Discurso de asunción como rectora de la UNCuyo creado por "inteligencia humana"

La recién asumida rectora de la Universidad, Adriana García, desplegó su pensamiento para el inicio de su gestión. Reflexión hacia dentro de la Casa de Estudios y crítica a la política nacional de desfinanciamiento universitario.

Por: Adriana García
Rectora de la Universidad Nacional de Cuyo.

 Sra. Cont. Esther Sánchez, Rectora mandato cumplido de la UN Cuyo, Sr. Lic. Gabriel Fidel, Vicerrector mandato cumplido de la UN Cuyo. Autoridades de gobierno nacional, provincial, municipal, consular. Autoridades universitarias. Autoridades universitarias mandato cumplido. Docentes, científicos, artistas, profesionales, tecnólogos, técnicos, personal de apoyo académico y de servicios, estudiantes, graduados, amigas de la vida y muy especialmente familiares. Mis hijas, María Emilia y María Agustina, Mis hijos Oscar y Juan. Mis nietos Benjamìn, Nino y Arlo.

Quizás es infrecuente que un discurso comience con una advertencia, pero en los tiempos que corren bien vale expresarles que estas palabras y sentimientos que voy a compartir fueron creadas con la "inteligencia humana" y no con la "inteligencia artificial".

La Historia de la Universidad Nacional de Cuyo es una, facultades, institutos y colegios expresan la idea de lo que es nuestra Universidad, expresan su síntesis y funcionan siempre unos con relación con los otros y todos en relación con la institución. Somos un tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados y existen muchas posibles miradas desde las cuales contemplar esa diversidad en la unidad. Se trata de aprehender la realidad universitaria como una construcción histórica de actores individuales y colectivos, construcciones que no siempre responden a la voluntad clara y al control de estos mismos actores. Frente al determinismo de las estructuras, hay que tener en cuenta, en la explicación de las prácticas universitarias, a las personas. No hay universidad sin personas y tampoco hay universidad sin la sociedad que la sustente. Y existe siempre un principio de incertidumbre y de tensión entre continuidad y cambio. La historia de la universidad es una historia de tiempos largos, de grandes resistencias, pero a la larga y en definitiva de transformación, de cambio. Por eso hay que tener en cuenta siempre la importancia de la historicidad, pues la Universidad se construye a partir de lo ya construido en el pasado, las culturas académicas del pasado son reproducidas, apropiadas, desplazadas y transformadas en las prácticas y las interacciones de la vida cotidiana de los actores y este trabajo cotidiano sobre la herencia del pasado abre un campo de posibilidades en el futuro. La temporalidad es esencial. Los sujetos han de producir sus prácticas en la urgencia temporal. Tienen que actuar aquí y ahora no es un mero autómata, porque las respuestas han de darse en un determinado contexto.

Y para explicar este contexto, como historiadora apelo a la conciencia histórica para analizar los cambios y las continuidades, los cambios que sucedieron, que suceden en el presente, los que podrían ser, los que desearíamos que fuesen, los que tememos.

En Argentina, país de las antinomias más diversas desde unitarios y federales, católicos y liberales, radicales y peronistas, peronistas y antiperonistas, izquierdas y derechas, estas antinomias encuentran en la universidad un espacio que las contiene y permite el diálogo respetuoso, tolerante y constructivo. Es la universidad pública, gratuita, inclusiva y de calidad, atravesada por la preocupación ecológica, incorporando la sostenibilidad en la enseñanza y la investigación, promoviendo una ecología integral que vincula lo ambiental con lo humano y lo social. Y no podemos negar que es orgullo nacional. Podemos definirla desde diversas perspectivas pero todas, todos sabemos que son expresión de un proyecto político, económico, social y cultural, de un modelo de país.

