Inseguridad vial: todos saben, y sin embargo sigue pasando

Los siniestros viales ganan la agenda pública a fuerza de muertes violentas de personas jóvenes en su mayoría. El autor revisa el fenómeno.

Por: Eduardo Muñoz
Criminólogo. Creador del Teorema de la Omisión Preventiva. Autor de La doble cara del gol (2026), un análisis criminológico del fútbol y el poder.. linkedin.com/in/eduardo-muñoz-seguridad IG: @educriminologo

Cada vez que un acceso de Mendoza se tiñe de sangre, la historia parece repetirse. Dolor, indignación, pedidos de sanciones ejemplares, promesas y, después, el paso del tiempo hasta que otra tragedia ocupa el lugar de la anterior.

El sábado 8 de agosto, dos vehículos se impactaron en el puente del Acceso Este, a la altura de calle Alberdi. Rompieron el guardarrail y cayeron varios metros. Murió Claudio Assenza, contador de 43 años que viajaba con su esposa y sus dos hijos, gravemente heridos. Un joven de 19 años quedó imputado por homicidio culposo y lesiones.

Pocos días después, la Justicia declaró prescripta la causa por la muerte de Alan Villouta, atropellado en 2017 cuando cruzaba el Acceso Sur después de trabajar. El conductor se había fugado y había sido condenado en 2020, pero nueve años y las demoras procesales bastaron para anular la condena. La familia y la Fiscalía anunciaron que recurrirán.

Hay un tercer caso que tampoco debería olvidarse: en mayo de 2024, un conductor con 2,68 gramos de alcohol por litro de sangre atropelló y mató al preventor Santiago Velázquez y al policía vial Leonardo Alarcón mientras controlaban en el Acceso Sur.

Son hechos diferentes. Pero juntos plantean la misma tensión: reaccionamos después de la tragedia en lugar de prevenir antes de que ocurra.

Inseguridad vial: todos saben, y sin embargo sigue pasando

El sábado 8, un choque y caída de dos autos desde el Acceso Este puso en discusión la seguridad en los accesos de Mendoza.

Todos saben y todos sabemos

Todos sabemos que manejar alcoholizado o a alta velocidad puede matar, y que usar el celular al volante multiplica ese riesgo. Y sin embargo se sigue haciendo.

La prevención no puede reducirse a pedirle a cada persona que se comporte correctamente. Esa responsabilidad existe, pero no alcanza. También hay una responsabilidad institucional: identificar lo que puede ocurrir y convertir esa evaluación en una decisión antes de que el riesgo se transforme en daño.

Reaccionar significa actuar cuando el daño ya ocurrió. Prevenir exige mirar hacia atrás y preguntarse qué sabíamos antes, qué información estaba disponible y qué podía hacerse con ella.

Prevenir es actuar antes

Suecia adoptó en 1997 la Visión Cero, un modelo de seguridad vial cuyo objetivo es que ninguna persona muera o sufra lesiones graves en las calles y rutas. La decisión central no fue una medida puntual, sino construir un sistema donde cada parte depende de las demás.

La velocidad máxima de una ruta se define en función de la infraestructura que la rodea. El diseño de los vehículos busca reducir el daño cuando el error humano ya ocurrió. Los controles sostienen en el tiempo lo que el diseño y la normativa ya establecieron. Ninguna pieza funciona de manera aislada: cada una compensa el punto donde otra puede fallar.

Ese es el aporte real del modelo sueco. Copiar una medida suelta, como bajar un límite de velocidad, no reproduce el sistema. Lo que cambia el resultado es que las medidas estén conectadas y respondan a una misma lógica preventiva.

El problema no es solo lo que ocurre

Después de una tragedia es sencillo explicar qué pasó: el conductor, el alcohol, la velocidad, una infraestructura deficiente, una demora institucional. El problema aparece cuando cada explicación queda aislada.

La prevención exige mirar el conjunto: qué riesgos eran conocidos, quién tenía el deber de intervenir, qué información estaba disponible y si la decisión que podía tomarse efectivamente se implementó.

Saber que algo puede ocurrir no es todavía prevenir. El conocimiento del riesgo solo se convierte en prevención cuando produce una decisión sostenida en el tiempo, dentro de un sistema que la respalde.

Después de cada muerte discutimos las penas, los controles y las obras, mientras la tragedia todavía está presente. Después, el tiempo hace su trabajo y la atención se desplaza hasta la próxima.

Una sociedad no debería medir su capacidad preventiva por la velocidad con la que reacciona después de una muerte. Debería medirla por su capacidad de actuar cuando todavía había tiempo.

Todos saben. Pero conocer el peligro no alcanza. La prevención empieza cuando ese conocimiento se transforma en una decisión y esa decisión se sostiene antes de que ocurra el daño. Reaccionar después de una muerte es necesario. Lo verdaderamente importante es haber hecho algo cuando todavía estábamos a tiempo.

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