Día del Periodista: el recuerdo de Carlos Lépez

Palabras de un grande para un recordado periodista mendocino: escribe Rafael Morán en recuerdo de Carlos Lépez.

Rafael Morán

Carlos Lépez era uno de esos tipos entrañables que uno encuentra cada tanto. Lo digo por su modestia, su sencillez, esa perseverancia con sus sueños que intentaba corporizar con exceso de capricho. Y hasta por una inocencia que dejaba escapar en sus conversaciones con quienes fuimos allegados. 

Era un artista, un poeta, un cuentista que andaba por la vida con sus obras en papelitos, escribiéndolas en algún café y en los bancos de la Plaza Independencia. Recuerdo a Toñito, un cuento breve que él había hecho traducir a varios idiomas. 

Carlos Lépez.

Lépez, bajito, rostro cetrino y arrugado tempranamente, hablaba en voz baja con metal de susurro. Era un hombre de la ciudad, que caminaba con paso rápido y semblante distraído. Siempre con saco y corbata.

Le tenía particular aprecio no sólo por sus charlas amistosas de tanto tiempo, sino porque fue parte de mi vida profesional durante más de 30 años. 

Fue él quien me vendió mi máquina de escribir portátil (que aún conservo) en 1967, cuando ingresé en el diario Los Andes con 21 años. Y quien me vendió más de 1.500 libros, el 70 por ciento de mi primera biblioteca. 

Era librero, artista, un alma sensible que hablaba sin levantar la voz. Murió a los 86 años. Y como le dije a su hija Mariana, me apeno por eso tanto como me alegro por una vida tan larga que él transcurrió en su mundo de ensueños, entre personajes de ficción y de la vida cotidiana, contando proyectos, ideas y mostrando su obra breve con entusiasmo.

Era Lépez una buena persona y un artista que se reinventaba con la misma pertinacia: escribir con estilo corto, directo, ligeramente barroco, siempre con esa economía de palabras que le era tan propio.

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