Si asumimos que la historia argentina oscila entre un modelo de matriz nacional popular y otra (neo) liberal, el sistema universitario no fue ajeno a esta situación. Desde la primera universidad creada por los jesuitas (1621) en Córdoba, la Universidad de Buenos Aires en 1821 en el marco de un nuevo pensamiento laicista o la de fines del siglo XIX siguiendo con la Reforma Universitaria (1918) del yrigoyenismo, hasta el decreto que estableció la gratuidad de los estudios universitarios en el primer peronismo (1949) la relación entre universidades y las coyunturas políticas es evidente.

Sería también interesante transitar mentalmente por los caminos de afianzamiento y apertura pero también por los de aislamiento, y hasta de persecución, represión y clausura. Llegaríamos así a la apertura democrática del 83 y a la sanción de un "Nunca más" en la Argentina y a establecer como principio la memoria, la verdad y la justicia. Podríamos saltar al menemismo, cuando se sancionó la controvertida Ley de Educación Superior (LES) o la política universitaria en las primeras décadas del siglo XXI con la prioridad en la igualdad de oportunidades y la inclusión social. Y también podríamos sostener lo que los foros internacionales afirmaban y afirman, que la Educación superior es un bien público y gratuito, es un derecho humano y una obligación del Estado y que debe desarrollar su funciones sustantivas con inclusión, pertinencia y excelencia.

Y así avanzar hacia un nuevo período neoliberal en 2015 y, nuevamente las tentativas de la reducción del presupuesto universitario y más aún la "caída en la educación pública".

En un abrir y cerrar de ojos vuelven a circular estos, que pueden llamarse "mitos" en torno al sistema universitario público que aunque a veces se basan en debilidades reales, el objetivo principal de esta desacreditación es la reducción de un presupuesto considerado demasiado oneroso por una mirada meramente economicista. Me refiero al mito de la graduación, de la injusta gratuidad, de la demanda y de que todo es mejor en los países centrales. Así nos encontramos hoy con la discusión de la Ley de Financiamiento Universitario, con la puerta abierta a una Ley de Libertad Educativa y el deterioro profundo y sostenido del sistema científico argentino desde diciembre de 2023. Como lo afirmó recientemente Carlos Balseiro "...lo que hace apenas dos años era un sistema con problemas estructurales pero de pie, hoy exhibe signos de un vaciamiento en todas sus dimensiones: presupuesto, salarios, empleo, infraestructura y proyectos estratégicos".

Pero estemos alertas porque desde 1983, la universidad pública argentina responde a la herencia de la Reforma de 1918, vinculada al cogobierno y la autonomía, así como la herencia de la gratuidad, instituida originalmente en 1949. Quizás encontremos estas características en otros países pero somos un caso singular en el que se conjugan ambos elementos en el marco de una nación libre.

En este sentido, pensemos la libertad, esa palabra que hoy un sector del gobierno nacional quiere apropiarse, como un concepto fundamental de la vida humana. Los enfoques de la libertad como no dominación y la intervención justa permiten reflexionar sobre las desigualdades y considerar cómo podemos trabajar para eliminarlas y garantizar la autonomía y la capacidad de elección de todos los individuos.

Hay muchos motivos para sentirse orgulloso de nuestra educación pública y para evitar que, nuevamente la educación, la ciencia y la universidad estén en disputa porque ante todo la pelea en defensa de la educación pública y la ciencia pública es una lucha por el sentido que en estos años nos permitió conquistar la afirmación de este derecho en el marco de una república libre y soberana.

Es que estamos en un contexto en el que se trata de frenar la incidencia transformadora de la educación, la ciencia abierta y la tecnología en la sociedad, lo que explica los ataques constantes a las IES y la apuesta por la privatización, nuestras sociedades no comprenden el papel estratégico de la educación superior y de la ciencia, la tecnología y la innovación. Por eso necesitamos resignificar la educación superior en nuestra sociedad, incluso en la gobernanza de las instituciones, en tanto que implicación dinámica y efectiva en beneficio de la justicia, la paz, la solidaridad o la libertad.

