
Como en el viejo chiste de "El Cacho" en el que él iba al médico. Y éste le daba seis meses de vida. Pero como no tenía dinero para pagar la consulta, el doctor le regalaba otros seis meses de vida.
Parecido pero sin gracia, es lo que está ocurriendo con algunas de las promesas del gobierno de Javier Milei. Pero acá son todas preocupaciones y no hay chistes que festejar.
Cuando Milei llegó al poder prometió terminar con la inflación. Explicó que buena parte de la inflación que quedaba era un fenómeno residual, un arrastre que podía durar 18 meses. Pasó el tiempo. Los 18 meses se convirtieron en 24. Los 24, en 28. Los 28, en 30 meses, sin poder, aun, que el cero aparezca adelante como una tendencia clara del fin de la inflación.
Pero, como ya ha ocurrido antes, cuando el tiempo empieza a convertirse en un problema, aparece una nueva manera de contar la historia. Si los números no coinciden con el objetivo anunciado, quizás lo que haya que modificar no sea la realidad, sino la manera de medirla, piensa alguna lumbrera. Y la inflación fue de 2,1, pasó a ser contada, como del 0,8. Así funciona el relato que el Gobierno pretende imponernos. El objetivo, una vez más, es meternos en una discusión que muchos argentinos decidimos, hace tiempo, dejar de tener... La discusión de lo obvio.
Chesterton advertía, con aquella formidable imagen, que llegaría un momento en que para defender que el pasto es verde habría que desenvainar una espada. Y nosotros no tenemos ganas de desenvainar ninguna espada para demostrar que el pasto es verde. Lo que es, es. La realidad no necesita voceros.
Pero cuando el poder decide mirar otra película, ya sea por conveniencia, por cerrazón ideológica o por el simple delirio de un grupo de personas convencidas de que su interpretación de la realidad es la única posible, entonces aparece un problema mucho más grave que una discusión estadística. Porque mientras el Gobierno discute números, los argentinos discuten otra cosa. El trabajo, el ingreso, la posibilidad de llegar a fin de mes, la posibilidad de conservar el empleo. Y el miedo a perderlo.
Porque no hace falta estar desempleado para estar preocupado por el desempleo. Alcanza con mirar alrededor y saber que la pérdida del trabajo se convirtió en una de las principales preocupaciones de millones de argentinos.
Y en ese punto aparece una diferencia que no debería pasar inadvertida.
Mientras Victoria Villarruel muestra preocupación por aquellos argentinos que no llegan a fin de mes, por quienes pierden el trabajo y por quienes viven con angustia una situación económica que no se resuelve con una planilla de Excel, buena parte del Gobierno parece empeñada en demostrar que, es todo lo contrario lo que nos pasa. La realidad es otra y es exactamente la que ellos dicen que es.
Y entonces sucede algo peligroso. Aparecen los creyentes. Y así como durante años hubo quienes se fanatizaron escuchando a determinados dirigentes decir cosas que evidentemente no eran ciertas, hoy existe otro grupo dispuesto a creer cualquier cosa simplemente porque la dice el Presidente. "Elijo creer", dicen.
Pero el "Elijo creer" no sirve para construir una sociedad. Porque creer no transforma una mentira en verdad. Y ahí aparece el segundo gran problema.
Cuando Milei llegó al poder también prometió terminar con un Estado enorme, ineficiente, caro y lleno de personas cuya función no aportaba nada útil a la sociedad. La idea, en principio, era sencilla: reducir el Estado donde sobraba, hacerlo más eficiente y convertir gasto improductivo en inversión. Y nadie debería discutir ese objetivo. De hecho, nadie lo discute.
Pero reducir el Estado no significa bajar el sueldo de un docente si entendemos que la educación es importante. No significa desfinanciar a las fuerzas de seguridad si pretendemos luchar contra el narcotráfico. Tampoco entraba en la ecuación deteriorar las capacidades de la Prefectura, la Gendarmería o la Policía de Seguridad Aeroportuaria si queremos proteger nuestras fronteras. Ni debilitar nuestras Fuerzas Armadas si creemos que la defensa de la soberanía y de nuestros intereses marítimos también forma parte de las obligaciones de un Estado.
Desfinanciar la Dirección Nacional de Vialidad y abandonar las rutas no sería la forma si queremos que aquello que producimos pueda circular y llegar a los puertos.
