El miedo a la pandemia es la nueva "inseguridad"

Cómo el miedo que se genera al contar muerto por muerto, enfermo por enfermo, podría transformarse en una hipótesis sobre cómo afrontar otras epidemias endémicas que afectan la institucionalidad del país. La militancia de las cifras, lo que decidimos como sociedad que hay que discutir y lo que preferimos callar.

Hubo un tiempo en que las muertes producto de asesinatos, los heridos y los robos, en todas sus dimensiones, alimentaban hasta el 80 por ciento de la pauta de los noticieros de televisión, además de tener reservadas las portadas de los diarios y grupos completos de periodistas en la calle para salir en vivo por las radios, acaparando novedades, nuevos casos y anécdotas truculentas, e inclusive, transmitiendo la opinión de los familiares más cercanos y dolidos de las víctimas.

Hasta no hace mucho, la "inseguridad" lo era todo. Rodeados de esas cifras y sus correspondientes polémicas y versiones (chequeadas y de las otras, las que ahora se denominan fake news), en la sociedad todo el mundo buscaba sus "barbijos" y "alcohol en gel" del momento: alarmas, rejas, policías por doquier, barrios cerrados y los más osados, hasta armas, otorgándoles un poder curativo incomprobado hasta hoy.

Era una verdadera epidemia de violencia, pero también una infodemia: mientras más datos se difundían con las víctimas contadas con cuentaganado, los informadores buscaban satisfacer la ansiedad social que se movía en el círculo vicioso de la inseguridad.

Eso pasa cuando se cuentan a las víctimas en forma minuciosa, como lo hacemos ahora con la covid-19: la discusión social gira en torno a la cantidad de casos confirmados, la escalada o disminución, los muertos que se producen, la demora o no en dar esos datos, las comparaciones con otros lugares del país y del planeta, las formas en que se decide afrontarlo, las nuevas políticas que surgen como armas frente a la pandemia y también, las ocurrencias.

En ambas situaciones cundió la alarma social y la respuesta fue muy parecida: el encierro en nuestros ámbitos de vida, dudando de lo exterior y huyendo del espacio público.

En el medio de la crisis sanitaria por el coronavirus hubo un órgano rector a escala global, la OMS, que no existió para la situación analizada en paralelo: la seguridad tuvo una atomización de ejemplos a seguir, experiencias comparadas y nuevas ideas por ser puestas en acción para ser chequeadas luego en sus resultados.

Posiblemente la diferencia entre la difusión de información sobre inseguridad en contraste con la correspondiente a la emergencia sanitaria haya estado en que en lo referente a la covid-19 se tienen los datos reales en tiempo real, algo que se reclamó siempre para la seguridad, de modo de que la población contara, en todo momento, con información cruda y de primera mano y decidir tener miedo o no. 

En aquellas instancias de inseguridad la sociedad se unió casi monolíticamente en el reclamo de un rol paternalista total de parte de un Estado que nunca se animó a tanto como con la pandemia actual: decretar confinamientos sociales, determinar acciones generales por decretos de necesidad y urgencia.

La tasa de homicidios en América Latina (21,5 víctimas cada 100.000 habitantes) triplica la tasa mundial (7 homicidios cada 100.000 habitantes). En Argentina, la tasa siempre fue baja en relación al continente, aunque no así nuestro temor surgido como consecuencia de contar dato por dato, todo el tiempo, todos los días, a toda hora, todo el año, en todos los medios. Llegó a 5,2 víctimas dolosas de asesinato cada 100.000 habitantes, solo por encima de Chile, el mejor posicionado.

La tasa de muertes por covid-19 en Argentina es de 5 cada 100 mil, si es que se nos ocurre seguir comparando datos duros. Sin embargo, es bastante inferior a la de los países que van al frente:

Sin dictaminar qué está bien y qué está mal o si hay que sostener la omnipresencia de datos todo el tiempo o "aflojar", sin necesidad de que sean ocultados, lo que queda en superficie como hipótesis es que solo valoramos como ciudadanía lo que se exagera.

¿Es solo el miedo lo que moviliza a las sociedades a buscarle solución a sus problemas? Hay buenas preguntas que surgen de este repaso analítico. Entre otras, una que tiene que ver con la posibilidad de enfrentar lo que podría considerarse como una epidemia cívica endémica argentina: la corrupción.

Entonces, en forma análoga a cómo se informa la pandemia de covid-19 y cómo se informó la inseguridad, si contáramos caso por caso las "situaciones sospechosas" de corrupción, aislándolas, y si tuviéramos a mano el índice diario de juicios que se realizan, que se suspenden, sabiendo si provenían de denuncias falsas, o son tratados sin los remedios institucionales, probablemente tendríamos éxito en un combate en el que las instituciones constitucionales no han logrado triunfar, pero tampoco el acompañamiento social y mediático suficiente para conseguirlo.


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