La Universidad Nacional de Cuyo cuenta con un cuerpo de artistas, docentes, científicos, profesionales, tecnólogos y técnicos altamente calificados y comprometidos con la formación de nuestros /as estudiantes y con la capacitación actualizada de nuestros/as graduados, siempre en relación directa con el personal de apoyo académico y de servicio en la cotidianeidad de nuestras funciones y a ellos un especial reconocimiento por su constante capacitación para acompañar los procesos administrativos y de servicio indispensables para la gobernanza de nuestra institución.

La Universidad ha sido a lo largo de su historia, un actor central en el desarrollo de la provincia. No solo por la formación de profesionales que hoy sostienen la vida productiva, social e institucional de Mendoza, sino por su capacidad de aportar conocimiento riguroso en los momentos en que la provincia más lo necesitó. Así ocurrió con la Ley 8051 de Ordenamiento Territorial y Usos del Suelo, cuyo anteproyecto se construyó con la coordinación del sector científico-tecnológico que integra nuestra Universidad. Esa experiencia nos marca un camino: recuperar la voz de la Universidad en las grandes discusiones estratégicas de la provincia y del país. Y ese conocimiento debe también traducirse en valor económico concreto: nuestra gestión impulsará la transferencia tecnológica, la vinculación con el sector productivo y la innovación como motor de desarrollo, para que lo que se investiga en nuestras aulas y laboratorios se convierta en empleo, en empresas y riqueza para Mendoza. Necesitamos contar con recursos suficientes y estables, más apoyo a la formación de cuadros y a su inserción en los sistemas de producción. Necesitamos a nuestros graduados no desde una participación simbólica, sino en condiciones concretas de participación y trabajo para facilitar la transferencia de conocimiento para la promoción de la innovación e impedir la fuga de cerebros de lo contrario puede comprometerse nuestra soberanía en la sociedad del conocimiento y se agravaría nuestra dependencia, como lo ha demostrado la pandemia, ese flagelo mundial del que ya la sociedad olvidó, aunque sus secuelas todavía de sienten.

Esta vocación de aportar debe proyectarse también más allá de nuestras fronteras provinciales y nacionales. Nos referimos a la necesaria integración local, nacional, latinoamericana y caribeña e internacional. Necesitamos una política universitaria activa que fortalezca la movilidad académica, la investigación conjunta y sobre todo la cooperación regional. Nuestra región nos necesita integrados, y la UN Cuyo tiene la responsabilidad y la tradición para liderar ese camino como posgrados conjuntos, movilidad de docentes, directivos, estudiantes y personal técnico y administrativo, redes de investigación, publicaciones de impacto regional como educación superior y sociedad y otras..

Concebimos la educación de nuestro tiempo como un proceso profundamente atravesado por las tecnologías digitales. En relación con esto, la Encíclica Magnífica Humanidad del Papa Leòn XIV sostiene que "el desarrollo humano integral es el horizonte en el cual se han de leer las transformaciones de nuestro tiempo, incluidas las de la revolución digital. Las innovaciones tecnológicas - incluida la inteligencia artificial - no son neutrales, pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión"

En este sentido nuestro compromiso central es impulsar el desarrollo de competencias y habilidades clave, alineadas con las transformaciones reales del ámbito laboral, para asegurar que nuestros futuros profesionales egresen preparados para liderar los entornos complejos y cambiantes que hoy los demandan, por eso la Educación Digital la proponemos como una acción estratégica para acompañar, fortalecer y potenciar el futuro de la enseñanza y el aprendizaje en nuestra universidad Sin embargo, sabemos que en el contexto actual no se trata simplemente de incorporar tecnología por la tecnología misma. Digitalizar no es solo sumar pantallas. Nos interesa una formación integral que preserve la solidez conceptual, el rigor académico, la autonomía intelectual y la responsabilidad ética. Aspiramos a formar y acompañar a un estudiante activo: un estudiante que decide, que valida la información de manera crítica y que autogestiona su propio proceso de aprendizaje.

Para hacer posible este horizonte, la formación docente es nuestro pilar fundamental. Creemos firmemente que la capacitación en competencias digitales avanzadas, la alfabetización en Inteligencia Artificial y la adopción de nuevas estrategias de evaluación son requisitos indispensables de perfeccionamiento continuo.

