Nadie aprende de la historia

Alejandro Jofré recurre a la historia, con los errores de Dorrego como gobernante como parábola del desconocimiento del gobernante sobre su incapacidad para gobernar, actitud que perdura a lo largo del tiempo.

Alejandro Jofré

Marx decía que la historia se repite dos veces, primero con ropajes augustos y luego con ropajes ajados, o también que una vez se presenta como tragedia y después como farsa. Como otros tantos errores del padre de la desgracia moderna, el caso es distinto. Siempre se produce como una farsa, en donde los actores entran y salen sin asumir el hecho que sus acciones son trascendentales para sus conciudadanos y para los que vienen después. Nadie aprende de la historia.

Hace mucho tiempo, tanto que lo hemos olvidado, al elitista y refinado Rivadavia le asaltaban el sillón y le tiraban la constitución unitaria al tacho de la basura, inaugurándose un proceso de guerras entre unitarios y federales que terminaría (básicamente no ha terminado, pero eso es un tema más largo) en 1862 con la incorporación de Bs.As. a la Argentina.

Antes de Rivadavia, la provincia de Buenos Aires elegía a Dorrego como gobernador, un guerrero de la independencia culto pero de pocas luces, que había fracasado en su aventura militar contra López y Ramírez para intentar imponer su federalismo woke por encima de la idea de confederación que reclamaban los caudillos del noroeste. Esta derrota se debió por desconocer los consejos que le había dado Rosas, quién no solo participaba del ejército, sino que había dispuesto para la lucha a sus hombres de Los Cerrillos.

En las Chacras de Gamonal, Dorrego sufrió una aplastante derrota que lo apartó del gobierno, más allá de una pequeña revuelta que fracasó en colocarlo en la Gobernación, abriendo paso al ascenso de Rivadavia.

Éste último ya había sido un fracaso de gestión, no solo por su delirante canal que uniría Buenos Aires con Mendoza entre otros proyectos impracticables, sino también por sus "groseras imposturas como su innoble persona" como le reconocería San Martín a O'Higgins en una carta que le escribió mientras tomaba algún tinto dulce de Borgoña.

Luego de la caída de Rivadavia, vuelve Dorrego al gobierno, pero otra vez genera inestabilidad política por no seguir los consejos de Rosas que conocía el paño de los hacendados y de la campiña bonaerense, peleándose con los productores ganaderos y futuros sojeros. Nadie aprende de la historia.

Lavalle, resentido del manejo de la guerra con el Brasil por la Banda Oriental, comienza a pergeñar junto a su banda un golpe contra Dorrego que fue ignorado neciamente, calificando al amotinado como: "...un veterano que no sabe hacer revoluciones con tropa de línea..."

El veterano lo derrocó y Dorrego le suplicó ayuda a Rosas quién le organizó una tropa, y le recomendó retirarse hacia Santa Fe, en donde los federales eran fuertes. Pero él, en su cerrazón y en contra de todo consejo, se dirigió al combate abierto en Navarro en donde fue descalabrado con todo éxito. A veces la vanidad de los generales termina costando demasiado, como ocurrió en Cannas (216 A.C.), cuando el cónsul Varrón sacrificó 90.000 romanos contra el consejo del prudente Paulo. Nadie aprende de la historia, capítulo mil.

Derrotado, otra vez Rosas le conminó para que se retirara a Santa Fe, porque era más seguro que la Provincia de Buenos Aires, y probablemente para no dejarle el camino político abierto a Rosas en la Provincia, prefirió quedarse en el Salto cerca de una guarnición que pensó que lo protegería, cosa que no pasó.

El 13 de diciembre de 1828 fue fusilado por Lavalle que primero asumió el hecho para luego arrepentirse al final de sus días, por las desastrosas consecuencias que generó su "extravío irreparable".

Aquella mañana fatídica, Dorrego, esperando la muerte, se encontraba complicado y aturdido porque no encontraba explicación para su triste situación. En una carta que le escribió a su mujer, una hora antes de morir, le dijo que ignoraba por qué iba al patíbulo.

Sosteniendo que fusilarlo fue un error craso de Lavalle, como así también de una inutilidad política evidente, creemos que el propio Dorrego no entendió que todas las decisiones erradas que tomó y su empecinamiento en aceptar un buen consejo, lo habían colocado en esa penosa situación.

La principal virtud de un buen gobernante es aceptar el piadoso consejo, y aquellos que lo rechazan o toman malas decisiones adrede terminan padeciendo sus consecuencias. Qué país distinto sería aquel en el que sus gobernantes, en lugar de escuchar sus bandas de pretenciosos aduladores, prestaran oído a los consejos más prudentes y necesarios para llevar adelante la vida política, social y económica del país.

Que a un gobernante le vaya bien, significa bienestar para todos los ciudadanos, independientemente del color político que se ciñan, porque en definitiva la cosa pública es eso, res publicae, es decir, una cosa de todos.

Me imagino a Dorrego caminando hacia el corral detrás de la Iglesia donde fue muerto, pensando en cuántas malas decisiones lo habían colocado en ese lugar, y que tan distinto hubiese sido todo si en la hora más oscura hubiese percibido un atisbo de luz. Tan atormentado por estos pensamientos iba que rogó a sus seguidores que no vengaran su muerte, pedido en el que también fracasó.

Al margen, la guerra continuaría por un tiempo, hasta que se firma el "pacto federal" el 24 de junio de 1829, hecho histórico no tanto por el acuerdo que no cerrará el conflicto unitarios/federales, sino porque la criada de Rosas inventó el dulce de leche, por circunstancias que exceden este alegato al buen gobierno.

Así este país se debate entre conjurados que toman malas decisiones para que los gobernantes que los secundan sigan tomando malas decisiones, en un loop caótico que podemos leer en el diario de hoy y en el de mañana seguro que también.

Solo esa casualidad gloriosa de una nación formada para ser grande, cada tanto, nos regala una alegría o un dulce de leche, no por parte de la elite, sino de la mano de cada persona que trabaja humildemente por hacer grande este sufrido país.

EL AUTOR. Alejandro Felipe Jofré, abogado, comentarista de hechos históricos sin acreditación académica.

Fuentes

Ángel Justiniano Carranza, El general Lavalle ante la justicia póstuma, Buenos Aires, Igon Hermanos Editores, 1909

Felisberto López Sarabia, Juan Manuel de Rosas, El caudillo y su tiempo, Buenos Aires, Ediciones Libertador, 2007

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