No es necesario por memorizar sobre la baja de los salarios de los médicos que atienden a nuestros hijos y a nuestros padres, a cualquiera de nosotros. Eso no es reducir el Estado. Eso es otra cosa.
Reducir el Estado significa eliminar aquello que no sirve.
Pero mientras nos atiborran de la misma frase que repiten sin reflexión, al mismo tiempo que se habla de achicar el Estado, el Estado se va circunscribiendo como refugio para familiares, amigos y personas cercanas al poder.
Entonces, hay que volver a la pregunta:
¿Qué Estado están reduciendo?
Porque, por un lado, se pierden ingresos, infraestructura y capacidades esenciales. Y al mismo tiempo, otros parecen encontrar en el mismo Estado que se pretende combatir un lugar para acomodarse y sostener sus privilegios y sus negocios poco claros.
Y entonces, lo que se va viendo se parece demasiado a lo anterior. A esa realidad que se había prometido combatir. Solo cambian los beneficiarios.
Y quizás, lo más preocupante no sea siquiera eso. Lo más preocupante es que nadie se anime a decirlo.
Es como aquella historia del rey, que estaba desnudo. Y todos a su alrededor elogiaban su maravilloso traje, por miedo a contradecirlo.. Hasta que un niño, que no tenía miedo de decir la verdad, gritó lo evidente: "El rey está desnudo".
Algo parecido está ocurriendo alrededor del Presidente. En esas reuniones de empresarios, dirigentes y personas poderosas ¿quién se anima a decirle al Presidente que puede estar equivocado? ¿Quién se anima a decirle que una cosa es reducir el Estado y otra muy distinta es desmantelar capacidades que el país necesita? ¿Quién se va a animar a decirle que la realidad no cambia porque alguien la explique de otra manera?
Alrededor del círculo del poder que se puede ver, han desaparecido las voces críticas. Todo aquel que cuestiona una decisión es un enemigo. En el círculo del poder real, se ha dejado de escuchar y se están equivocando solos.
Están haciendo que el error sea la norma. El error es la política de este momento. Y cuando una política equivocada se convierte en dogma y el dogma es defendido por quienes deberían advertirle al poder que está equivocado, el problema deja de ser el error. El problema pasa a ser la ceguera.
Lo hemos visto recientemente con decisiones que afectan actividades estratégicas de la Argentina y que, lejos de ser revisadas cuando muestran consecuencias negativas, son defendidas como si reconocer un error fuera una muestra de debilidad. No lo es. Reconocer un error es una muestra de inteligencia. La soberbia, en cambio, es creer que nunca se puede estar equivocado.
La Argentina no necesita un Gobierno que tenga razón todo el tiempo. Necesita un Gobierno que sea capaz de reconocer cuándo no la tiene. Todavía queda tiempo. No demasiado. Pero queda.
Y ese tiempo debería utilizarse para construir una Argentina viable, productiva, segura y con posibilidades reales de desarrollo. No para ganar una discusión semántica. No para modificar las palabras hasta que los números parezcan acompañar las promesas. Ni para convencer a los convencidos. O para decirle a una sociedad preocupada que no está viendo lo que está viendo.
Porque la historia argentina ya nos enseñó algo. Cuando una sociedad se siente ignorada, cuando siente que el poder vive en una realidad paralela y cuando las respuestas a sus problemas no llegan, el péndulo empieza a moverse. Y el riesgo es que después de haber pasado de un extremo al otro, sin construir una alternativa razonable en el medio, terminemos nuevamente en el extremo contrario.
Una derecha extrema puede terminar alimentando una izquierda extrema. Una sociedad que votó para salir de un fracaso puede terminar votando mañana por algo todavía peor. No porque quiera volver al pasado. Sino porque el presente no le mostró alternativas y la empujó.
Eso es lo que deberían entender quienes rodean al Presidente. No alcanza con ser leales. La verdadera lealtad consiste en decirle al jefe que está equivocado, cuando se equivoca.
Porque un Presidente rodeado de aduladores puede sentirse invencible. Pero un país gobernado por hombres que no se atreven a decir la verdad termina siendo muy vulnerable.
Y quizás, el verdadero problema del coloso no esté en su tamaño ni en su fuerza. Sino en todos aquellos alrededor suyo que prefieren seguir hablando sobre su musculatura imponente y la magnificencia de su traje. Aunque lo que todos estemos viendo es a una persona desnuda .