El Estado no puede ayudarte, si ya ni siquiera puede cuidarse a sí mismo

A los problemas estructurales se suma el socavamiento de las instituciones, una cuestión de las que no se vuelve sin generar dolor o miseria en los que siempre están más desprotegidos.

En algún momento como parte de una clase de educación cívica, no recuerdo en qué año, pero creo que pudo ser mi profesora Marcela Menar, quien nos dijo "las personas pasan, las instituciones quedan". El fondo del asunto era destacar el valor que tienen las instituciones para la sobrevivencia del Estado, una cuestión básica que si comenzamos a olvidarla comenzamos a socavar el futuro de una nación.

El problema que tenemos hoy es que hay muchas personas que necesitan del Estado (especialmente en momentos en que tenemos una inflación que vuelve a acelerarse e índices de pobreza altísimos), pero el Estado no los puede asistir a ellos ni nadie porque ya ni siquiera tienen la capacidad de cuidarse solo.

El abuso y la falta de respeto hacia las instituciones están afectando las bases de la nación a un nivel que no tiene vuelta, algo que debería preocuparnos y ocuparnos.

Sin mencionar un caso puntual, y tampoco un color político, en los últimos años en la Argentina es fácil encontrar avances sobre la Justicia a través de distintas acciones, como nombramientos o reformas, que llegan a los límites de la legalidad, la superan e incluso la acomodan de acuerdo a los intereses del gobierno de turno.

También es un avance cuando distintos sectores políticos comienzan a cuestionar y tratar de forzar la decisión de la Justicia con discursos como el de los presos políticos, tal como ocurre con Amado Boudou o Milagro Sala. Igualmente, desde el otro lado tampoco tienen que hacerse los distraídos, porque en el bolsillo tienen nombramientos de jueces a través de un DNU o traslados flojos de papeles, algo que también significa forzar instituciones y terminar de socavarlas.

El problema, es que a distintos niveles este tipo de situaciones se han repetido hace décadas en la historia argentina, tanto así que en muchos tribunales, a nivel federal y provincial, hay casos en los que el Derecho se deja en un segundo plano y a la hora de esperar un fallo tenemos que ver el color político del magistrado antes que los antecedentes de la causa.

Pero no todo es en la Justicia, también deslegitimamos -por ejemplo- a un poder como el Legislativo cuando lo que se aprobó por mayoría de los representantes que todo el pueblo votó, después se cambia a través de manifestaciones en las calles que se atribuyen la representación del pueblo. Manifestaciones que son impulsadas, en muchos casos, por dirigentes o partidos que cuando se someten a las urnas no ganan elecciones. Consiguen el apoyo de la calle, pero no de la mayoría.

Si afinamos la mirada podemos encontrar decenas, o quizás cientos de casos, en los que el Estado es mermado con acciones -principalmente de la política- que responden a intereses particulares que terminan por afectar a una nación entera.

El Estado debe ser respetado y cuidado, pero si los que deben hacerlo no sólo no se ocupan de cuidarlo, sino que lo atacan desde posiciones de poder, es poco lo que ese Estado puede hacer para solucionar los problemas reales e importantes de la gente de a pie. No le queda tiempo ni energía para crear oportunidades y generar condiciones de igualdad reales (no sólo planes de asistencia, que también son necesarios) para que tengan un futuro mejor. Es poco lo que puede hacer cuando tiene que concentrarse en defenderse de ataques que no deberían existir y que hacen peligrar su institucionalidad.

Por eso, y mientras siga así la situación, el país va a seguir teniendo problemas graves en otros ámbitos -como la inflación- que necesitan de soluciones profundas y cambios estructurales que no se pueden realizar porque el Estado es debilitado golpe a golpe y día a día.

En vez de pedirle al Estado hasta estrujarlo, tomémonos un tiempo para cuidarlo y fortalecerlo antes de que sea demasiado tarde.


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