Hace años nuestra Universidad creó y desarrolló diversas normas y programas que plantean la necesidad de un nuevo rol para el docente, así como para el estudiante. Y precisamente nuestra razón de existir como Universidad son nuestros, nuestras estudiantes quienes deben asumir su proceso de aprendizaje para desarrollar su creatividad, espíritu crítico, liderazgo, acción y capacidad de enfrentar problemas e incertidumbres. Esto lo lograremos cuando comprendamos que se aprende a aprender y a desaprender para aprender a lo largo de la vida. En ese proceso, el docente acompaña, es un mapa de ruta, para apoyar el estudiante no solamente en lo que a la especificidad de la disciplina requiera, también con el afianzamiento de las prácticas sociales educativas que fortalecen los vínculos territoriales, promueven la articulación con organizaciones sociales, instituciones públicas, comunidades y actores productivos para contribuir, como ya lo mencioné al desarrollo local y la transformación social.

Este es nuestro desafío en el proceso formativo: acompañar a nuestros/as estudiantes en la toma de decisiones para que tracen sus propias metas, puedan vivirlas y hacerlas realidad, escogiendo sus propios medios, señalando sus propios caminos. Su dignidad humana está cuando se gobierna y no son gobernados, cuando escogen, cuando deciden, no cuando deciden por ellos.

Queremos ir un paso más allá: buscamos que cada una de estas instancias de formación se acompañe de una práctica sistemática de evaluación de impacto. Queremos trascender los meros indicadores de eficiencia cuantitativa para medir aquello que realmente importa: la profundidad del aprendizaje, la equidad en las trayectorias académicas y la evolución efectiva de las competencias en nuestros estudiantes.

En consonancia con el marco normativo nacional vigente, proponemos una revisión madura de los conceptos de educación a distancia y presencial, donde la integración intencionada de actividades sincrónicas y asincrónicas enriquece la experiencia pedagógica y amplía las posibilidades de acceso. En este sentido quiero expresar que considero apocalíptica y hasta oportunista de que la Universidad tradicional tiende a desaparecer. Y la pregunta es ...¿podemos pensar que nuestra Universidad que nació en 1939 como un enclave humanista de excelencia puede atreverse a dejar de ser lo que es...lugar de convivencia física y espacial, de escucha y aprendizaje de diálogo, de tolerancia y de valores esenciales para la sobrevivencia de la humanidad...¿ podemos atrevernos a pensar a desplazar la experiencia de la universidad del lugar central en nuestra sociedad y ser ocupada por otras instituciones, partidos políticos, corporaciones nacionales o multinacionales?. ¿Cuál es la diferencia con ellos?, que en nuestra Universidad, a partir de la integralidad de sus funciones sustantivas (docencia, investigación, extensión crítica, bienestar y vinculación) formamos personas, fortalecemos valores y producimos conocimiento que son esenciales en un proceso de humanización indispensable en la batalla en contra de la miseria económica y cultural. Por eso debe pensarse permanentemente, renovar y resignificar su misión y visión, hay que avanzar siempre, aunque a veces los cambios se den más lentamente de lo que necesitamos.

Queremos también un proceso educativo, transformador y de diálogo horizontal de saberes entre el conocimiento académico y el saber popular de la comunidad. Es necesario profundizar y desarrollar, el acceso y el intercambio del conocimiento, el arte y la recreación, integrando las capacidades académicas y creativas de la UNCuyo para fortalecer el tejido social y el desarrollo humano en Mendoza.

Queremos un diálogo fecundo con las organizaciones sindicales libres y democráticas que, como instrumentos para la defensa de los trabajadores y trabajadoras de la comunidad, acompañan las trayectorias de docentes y no docentes.

No puedo concluir este, mi primera exposición a la comunidad universitaria sin destacar el aporte de las mujeres y la perspectiva de género que son una fuerza viva que ha transformado y sigue transformando la vida institucional de la Universidad Nacional de Cuyo. La inserción femenina en los espacios de decisión, su impulso para la paridad institucional y su activismo para la creación e implementación de protocolos que garantizan ámbitos laborales y académicos libres de violencias hacia las mujeres son una muestra de este avance. Mujeres y género renuevan la excelencia académica de nuestra Universidad al incorporar y sostener nuevas formas del quehacer universitario en las prácticas académicas y administrativas, al derribar sesgos históricos en la ciencia y abrirlas aulas a nuevos enfoques teóricos y prácticos, democratizando la cultura universitaria que construye una comunidad inclusiva y plural, en la que el encuentro, el diálogo y la igualdad de oportunidades se convierten en una práctica cotidiana real, eficiente y transformadora. Mi respeto y acompañamiento a todos los Institutos, centros de estudio, áreas, consejos, cátedras y programas, especialmente MUJERES Y UNIVERSIDAD que como ámbitos de encuentro, estudio y acogimiento fortalecen a toda la comunidad universitaria. En definitiva es el principio de igualdad de géneros, inclusión y diversidades como principios estructurantes de una institución más justa.

Nuestro compromiso al asumir esta gestión también está en nuestra Escuela Vera Arenas y nuestros colegios secundarios, Escuela de Agricultura de Gral. Alvear, Colegio Universitario Central, Magisterio, Martín Zapata, Liceo Agrícola y Enológico y el Departamento de Aplicación Docente, cada una con su identidad, preexistentes a la misma universidad, todas comprometidas con la formación de nuestras/os jóvenes. Son parte de nuestra Universidad pero sin ciudadanía universitaria no tienen el reconocimiento que legítimamente les corresponde como otras muchas dependencias de la Universidad.

Hoy es un día en el que agradezco y celebro.

Creo que el reconocimiento a las personas e instituciones que hicieron posible este momento es el primer paso de la gratitud. Una gratitud que enlaza este presente con mi pasado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Como se habrán dado cuenta no puedo desprenderme de esa dimensión temporal que es constitutiva de la Historia,

Por eso la primera gratitud es en este presente hacia ustedes, lo que está presentes físicamente y los que lo hacen con la mente, con el corazón porque me dan la palabra y la escuchan. Pero para poder llegar a este momento en el que me ceden la palabra, es necesario que se haya dado tiempo al tiempo. Ese tiempo que es robado a la aceleración de lo cotidiano, sustraído al tiempo institucional y la mayoría de las veces a la propia familia. Por lo tanto, gracias.

Agradezco en primer lugar a mis padres que, desde ese espacio de práctica de la libertad me permitieron volar con la imaginación y proyectarme como profesora de Historia.

Les aseguro que ese era mi sueño, "enseñar", aunque con el tiempo experimenté que no podía enseñar sin aprender en el mismo momento. Aprendí que podía enseñar y acompañar a mis hijos y a mis hijas como a muchas alumnas y alumnos de los colegios secundarios. Esas escuelas que me abrieron su comunidad con un CV que apenas tenía tres hojas, me refiero especialmente al Colegio Sagrado Corazón y el Colegio Universitario Central.

Comprendí que era posible compartir la enseñanza secundaria con la universitaria y aprendí lo que significaba ser profesora, no porque antes no lo entendiera, sino porque entendí que la palabra profesora es la que profesa públicamente, la que declara abiertamente su conocimiento pero que es consciente de que no tiene la verdad. "...No es nada fácil, ni resulta cómodo. Significa buscar el centro de uno mismo y desde él salir al encuentro del mundo, mantenerse fiel a uno mismo, aguantar las contradicciones. Todo esto cuesta trabajo y exige ánimo" Romano GUARDINI, Ética. Lecciones en la Universidad de Múnich, trad. D. Romero y C. Díaz, BAC, Madrid 1999, 937 pp., 13 - 20

Enseñé y aprendí en las instituciones, en esas comunidades en las que se ligan el saber con la permanencia, un saber que se transmite, un sistema de pensamiento. Pero aprendí también a enfatizar el término "comunidad" más que el de institución. Comunidad es la práctica de vivir en común, de vivir con otros, de compartir existencias y vidas. Vivir en comunidad produce lo común, produce lo colectivo que es el prójimo, el otro, la alteridad, la diferencia. Soy miembro de la comunidad universitaria porque existe comunión, reciprocidad, y esta unión se eleva sobre cada una, sobre cada uno de nosotros.

Aprendí a gestionar lo común y lo no-común. Aprendí a gestionar la comunidad universitaria en tres momentos de mi trayectoria, en el Colegio Universitario Central, en la Facultad de Filosofía y Letras y en la Secretaría Académica del Rectorado. Entendí, en cada una de esas instancias que la comunidad no es una masa compacta que hace desaparecer a las personas. Por el contrario aprendí que la persona es lo que hace que exista comunidad y que sea una apuesta importante.

Esas personas que todos los días daban un sentido a mi vida universitaria. Y recuerdo a mis estudiantes secundarios y universitarios, A mis colegas docentes del secundario y de la universidad, interpelados permanentemente por el presente y por los saberes. A mis compañeros no docentes en el saludo afectuoso de todos los días y el caminar diario por las diversas instancias administrativas. A los graduados y graduadas que, sin estar presentes en lo cotidiano, su presencia e inquietudes me ayudaban a mirar más allá de los límites impuestos por la vorágine de lo cotidiano. Son tantas, tantas las personas que debería nombrar...pero cada una, cada uno de los presentes, reconoce en su corazón que les estoy hablando.

. Aprendí, en estos 43 años de ciudadana universitaria que de no reconocer, escuchar, consensuar, integrar las diversas culturas acadèmicas se dejaba la puerta abierta para la ambigüedad, el conflicto y hasta la desintegración. La creación de espacios de libertad y comprensión fueron siempre mi obsesión por esa razón siempre expuse la necesidad de una universidad sin condicionamientos y también el derecho que tiene a una resistencia incondicional para reflexionar, replantear, revisar y también reafirmar nuestra autonomía y autarquía.

Podría seguir enumerando todo lo que aprendí en la comunidad universitaria pero no quiero robarles un minuto más a cada una de sus preciosas vidas, esa vida que nos sorprende con giros inesperados e inimaginables.

Agradezco a todas, todos los estudiantes que desde la militancia en las distintas agrupaciones estudiantiles hicieron posible este momento de celebración.

Un último y primer agradecimiento a mis hijos, María Emilia, Oscar, Juan y Agustina que acompañaron todos los desafíos de mi espíritu insatisfecho e inquieto .

Y una última reflexión que la tomo de un artículo titulado "La terquedad de los sueños" de Hugo Freyre.

"Hay algo que se nos olvida con demasiada frecuencia en este ritmo frenético, casi eléctrico, en el que vivimos: nos han vendido la idea de que los grandes triunfos -esos que salen en las fotos, los que tienen brillo propio- son fruto de un rayo de suerte o de un talento que brota como una fuente inagotable.

Y, aunque no voy a negar que la suerte existe, me atrevo a decir que la mayoría de las veces el éxito es, sencillamente, una forma de terquedad. Cuando uno mira la vida de cerca, sin el filtro de las redes sociales y sin el apuro de las noticias de último momento, se da cuenta de que no hay magia.

Es la tarea artesanal, a veces silenciosa y otras veces desesperante, de persistir cuando el cuerpo pide cama y la cabeza pide rendirse. Es esa convicción inquebrantable la que nos mueve. Es la fe. Para quienes creemos, es un combustible sagrado, la confianza en un propósito que nos trasciende y nos da paz.

Y para quienes no comparten esa fe, es una fuerza interna igual de poderosa: esa integridad propia, esa voluntad de hacer lo que está bien y de caminar con la frente alta, sabiendo que el esfuerzo, tarde o temprano, termina encontrando su cauce.

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